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Agenda Cultural

House of cards

El título no tiene nada que ver con la serie: ni se trata de una casa, ni hay cartas. Si hay una metáfora posible, entonces el guionista de la serie compara los entretelones de la Casa Blanca y el Capitolio con un casino. Pero en este caso, la casa no siempre gana. 

House of Cards es una serie que ha asombrado al mundo de las producciones televisivas, porque es la primera vez que una producción de Internet llega a disputarle a las grandes televisoras de Estados Unidos la supremacía de los premios Emmy que se otorgarán en septiembre. La serie fue producida por Netflix, una plataforma virtual que se inició como un club de videos y que ahora produce series cuya primera temporada se pueden ver de un solo tirón, en cualquier lugar y sin horarios determinados. Algo que no pueden hacer los estudios consagrados como FOX, ABC, NBC o HBO.

Es una adaptación de otra serie inglesa de la BBC, con la misma trama de conflictos entre Downing Street y el palacio de Buckingham, pero ambientada en los pasillos y salones de la Casa Blanca y el Capitolio de Washington. En ese escenario, con un colmillo político retorcido y feroz, los personajes se debaten en un torbellino de declaraciones formales, patadas debajo de la mesa, lisonjas elaboradas, mensajes ocultos, aplausos fingidos, reuniones deslumbrantes, órdenes perentorias, vicios públicos y caídas al vacío. Un coctel de diputados, periodistas, prostitutas, secretarios de estado, asesores y magnates del país más rico del mundo.

Cuando un diputado en ascenso pierde la esperanza de llegar a ser Secretario de Estado, se inicia una trama que deja al espectador sin descanso. Kevin Spacey, en una actuación soberbia, convierte al público en su confidente al hablarle a la cámara en los momentos críticos, y busca el lado oscuro de sus semejantes al convertirlos en cómplices de sus tortuosas manipulaciones. En la disputa interna por el poder, nadie se salva de ensuciarse las manos. Su mujer, una belleza entregada a las causas humanitarias en África, muestra un corazón helado cuando despide a sus colaboradores; una periodista muy candorosa aprende a mentir por prestigio; un alcohólico en regeneración pierde la guerra contra sí mismo; un amigo del presidente le pone una zancadilla. Y la publicidad de este vandalismo disfrazado es irreverente: Kevin Spacey aparece sentado en la silla de Abraham Lincoln en el Memorial de Washington, con las manos chorreando sangre.

Al ser concebida como una serie, la gente entiende que se trata de una ficción. ¿Está claro? Que nadie vaya a pensar que esas historias son reales en el mundo inmaculado de la democracia. Y menos en Washington.

 

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