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Federal deputy Jair Bolsonaro is greeted by supporters as he launches his campaign for the Brazilian presidency for October's national election, in Rio de Janeiro, Brazil, on July 22, 2018.
Controversial extreme-right candidate Jair Bolsonaro is expected to formalize his candidacy on Sunday and officially become the Social Liberal Party (PSL) candidate for Brazil's October presidential elections, boosted by strong social media support and polls that show him headed to a second round. / AFP PHOTO / Carl DE SOUZA

Bolsonaro

En las turbulentas elecciones que se avecinan en Brasil, donde el candidato puntero es un expresidente que saluda a sus seguidores desde la cárcel y la corrupción sigue siendo la plaga que flagela al Estado y le pone combustible a las campañas políticas, la figura que sobresale en la actualidad es la del diputado Jair Bolsonaro, un militar retirado que se ha convertido en el rey de las redes sociales y un imán para los jóvenes que quieren tomarse selfies a su lado.

Bolsonaro tiene las cualidades de un populista clásico: le gusta la gente, ríe con todos, se arroja a los brazos de las muchedumbres, promete sacar a Brasil de la mugre que significa la corrupción. Su discurso parece brillante -en su twitter se burla y socava la personalidad de su enemigos-, pero sus frases levantan las cejas de los analistas y representan una vuelta desmemoriada al oscurantismo de las dictaduras militares.  

A Bolsonaro le encantan los militares. No importa cuáles. Por eso aplaudió el golpe militar y el ascenso de Hugo Chávez en Venezuela. Más allá de las ideologías, está a favor de los poderes castrenses. Defiende la tortura como método infalible para obtener confesiones, y el uso de las bayonetas para aplacar a los inconformes. Cree, ante todo, en la aureola de autoridad que rodea a los hombres uniformados. Es un devoto de la mano dura.

A su defensa del uso brutal de la fuerza le ha añadido una serie de frases lapidarias, chistes de mal gusto, sarcasmos altisonantes y una batería muy amplia de insultos, al estilo de Donald Trump. En 1997, cuando un senador izquierdista fue mordido por un perro en la calle, Bolsonaro propuso en el Congreso condecorar al perro. En 1999, durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, declaró que la dictadura debió haber fusilado a 30 mil personas, “empezando por el actual presidente”. En una sesión del Congreso, estando frente a las cámaras televisivas, le gritó a una diputada que él jamás la violaría porque ella era muy fea. Y cuando el conjunto de los diputados votó por la destitución de la presidenta Dilma Rousseff -una de las muchas mujeres que sufrieron en la cárcel los procedimientos de la dictadura militar que gobernó al país hasta 1985-, Bolsonaro le dedicó su voto al jefe del centro de tortura de aquellos años.

Este candidato no tiene ningún plan de gobierno. Solo dice que luchará por restituir los valores de la familia. Con esa rupestre idea, pero sobre todo montado en una verborrea llena de insultos, Bolsonaro ya despunta con casi un 20% de las simpatías de los votantes. De ganar los comicios, Brasil estará perdido.

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