Una mexicana de lujo

El cambio climático, ese fenómeno planetario negado por Donald Trump, está provocando estragos en todo el mundo. Sequías, incendios forestales, pérdida de cultivos, hambrunas, elevación de los océanos, pérdida de glaciares, agudización de huracanes, lluvias torrenciales, inundaciones de todo tipo. Y la Casa Blanca sigue cerrando los ojos, después de que Estados Unidos se salió del acuerdo de cambio climático de París, donde todos los países convinieron en reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero durante los próximo años.

En México, hay una mujer que no solo no cierra los ojos ante el cambio climático, sino que trabaja arduamente para acelerar las reacciones químicas que permitan transformar el dióxido de carbono -el principal gas de efecto invernadero- en materiales no contaminantes. Ella se llama Ana Sofía Varela Gesque, labora en el Instituto de Química de la Universidad Nacional Autónoma de México, y hoy recibirá en la sede de la UNESCO en París uno de los premios internacionales LÓreal-UNESCO para la mujeres científicas.

“Lo que hago es ciencia básica -sostuvo la científica-; entender un proceso químico que en el futuro contribuya a convertir las emisiones de CO2 y reducir los niveles que tenemos en la atmósfera. Trabajamos con pilas de hidrógeno y brillamos con una corriente eléctrica, buscamos materiales para hace este proceso lo más eficiente posible.”

La científica ha sido nombrada una de las 15 mujeres más prometedoras del mundo.

Vive en México. Es mexicana. Labora en nuestra máxima casa de estudios. en el Departamento de Fisicoquímica del Instituto de Química de la UNAM.

(Información tomada de Excélsior)

 

500 años

El 10 de agosto 1519, en el puerto de Sevilla en España, se inició el fenómeno que hoy conocemos como la globalización del mundo. Este año, en esa misma fecha, la globalización cumplirá 500 años de existencia. El padre de esa aventura, Fernando de Magallanes, zarpó de Sevilla con una flota de 5 carabelas muy bien avitualladas, para darle la primera vuelta completa a la Tierra. Su fin era, al igual que el de Colón, llegar a las islas de las especias navegando por el occidente. Y volver al punto de partida.

A diferencia de Colón -que murió pensando que había llegado a la India-, Magallanes si supo que tendría que darle vuelta al nuevo continente para volver a España. Pero el trayecto era larguísimo. Navegó hacia el sur por las Islas Canarias, bordeó la costa de África por Sierra Leona y bajó hasta sudamérica hasta llegar a lo que ahora es Río de Janeiro, el Río de la Plata y la punta austral del continente, en lo que ahora se llama El Estrecho de Magallanes. De ahí la flota navegó por las islas del Oceáno Pacífico hasta el sudeste asiático, pasó por el norte de Australia y enfiló hacia el Cabo de Buena Esperanza en el sur de África, y desde ese punto emprendió el regreso navegando rumbo al norte hasta Sevilla.

El viaje fue desastroso. De las 5 carabelas que zarparon tres años atrás, solo regresó una. De los cerca de 300 marineros que salieron del puerto, regresaron apenas 18. El propio Magallanes murió a manos de los nativos en las Filipinas, en la isla de Mactán. El viaje lo completó Juan Sebastián Elcano.

Hoy en día, los alcances y obstáculos para la globalización del mundo siguen siendo enormes. La punta de lanza para derribar las fronteras y ampliar las comunicaciones y los intercambios entre los seres humanos es el Internet. Los obstáculos ahora son menos geográficos y más sociales, políticos y económicos. En el frente contra la globalización y a favor de las fortalezas regionales y nacionales figuran organizaciones y personalidades como el Brexit del Reino Unido, el Estado Islámico y los talibanes, Donald Trump y Jair Bolsonaro. Los deseos de cerrazón siguen vigentes. Ahí está el deseo de construir un muro fronterizo entre México y Estados Unidos.

 

 

En la Red

La fama y el favor del público son cada vez más efímeros. Hace dos años, cuando The Harris Poll clasificó a las empresas norteamericanas con la mejor reputación entre los consumidores, los primeros lugares fueron para los gigantes de Internet: Amazon, Apple y Google. El año pasado las tres estaban aún entre las 10 más altas.

Pero este año hubo cambios. Aunque Amazon conservó su liderazgo indiscutible, Google cayó al lugar 28 de la lista y Apple le siguió en el 29. Facebook, que nunca llegó a ser de las cimeras, se quedó con el lugar 51.

En muy poco tiempo, el público empezó a darle la espalda a los mencionados gigantes: surgieron nuevos problemas, como la adicción a la pantalla, las violaciones a la privacidad de los usuarios, el monopolio de las firmas y el papel que jugaron las redes sociales en la violencia y los ataques terroristas, como el del concierto de El Bataclán en París.

Algunos analistas sostienen que el mundo digital llegó para quedarse, pero que las empresas promotoras aún no tienen los remedios necesarios para los problemas señalados.

Facebook, por ejemplo, ha alcanzado los 2.2 billones de usuarios -la tercera parte de la humanidad-, pero al revelar a los anunciantes los perfiles privados de su clientela y ser usada como plataforma para incidir en los votantes norteamericanos a favor de Trump, su credibilidad se vino al suelo. Y es difícil que se levante el año que está a punto de comenzar.

Amazon, mientras tanto, sigue arriba porque utiliza su portal para seguir el ejemplo de los antiguos almacenes de principios del siglo pasado: vende de todo.

Adicción

Para muchos analistas, sociólogos y comentaristas de la vida cotidiana, vivimos en la era del celular. Las personas con celular difícilmente pueden dejar de verlo. Observar este fenómeno es muy fácil adentro de cualquier transporte público. Los pasajeros, en su gran mayoría, viajan absortos en las pantallas de sus celulares. Todos se han vuelto sumamente diestros con los dedos sobre las teclas. Así cambian de mensajes, envían líneas a muchos destinatarios, se divierten con juegos infinitos, viven hechizados con imágenes y vídeos.

Los celulares ya se encargan de llevar a cabo algunas de las tareas fundamentales de nuestras vidas cotidianas -como programar citas y reuniones, comprar toda clase de artículos, despertarnos en la mañana, administrar listas de todo tipo, tomar fotografías en cualquier momento, llevar a cabo todas las comunicaciones con amigos y familiares-, y por eso ocupan una gran parte de nuestra capacidad de atención. Y no solo eso. Un estudio de The Journal of the Association of Consumer Research descubrió que la sola presencia del celular (incluso si está apagado) “reduce la capacidad cognitiva disponible”, lo que los autores del estudio llaman “drenaje cerebral”. En otras palabras, las neuronas van cediendo sus funciones a los chips de los celulares.

Una encuesta sobre el uso de celulares reveló que la mayoría de los usuarios revisan sus celulares 150 veces al día o cada seis minutos. Los jóvenes envían en promedio 110 mensajes de texto al día. Y en general, el 46 por ciento de los usuarios de celulares dicen que no podrían vivir sin sus aparatos. Algunos lo usan mientras van manejando sus vehículos, lo cual resulta más peligroso que el manejar bajo los efectos del alcohol.

Habría que incluir a los celulares en la lista de adicciones tradicionales.

(Información de The New York Times)

 

Luna de miel

Si piensa casarse dentro de tres años, ya hay un hotel inigualable para su luna de miel. Está realmente más cerca de la luna. Y la miel se la puede imaginar flotando en el espacio con su novia.

No es un sueño. Se trata de un verdadero hotel en el espacio, que se desplaza a una altura de 322 kilómetros sobre la Tierra, en un viaje que dura 12 días y en el que se observan por las ventanas, al girar alrededor de la Tierra, cuatro amaneceres y cuatro atardeceres cada día. En el hotel caben 6 huéspedes -en sutes de lujo con camas dobles- y 2 tripulantes entrenados perfectamente para los viajes espaciales. Irán como chaperones del espacio.

En el viaje las parejas podrán ir flotando sin gravedad, besarse como pájaros suspendidos en el espacio, bailar sin poner los pies en el suelo. También podrán pasar por encima de sus ciudades y países, cultivar plantas y hortalizas en el espacio, hablar con sus familiares y amigos sobre las tórridas experiencias de las lunas de miel y aterrizar como héroes antes de empezar a experimentar los sinsabores del matrimonio.

Un detalle adicional es que el viaje cuesta individualmente 8 millones de euros -unos 184 millones de pesos-, pero la tarifa se puede ir abonando en cómodas mensualidades de aquí a tres años. Hay varias parejas que ya se animan. El banderazo de salida será en el segundo semestre de 2021.

Minidrones

El paso veloz de la tecnología es imparable. Pero no siempre es benéfico para las mayorías. Las grandes empresas prefieren mantener precios elevados para vender sus productos a un público de alto poder adquisitivo, con márgenes de ganancia muy redituables.

Pero todo producto en el mercado tiene sus excepciones. Los drones, esos pequeños artefactos voladores que han sido una herramienta de primera línea para los fotógrafos, acaban de convertirse en instrumentos a la mano para un público mucho más amplio.

Como se sabe, los drones tradicionales tienen cuatro hélices, se elevan a de 20 metros de altura rápidamente, alcanzan velocidades de 50 kilómetros por hora y captan imágenes sorprendentes. El trabajo de Santiago Arau, relatado aquí en páginas anteriores, constituye un cúmulo de verdaderas obras de arte. Entre ellas encontramos a la Avenida Reforma tomada desde las alas del Ángel de la Independencia, las diferencias sociales entre colonias vecinas de la Ciudad de México, la luna estallando sobre el pico de la Torre Latinoamericana con el fondo del Centro Histórico.

Ahora acaba de salir al mercado un dron que puede llamarse miniatura, porque sus alas se doblan y cabe entero en la palma de la mano. Tiene, como el resto de sus congéneres, una cámara de alta resolución en el fuselaje, una lente de gran angular que se extiende a 360 grados, es capaz de hacer giros como los pájaros, tiene un sensor para evitar obstáculos, puede seguir a su dueño mientras corre en la tierra y su vuelo dura hasta 12 minutos. Ninguna mascota presenta esas dotes.

Y lo más sorprendente: comprado en el buen fin en Estados Unidos (Black Friday) cuesta $59 dólares. Un poco más de mil pesos mexicanos.

El kilo pierde su peso

En una reunión histórica, democrática y fundacional, cerca del histórico Palacio de Versalles en Francia, una comunidad científica de 58 naciones acordó realizar modificaciones a cuatro categorías que habían gobernado las unidades de medida en diferentes esferas: el kilogramo (la masa), el kelvin (la temperatura), el amperio (la corriente eléctrica) y el mol (la cantidad de sustancia). A partir del próximo 20 de mayo de 2019, estas categorías estarán determinadas por constantes fundamentales de la naturaleza, y no por objetos físicos.

El kilo nació a la vida para medir el peso de los objetos en 1890, y habrá tenido una longevidad de 129 años. Pero el tiempo todo lo corroe. En Francia, donde el kilogramo original y aceptado por todo el mundo se conserva en un pequeño cilindro de acero protegido por dos campanas de cristal, se descubrió que el kilo había perdido 50 microgramos de peso, algo así como el minúsculo peso de un pequeño grano de arena.

Y ese pequeño peso, que pasa inadvertido para las básculas de los mercados de todo el mundo, representa un desafío mayúsculo para los científicos de la humanidad, que decidieron en democracia sustituir el símbolo K de kilo por la letra H, que representa a la llamada Constante de Planck, un concepto de la mecánica cuántica descubierto en 1900 por el físico Max Planck. Ahora el kilo será medido por la fuerza de un electroimán para levantarlo, una decisión entre el peso y la electricidad que se espera que resista el paso inclemente de los años.

¿Qué representa ese cambio para el común de los mortales? Prácticamente nada, porque la palabra kilo no desaparecerá de su vocabulario, ni de los diccionarios, ni de las balanceos de los automóviles, ni de los regateos en los mercados para comprar un cuarto de queso o medio kilo de cebollas.

Sin embargo, por lo menos en teoría, los artículos comprados -o vendidos- pesarán un grano de arena menos en cada kilo. Y en cada grano de arena, dicen los poetas, cabe el mundo entero.

 

El mar, mi hogar

“Logré hacerme amigo de un pulpo”, dice Craig Foster en su nuevo libro, escrito junto con Ross Frylinck, el fotógrafo con quien comparte la plataforma de investigación llamada Sea Change Project. El pulpo es una hembra, y después de acostumbrarse a ver a Craig nadando junto a ella diario, un día lo invitó a su casa.

La casa del pulpo es una pequeña cueva que cavó en el fondo del océano, no muy lejos de la playa en la bahía de Simon’s Town, al sur de Ciudad del Cabo, en la punta meridional de África. En ella el investigador pudo ver su guarida, sus hábitos alimenticios, sus restos de comida. “El pulpo se alimenta con más de 50 especies, y en su cueva se pueden encontrar los restos del último banquete: antenas de langosta, colas de pescados, caparazones de cangrejos.

Craig Foster se mueve en el mar como pez en el agua. No le teme a los tiburones. Tiene una temeridad que raya en la insensatez. Pero a Craig no le importa. Dice que el ser humano no forma parte del menú de los tiburones, y nada entre ellos como si fueran compañeros de viaje. “Si uno conserva la calma, el tiburón no lo molesta -afirma con convicción-; puede acercarse curiosamente, pero  como platillo prefiere otros peces.”

En su nuevo libro, Craig revela lo que considera el profundo significado del mar. “Estar en las profundidades es la relajación máxima. La soledad no existe. Estoy rodeado de cardúmenes de colores, anémonas juguetonas, pulpos amigables, bosques que bailan a mi paso. Es un universo completamente diferente al de la tierra. Está lleno de música, luz, vida, movimiento. Estando en el mar reconozco que de ahí venimos todos.”

No cabe duda: Foster es un poeta. Y su poesía tiene el sabor de la sal marina.

(Información de la BBC)

 

Odio en las redes

Instagram nació como una red íntima y familiar, dedicada a publicar las fotos más tiernas de las nuevas familias, las primeras imágenes de los bebés, las mascotas consentidas, los paseos en carriolas y los primeros pasos de los niños. Creada por su hermana mayor Facebook, Instagram pasó rápidamente a ser un magnífico instrumento de promoción de músicos y cantantes, y las celebridades del momento la tomaron como una plataforma de apoyo para multiplicar a sus seguidores.

Lo que muy pocos previeron, -y ese hecho mantiene azorada a la comunidad de Instagram-, es que la red se convirtiera en un combustible para incendiar las cabezas y llenar de odio los corazones de los usuarios. Basta tomar como ejemplo lo que sucedió con el asesinato de fieles en la sinagoga de Pittsburgh la semana pasada. Después de la masacre, en Instagram empezaron a fluir mensajes de odio antisemita, imágenes y videos que increpaban a la población a continuar con la matanza de judíos. Uno de los hashtags más famosos en ese  momento, titulado #jewsdid911  (los judíos hicieron el atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas), tuvo de inmediato 11,696 seguidores, y muchos otros sitios de la misma red se convirtieron en atizadores del odio contra los judíos. Algunos mostraban con admiración el escudo de la cruz gamada.

No es la primera vez que eso sucede, y seguramente no será la última. Los mensajes del odio no están regulados en las redes sociales. En los dos últimos ejemplos de masacres y amenazas de bombas en Estados Unidos, los victimarios abrevaron sus mortíferos sentimientos de las redes sociales. Cesar Sayoc Jr., el cerebro que ideó el envío de sobres explosivos a prominentes demócratas, fue un hombre que se fue radicalizando con mensajes de furia y venganza en Twitter y Facebook. Y Robert D. Bowers, el personaje que ingresó en la sinagoga para liquidar a los devotos que se encontraban rezando en ella, era un miembro asiduo de un sitio llamado Gab, que animaba a sus seguidores a dar rienda suelta a su racismo y antisemitismo. En ese sitio, Bowers puso una clara advertencia de lo que se proponía. Y al ingresar a la sinagoga lo hizo gritando “¡Todos los judíos deben morir!”

Los mensajes de odio no se difunden exclusivamente en Estados Unidos. En Brasil la campaña de Jair Bolsonaro se montó en ellos, y en Myanmar el ejército los utiliza para denigrar a la secta musulmana Rohingya, que hoy en día son definidos como los apestados de la Tierra.

Nadie puede contra el odio que se riega como pólvora en las redes sociales. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts señala que los mensajes de twitter que son falsos -y que increpan a la población contra determinados grupos- tienen una probabilidad 70% mayor de ser reenviados que las noticias verdaderas. YouTube afirma que en los últimos meses se han subido a su plataforma cerca de 10 millones de videos que juzga inapropiados -porque difunden mensajes pornográficos o violentos-, y Facebook declaró que piensa contratar a 10,000 analistas más para garantizar la seguridad de los usuarios.

Las redes sociales empezaron como un juego. Luego se convirtieron en el látigo de los medios tradicionales, y actualmente han salido de control difundiendo mensajes de odio. El genio se ha salido de la botella, y ya nadie sabe cómo devolverlo al país de la nada.

¿Dónde están mis hijos?

Esa pregunta no se la hacen solamente los padres mexicanos que, para desgracia de la sociedad entera, han perdido a sus hijos después de décadas de violencia generada por el crimen organizado. También la hacen los padres que se han separado de sus hijos por rencillas familiares, el quiebre definitivo de las familias o el alejamiento voluntario, muchas veces acompañado de la desidia y el desinterés. En este sentido, muchas historias de escritores notables dan fe del sentimiento abismal de la pérdida del padre o, en muchas ocasiones, de su presencia perturbadora.

En su célebre Carta al padre, Franz Kafka dibuja la presencia de un padre lleno de imposiciones, autoritario hasta la médula, cuya simple cercanía obligaba al hijo a empequeñecerse y empezar a caminar a muchas patas, como un insecto. Y a Mario Vargas Llosa no le fue mejor. A la edad de once años, después de haber pensado toda su vida que su padre había muerto, su madre tuvo la mala idea de presentárselo a bocajarro en la mesa de un restaurante, y el escritor tuvo que soportar su despótica presencia hasta los diez y seis.

Pero no todas las reuniones familiares de ese calado terminan con tan malos resultados. En un artículo muy interesante de The New York Times, un maestro de inglés revela que tuvo una época muy difícil al regresar a Estados Unidos después de dar clases en un país extranjero, y su salario como taxista no le alcanzaba para sobrevivir. Entonces se metió  a un trabajo extraño para la época, pero que le resultó redituable durante más de un año: empezó a vender su esperma para las parejas que no resultaban fértiles. Era el año de 1994, y por cada probeta lleno de esperma le abonaban 40 dólares. Nada mal para el trabajo. El maestro donaba una probeta dos veces a la semana, y de esa manera vivió más de un año.

El tiempo pasó, y el maestro tuvo el deseo natural de conocer a sus hijos. Y después de una prueba de saliva que se manda a través de un sitio de Internet, dio con el paradero de un hijo suyo, que tenía un parecido estremecedor al suyo. El joven estaba en el último año de su carrera de Geografía, y al tener noticias de la búsqueda de su padre se entusiasmo, dijo, como nunca en su vida. Lleno de curiosidad le dijo a su padre que había otras dos jóvenes, sus hermanas, que también eran sus hijas.

Sin conocerse aún, entre todos decidieron hacer una fiesta. Con invitados especiales, como si fuera una boda. Y cuando se conocieron, nadie sufrió por el carácter de padres e hijos. Al contrario. Fue un encuentro excepcional, lleno de parabienes.

Ninguno en esa familia cree en dios, ni en el destino o la suerte. Todos dieron gracias a la tecnología.

Ahora el maestro de inglés se rasca la barbilla mientras piensa en buscar a algunos más de sus hijos. Haciendo cálculos, cree haber tenido 67.