Queremos quedarnos

Después de años en los que el referéndum llamado Brexit llevó a la expulsión del Reino Unido de la Unión Europea, el Parlamento de dicho país no ha llegado a ningún acuerdo para salirse, y las fuerzas que desean quedarse se han reagrupado para inclinar la balanza a su favor.

Más de 4 millones de ciudadanos han firmado una petición en Internet exigiendo que el gobierno cancele el Brexit. El sitio se ha saturado y ha reventado varias veces, y hace una semana se llenó nuevamente con firmas de celebridades como la cantante Annie Lennox, el actor Huge Grant, el comentarista científico Brian Cox y el comediante David Mitchell. Otros nombres famosos, como el actor Sean Connery, han solicitado salidas más radicales. Como el legendario Agente 007 es escocés, ha pedido la salida de Escocia del Reino Unido, con el fin de reintegrarlo a la Unión Europea.

El 23 de junio de 2016, el Brexit se levantó victorioso cuando el 51.2% de los ingleses que participaron en la consulta decidieron abandonar la Unión Europea. Y a partir de ese momento surgieron problemas inesperados. La economía sufrió su peor estancamiento en décadas. El poder adquisitivo de los salarios se desmoronó. Las exportaciones inglesas a tierra firme se contrajeron drásticamente, y muchos sectores importantes de las importaciones -las flores de Holanda, por ejemplo- se vinieron abajo.

Lo que sí floreció en términos sociales fue la xenofobia. Los grupos ultraderechistas sintieron que el Brexit les daba fueros para atacar sin reservas a los emigrantes, y la violencia contra ellos creció exponencialmente a partir del referéndum.

Es evidente que la situación ha cambiado. La reciente solicitud en Internet para acabar con el Brexit ha batido todos los récords en cuanto a la velocidad de crecimiento. En un solo día se recolectaron 2 mil firmas por minuto. Pero aún falta mucho para ver la luz a la salida del túnel. Si bien hacen falta 100 mil firmas de ese tipo para que una solicitud pueda ser discutida en el Parlamento, la nueva presión no hizo mella en el gobierno conservador. Con la flemática personalidad que ha caracterizado a los ingleses, la primer ministro Theresa May declaró que no habrá marcha atrás en el asunto.

La estrella en ascenso

La carrera por la nominación del candidato presidencial del Partido Demócrata está en su apogeo. Al frente de ella, aparece Bernie Sanders, el hombre que sigue teniendo fuelle con todo y sus 77 años. Le sigue Joe Biden, el vicepresidente del mandato de Obama, con sus 76 años refulgentes a pesar de los descalabros que sufrió el Partido con el triunfo inesperado de Donald Trump. Después de ellos viene una camada de candidatos cincuenteros con muy buena pila de energía y muchas presencia en los medios. Entre ellos destacan Beto O’Rourke y Kirsten Gillybrand -el primero de Colorado y la segunda de Nueva York-, que tienen las mismas banderas socialdemócratas que Bernie Sanders, pero que gozan de un carisma juvenil que crece a medida que se desarrollan sus campañas.

Sin embargo, el imán que capta la atención de los demócratas y no demócratas es la congresista más joven del paisaje político de Estados Unidos, Alexandria Ocasio-Cortez. A sus escasos 29 años, y con una actividad en redes sociales semejante a la del inquilino de la Casa Blanca, Ocasio-Cortez se ha convertido en la política más reconocida por los ciudadanos, justo después de Donald Trump.

Y no resulta casual que la diputada sea justamente lo opuesto de lo que significa el actual presidente de Estados Unidos. Es joven, criada por una familia formada por un padre de escasos recursos salido del Bronx y una madre de recursos aún más escasos salida de Puerto Rico. El padre tenía un pequeño estudio de arquitectura donde enseñaba a jóvenes a cultivar sus propios sueños, y la madre laboraba como trabajadora doméstica en el vecindario. La pequeña Alexandria ayudaba a su madre en sus labores, y cuando murió su padre se ayudaba a pagar sus estudios trabajando como dependiente de bares.

Desde pequeña, gracias a las enseñanzas de su padre, estuvo acostumbrada a la vida gregaria de las comunidades. Se llevaba bien con todo el mundo. Y así se hizo popular. Cuando se arrojó al ruedo de la política, ella misma no creía haber desbancado al sempiterno Joe Crowley de su escaño en el Capitolio. Pero lo hizo, y no solo eso. Desde su oficina en Washington se convirtió en un símbolo generacional, levantando las banderas más radicales de los  demócratas no como un tema de campaña, sino como una política pública del presente. Su política ambiental, de salud universal, la defensa de los derechos de los trabajadores del Estado y la desaparición de la policía de inmigración se han convertido en metas que deben ser alcanzadas en lo inmediato.

A Alexandria Ocasio Cortez no le interesan -por lo pronto- las elecciones. Pero sin duda será un punto de referencia para quien resulte ser el candidato presidencial de los demócratas el próximo año. Y, por supuesto, para Donald Trump.

 

‘Change Is Closer Than We Think.’ Inside Alexandria Ocasio-Cortez’s Unlikely Rise

5:59 AM EDT

Every 10 minutes or so, someone knocks on the big wooden door of Alexandria Ocasio-Cortez’s office on Capitol Hill. The noise makes staffers stiffen. It’s almost always a harmless fan, one of dozens who arrive each day, leaving neon-colored Post-it notes as devotional offerings. But in her first three months in Congress, aides say, enough people have threatened to murder Ocasio-Cortez that Capitol Police trained her staff to perform risk assessments of her visitors.

This is the daily reality for America’s newest human Rorschach test. Wonder Woman of the left, Wicked Witch of the right, Ocasio-Cortez has become the second most talked-about politician in America, after the President of the United States. Since beating 10-term incumbent Joe Crowley in the Democratic primary to represent New York’s 14th District last June, the 29-year-old former bartender has pressured 2020 presidential candidates into supporting her Green New Deal, made campaign-finance reform go viral and helped activists banish Amazon from Queens with a couple of tweets. No lawmaker in recent memory has translated so few votes into so much political and social capital so quickly. Her Twitter following has climbed from about 49,000 last summer to more than 3.5 million. Thousands of people tune in to watch her make black-bean soup or re-pot her houseplants on Instagram Live. Immediately after she tweeted the name of her signature red lipstick—Beso, by Stila—it sold out online.

Photograph by Collier Schorr for TIME

At the same time, she’s a freshman legislator trying to get the hang of her first big full-time job. “I miss being able to go outside in sweats,” she says in her office one day in March, settling into a black leather chair after a long day of subcommittee hearings. She’s much smaller than she looks on TV, with a warm but cautious manner. “I can’t go anywhere in public and just be a person without a lot of people watching everything I do.”

Ocasio-Cortez represents one vision of the Democratic Party’s future. She’s a young Hispanic woman, three cornerstones of the party’s electoral coalition. She’s a democratic socialist at a time when confidence in capitalism is declining, especially among progressive millennials. The issues she ran on—a Green New Deal, Medicare for All, a federal jobs guarantee, abolishing ICE—are animating a new generation of Democrats. She’s a political phenomenon: part activist, part legislator, arguably the best storyteller in the party since Barack Obama and perhaps the only Democrat right now with the star power to challenge President Donald Trump’s.

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The woman everyone calls AOC is as much a villain to the right as she is a hero to the left. She’s replaced Hillary Clinton as the preferred punching bag of Fox News pundits and Republican lawmakers, and the hits are taking their toll. Public opinion of Ocasio-Cortez has soured as she becomes better known; according to a Gallup poll conducted in February, 31% of Americans overall have a favorable impression of her, against 41% unfavorable—a 15-point swing since September. The same poll found that her popularity had increased with Democrats and nonwhites. Her Green New Deal proposal has driven policy debates on the left, but it has virtually no chance of becoming law anytime soon. Her allies plan to boost primary challengers to moderate and conservative Democrats, a push that Ocasio–Cortez has distanced herself from but one that has earned her the enmity of some colleagues. Many House Democrats resent her celebrity and worry it overshadows efforts to reach the moderate voters who propelled the party to the majority. Privately, some admit they’re also a little afraid of her.

That’s because Ocasio-Cortez threatens the status quo, bringing a youthful impatience to a set of policies popularized by Bernie Sanders’ 2016 campaign, like Medicare for All and tuition-free public college. Like Sanders, she seems more concerned with movements than elections; she doesn’t talk about flipping seats and votes, but rather of winning hearts and minds. Hers is the politics of the possible, not the practical. “By the time legislation actually gets through, it is five years from now,” she says. “So everything we introduce needs to have 2025 or our kids in mind.” She’s not thinking about how to keep the Democratic majority for another two years; she’s thinking about how to define the agenda for the next two decades.

The Congresswoman takes a photo with education activist Maria Bautista, center, and New York state senator Jessica Ramos, left, during an education town hall in Jackson Heights, Queens.
Krisanne Johnson for TIME

It’s a big change in a party that spent the last 10 years following incrementalist leaders like Obama and Hillary Clinton. It’s not just that Ocasio-Cortez is pushing for more progressive policies. She’s recast the division between left and center as a tug-of-war between the party’s past and its future. “There’s always this talk about division within the Democratic Party, ideological differences,” she says in her office. “But I actually think they’re generational differences. Because the America we grew up in is nothing like the America our parents or our grandparents grew up in.”

Ocasio-Cortez, sips a coffee on the way back to her district office in Jackson Heights.
Krisanne Johnson for TIME

On Ocasio-Cortez’s office bookshelf, near a picture of her late father and a photo of her with a local Girl Scout troop, two books nestle together in uneasy union. One is the Federalist papers, written mostly by James Madison and Alexander Hamilton and published in 1788. The other is The Uninhabitable Earth: Life After Warming, written by journalist David Wallace-Wells 231 years later. There’s a picture of Wonder Woman leaning in one corner of the office and a giant cardboard cutout of Cardi B’s face in another. On her desk are handwritten crib sheets for a February hearing. (“I’m going to be the bad guy,” she wrote in pencil.) More than 40 million people watched a subsequent NowThis News clip of her questioning a -government-accountability watchdog about campaign-finance laws.

The staff and the boss meet in their Queens district office.
Krisanne Johnson for TIME

Ocasio-Cortez was born in 1989, a few weeks before the Berlin Wall fell. George H.W. Bush was in his first year as President, Nancy Pelosi had just gotten to Congress, Sanders had already lost two Senate races, and Joe Biden had just bungled his first presidential bid. She was in elementary school during the financial prosperity of the 1990s, eating Dunkaroos while grownups clucked on television about Bill Clinton balancing the budget. “An entire generation, which is now becoming one of the largest electorates in America, came of age and never saw American prosperity,” she says. “I have never seen that, or experienced it, really, in my adult life.”

She was born into a working-class family in the Parkchester section of the Bronx. Her dad owned a small architecture company; her Puerto Rico–born mother cleaned houses. They were deeply rooted in the neighborhood but also wary of its limitations. Ocasio-Cortez has told friends she learned early on that wearing hoop earrings and nameplate necklaces was fine in the Bronx, but she wouldn’t be taken seriously if she wore them to a job interview. The family moved to the prosperous Westchester County suburb of Yorktown Heights when she was about 5 so that she and her brother could go to better schools, but they returned frequently to see the rest of their family. Those 40-minute drives taught her how ZIP code determines destiny, she says. By the time she was in college, some of her cousins were already having kids.

Ocasio-Cortez describes herself as a “dorky kid” who once asked for a micro-scope for her birthday. Her 2007 high school microbiology project, on the effects of antioxidants on the life span of roundworms, won second place in the microbiology category at the Intel International Science and Engineering Fair. She often joined her mom to clean the homes of neighbors, and she wrote her college-application essay about the two of them helping a man who’d lost his wife the only way they could—by cleaning out his fridge. She took out student loans to enroll at Boston University, graduating in 2011 with a degree in economics and international relations.

Her gregarious dad was her introduction to community organizing, she recalls. He died when she was in college.
Courtesy Ocasio-Cortez

When Ocasio-Cortez was a teenager, her father was diagnosed with lung cancer. Just before she returned to Boston for her sophomore year, she went to see him in the hospital. “I didn’t know that it was going to be the last time that I talked to my dad, but toward the end of our interaction, I started to feel like it was,” she says. “I said goodbye, but I think he knew, and I knew. And so I started to leave, and he kind of hollered out, and I turned around in the doorframe, and he said, ‘Hey, make me proud.’”

He died about a week later, in the fall of 2008. The death plunged the family into financial trouble just as the economy was melting down; her mother picked up a job driving school buses to stave off foreclosure on their home. After graduation, Ocasio-Cortez moved back to the Bronx to work at an educational nonprofit, with a side gig as a bartender at a Manhattan taco joint. Most of her peers were piecing together two or three jobs to stay ahead of the bills. “Spoiler alert: the gig economy is about not giving people full-time jobs,” she says. “So it should be no secret why millennials want to decouple your insurance status from your employment status.”

For most of her 20s, she lived paycheck to paycheck. She paid $200 a month for an Affordable Care Act health insurance plan with a huge deductible. Like 44 million other Americans, she had student-loan debt: about $25,000 worth, which meant $300 a month in payments. “We have an entire generation that is delaying or forgoing purchasing houses,” she says. “Our entire economy is slowing down due to the student-loan crisis.”

Ocasio-Cortez had gotten her first taste of politics during college, as an intern in Massachusetts Senator Ted Kennedy’s office. By the time -Bernie Sanders launched his 2016 campaign, she was hooked. She volunteered to knock on doors for his campaign across the Bronx and Queens. “I had done grassroots organizing before,” she says. “But Sanders’ race was one of my first times where I crossed that bridge from grassroots community organizing to electoral organizing.”

She graduated from Boston University in 2011 with a degree in economics and international relations and $25,000 in student debt.
Prestige Portraits/Boston University

When Trump won, Ocasio-Cortez was shocked but not surprised. In the weeks after the election, she and her friends piled into a borrowed 1998 Subaru and drove from New York City to the Standing Rock Indian Reservation to join the Lakota Sioux’s resistance to the Dakota Access Pipeline. They drove through the Midwest, stopping in Flint, Mich., on their way to the freezing plains of North Dakota. They had long bull sessions about whether Sanders would have beaten Trump and whether the media had been in the tank for Clinton. They sang TLC’s “No Scrubs” and subsisted on Red Bull, Clif Bars and Hot Cheetos from gas stations.

The Standing Rock trip was “transformational” for Ocasio-Cortez. She had visited a city poisoned by lead on her way to help a community fight the construction of a massive government-backed oil pipeline. The trip helped her “connect a lot of different dots” about how environmental degradation affects everybody, no matter where you live. “I think the me that walked out of that,” she says, “was more galvanized and more open to taking risks.”

Then, as she was driving back to New York, she got a call she never expected. Someone wanted her to run for Congress.

Once it became clear that Sanders wouldn’t win the nomination, a few of his former staffers formed a group called Brand New Congress. The goal was to recruit progressives who weren’t wealthy, well–connected white men to run for the House and Senate so that a future progressive President would have allies in the legislature. Saikat Chakrabarti, now Ocasio-Cortez’s chief of staff, and Corbin Trent, now her communications director, began soliciting names of working-class leaders who might be willing to run. In the end, they got some 11,000 nominations from across the country. One of them was a letter from Gabriel -Ocasio-Cortez, 26, touting his older sister Alexandria. She fit the mold exactly. “We looked at the brother telling the story of a sister who wasn’t a giant nonprofit executive, she didn’t go work on the Hill for 10 years,” recalls Alexandra Rojas, now executive director of Justice Democrats, an organization allied with Brand New Congress. “She was someone who watched her family struggle through the financial crisis.”

The campaign was a long shot from the start. “Everyone said, ‘She’s really cute, but maybe next time,’” Ocasio-Cortez recalls. Crowley, the fourth-ranking House Democrat, was a prolific fundraiser who had been in Congress since 1999. Her campaign was mostly volunteers. Staffers wrote their job titles on Post-it notes above their desks in their small Queens office. Ever the activist, her campaign had an informal, flexible structure resembling “leaderless” social movements like the one she saw at Standing Rock.

When a new progressive group solicited candidate nominations, her brother Gabriel (top) submitted her name.

When a new progressive group solicited candidate nominations, her brother Gabriel (top) submitted her name.
Courtesy Ocasio-Cortez

One of Ocasio-Cortez’s first events was at the home of Jake DeGroot, a former theater lighting designer who had been involved in Occupy Wall Street. After hearing Ocasio-Cortez shout over the air conditioner in his living room to fewer than a dozen people, DeGroot joined her campaign, first as a volunteer and then as digital organizing director. Many of her top volunteers were former actors who had gotten involved with politics during the Sanders campaign and now saw organizing as a second career. (The 14th District contains parts of Astoria, Queens, which is nicknamed Actoria because so many actors live there.) That meant her campaign was infused with the imagination that animates all good drama, and a team that knew how to tell a story. -“Theater and politics are very simpatico,” says DeGroot. “Theater done well is politics; politics done poorly is theater.”

More important, there was a shared sense among the young volunteers that they had been screwed. “We were all children of the recession,” say Waleed Shahid of Justice Democrats. “There’s an overwhelming sense that the economic and political system in our country is rigged.”

That’s why young Americans have become increasingly attracted to democratic socialism, which aims to build a stronger social safety net through democratic elections. After Sanders’ rise in the 2016 Democratic primaries, membership in the Democratic Socialists of America (DSA) soared from fewer than 10,000 members in early 2016 to more than 55,000 by 2019. A 2018 Harvard poll found that 39% of young Americans favor democratic socialism, and even young Americans who don’t identify with the movement overwhelmingly support ideas like Medicare for All, tuition-free public college and a Green New Deal. “Every year, young people are ticking a couple points more left,” says John Della Volpe of the Harvard Kennedy School Institute of Politics, who has been tracking youth political attitudes since 2000. “On literally every single question they’re moving left.”

The DSA endorsed Ocasio-Cortez, and young, enthusiastic volunteers stormed her district in the weeks leading up to the election. In the end, she beat Crowley by about 4,000 votes. The upset made her the new face of the young progressive movement. Within weeks, she was traveling the country, speaking to packed rooms and standing ovations as she stumped for candidates in Kansas, Missouri and Michigan. She pointed to her own unlikely victory and Sanders’ insurgent campaign in the 2016 primaries as evidence that progressives could win across the country. “She has this ability to understand a moment and then how to leverage it,” says Rhiana Gunn-Wright, policy director for the left-wing policy shop New Consensus. “She understands that she has a lot of shine right now.”

And yet most of the campaigns Ocasio-Cortez supported ended up losing. Of 78 candidates endorsed by Justice Democrats in 2018, only four nonincumbents won their seats, all replacing other Democrats in deep-blue districts. Organizers argue that losing isn’t really losing, since progressive primary challengers often pull moderate nominees to the left. Still, “America isn’t her district,” says Joel Benenson, a Democratic consultant who advised Obama’s and Clinton’s presidential campaigns and argues that neither party can win if they don’t win moderates. “Democrats shouldn’t take the bait.”

Ocasio-Cortez talks with a staff member's daughter near the office in Jackson Heights.

Ocasio-Cortez talks with a staff member’s daughter near the office in Jackson Heights.
Krisanne Johnson for TIME

But this is the paradox facing the Democrats: Ocasio-Cortez represents a merging of movement and electoral politics that hasn’t permeated the rest of the party, let alone the rest of the country. The ideas generating the most enthusiasm among the party’s very loud, very online left flank don’t necessarily win elections. Which to some progressives is beside the point. “The point of a message is not to win an election—it’s to change policy, to move things for people, to lead with your ideals,” says Dr. Abdul El-Sayed, 34, who stumped with Ocasio-Cortez in his bid to become governor of Michigan. “Who cares about winning elections?” Indeed, he lost the Democratic nomination by more than 20 points.

When she goes to meetings in her district, Ocasio-Cortez takes notes, hunched over a single-subject notebook as if she were in science class. As soon as she starts speaking, the room changes. In a hot and stuffy education meeting in the Queens neighborhood of Jackson Heights, the crowd stood up and cheered when she took the microphone, then swarmed her afterward to ask for hugs and selfies. At a community board meeting in an Astoria wedding venue, one older board member slept through the entire session, waking up only to click a few pictures of her on his cell-phone camera. Afterward, Ocasio-Cortez crouched to listen to a constituent’s concerns about the rise of anti-Semitism. Her beige heels, slightly scuffed, were a half size too big.

The reception in Washington hasn’t been quite as warm. Ocasio-Cortez is among the most visible of a group of young, left-wing freshman Democrats—-including Representatives Ilhan Omar of Minnesota and Rashida Tlaib of Michigan—who have sparked controversy for their views on everything from impeachment to Israel. Some fellow first-term Democrats welcome the spotlight she brings. “We have this really dynamic rock star who is getting a lot of attention,” says Representative Haley Stevens of Michigan, a co-president of the freshman class. “Why is that a bad thing?” In person, Democratic sources say, Ocasio-Cortez is friendly and respectful, nothing like the firebrand who spars with -critics online. “She’s quiet as a mouse” in caucus meetings, says one congressional source.

Yet the attention she gets has also prompted plenty of grumbling from colleagues. “You could go a day without writing a story about AOC,” groused Representative Mark Pocan, a co-chair of the Congressional Progressive Caucus and a co-sponsor of the Green New Deal.

Many Democrats argue that proposals like the Green New Deal—a nonbinding resolution that won’t become law with Republicans in control of the Senate and the White House—put Democrats in purple districts in a tough spot. Ninety House Democrats have signed onto it. But others who care about climate change are wary of backing a document that contains provisions—like a jobs guarantee—that put off moderates and tee up GOP attacks. At the recent Conservative Political Action Conference, former Trump adviser Sebastian Gorka dubbed the proposal a “watermelon,” because it was “green on the outside, [and] deep, deep communist red on the inside.” Freshman Democrats representing conservative districts, including Representatives Abigail Spanberger of Virginia and Ben McAdams of Utah—have been asked about socialism at their town halls.

A trip to a community board meeting in Astoria, Queens, allows a rare quiet moment.

A trip to a community board meeting in Astoria, Queens, allows a rare quiet moment.
Krisanne Johnson for TIME

The old adage in Washington is that there are two types of members of Congress-: workhorses who revel in the details of legislating and constituent work, and show horses who crave the cameras. In interviews, a half dozen House Democratic aides described Ocasio-Cortez as the latter. (Her office says she attends more hearings than any of her colleagues.) There’s little question her first months in Congress have included some freshman blunders. Her office botched the rollout of the Green New Deal by inadvertently posting an unfinished version; she took two months longer than any other freshman Representative from New York to open a district office; and conservative groups have filed complaints with the Federal Election Commission alleging improper -campaign-finance arrangements. (Ocasio-Cortez has called the allegations “bogus,” and experts have suggested it’s unlikely her team committed significant campaign-finance violations.) She boosted the grassroots effort to block Amazon’s plan to establish a new hub in New York, but critics say the deal’s collapse cost the city jobs. She sometimes responds to tough coverage—including media outlets pointing out errors she’s made—by firing back at the press. “I think that there’s a lot of people more concerned about being precisely, factually and semantically correct than about being morally right,” she told CNN’s Anderson Cooper.

As an activist, Ocasio-Cortez is used to focusing more on moral imperatives than on incremental policy wins. “I don’t think that we can compromise on transitioning to 100% renewable energy. We cannot compromise on saving our planet. We can’t compromise on saving kids,” she says. “We have to do these things. If we want to do them in different ways, that’s fine. But we can’t not do them.”

Capitol Hill’s traditional emphasis on civility and compromise, she thinks, is merely a delay tactic. “There are always these folks that will say, ‘You’re not wrong, but …’” she says, rolling her eyes. “They avoid the political liability of disagreeing with you, but also they can stall you as much as possible to actually prevent the thing from happening.”

So evaluating Ocasio-Cortez’s success depends on the time frame in which she is judged. Will she help deliver Medicare for All and a Green New Deal in the next two years? No. But having the debate is already making a difference in how D.C. does business. “I used to be much more cynical about how much was up against us,” she says. “I think I’ve changed my mind. Because I think that change is a lot closer than we think.” —With reporting by Alana Abramson/Washington

Gobierno con tweets

El pasado fin de semana, a falta de cualquier otra actividad, Donald Trump se dedicó de tiempo completo a una de las actividades políticas que más disfruta: azotar a sus oponentes a base de tweets. Para ello, no fue a jugar golf. No hubo reuniones de gabinete, ni encuentros con funcionarios del exterior. El presidente fue a una visita esporádica a la iglesia. Y después de eso, se sumergió en su twitter.

El uso de twitter desde la Casa Blanca ha despertado la curiosidad de muchos, y ha abierto un nuevo campo para la estadística. Los registros sobre el tema señalan que, en promedio, el presidente envía 16 tweets cada fin de semana, tratando los temas que le gustan o le incomodan cada momento. Eso, en promedio. Pero el pasado fin de semana -puente para los trabajadores mexicanos por ser día de la expropiación petrolera-. fue excepcional. En las 48 horas que se extienden desde el viernes en la mañana hasta el domingo en la tarde, Trump alcanzó un récord de 50 tweets en total. La presidencia del país más poderoso del mundo se redujo a la actividad de emitir un tweet por hora.

Trump vio enemigos en todos los rincones del espacio cibernético. Se lanzó contra los cómicos del programa “Saturday night live” que lo ridiculizan; tuvo la osadía de atacar al difunto senado John McCain por su colaboración con el Partido Demócrata, y se burló de él diciendo que era “el último en la clase”; y defendió a los conductores de Fox News que han estado bajo la crítica por sus opiniones alentando el odio contra los musulmanes. Los animó a mantenerse fuertes al calor de las denuncias.

Los seguidores de Trump en tweeter son 59.2 millones de personas. En esa base social sustenta su campaña para la reelección.

Exguerrilleros

La saga de la guerrilla centroamericana no ha dejado nada bueno en sus respectivos países. En El Salvador este año se despide del gobierno Salvador Sánchez Cerén, un líder del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, ese grupo guerrillero que capitaneó la guerra civil de los años 80´s del siglo pasado, se hizo famoso por ejecutar brutalmente a sus militantes renegados -entre ellos el poeta Roque Dalton-, y a la hora de gobernar no atinó a liquidar ni la pobreza extrema, ni la desigualdad social, ni la violencia que tiene hundido al país desde el surgimiento siniestro de la Mara Salvatrucha. El próximo 1o de junio llegará a la presidencia Nayib Bukele, el candidato de la Gran Alianza por la Unidad Nacional, el sucesor del partido de ultraderecha llamado ARENA, que cobró miles de vidas durante la guerra civil. En ese contexto, algunos analistas sostienen que no hay diferencias entre el gobierno de la guerrilla y el de la ultraderecha. Ambos infectan a la nación con sus recetas altisonantes, y resultan ineficaces para resolver los problemas que ha padecido El Salvador en las últimas décadas. Aunque hay quien sostiene que el paso de un gobierno a otro es como el salto de la sartén al fuego.

Mientras tanto en Nicaragua, donde gobierna el presidente del legendariamente célebre Frente Sandinista de Liberación Nacional, el panorama no es más favorable. El presidente Daniel Ortega, que luchó con fusil en mano contra la dictadura de Anastasio Somoza, parece que lo único que ha logrado es la imitación de los delirios autoritarios del tirano que derrocó, y la  exacerbación de los grupos opositores en su contra. Sobre todo el de los periodistas, con Carlos Chamorro a la cabeza. El director del diario Confidencial, hijo de un símbolo nacional de la libertad de expresión, ahora dice que el gobierno del sandinista se ha aliado con los sectores más reaccionarios y con el clero conservador para gobernar con el despotismo de los dictadores de antaño. Parece mentira que Daniel Ortega se haya levantado en armas hace más de 40 años contra una dictadura que asesinó a Pedro Joaquín Chamorro, padre del periodista que ahora persigue.

Rifles para jóvenes

Para muchos sectores de la población de Estados Unidos, el libre mercado de armas no es un problema. Es más, es un derecho. El derecho de defenderse. O bien, un deporte. Un entretenimiento. Un sano entretenimiento, como a veces se dice.

La Escuela Comunitaria Crosslake, en Minnesota, por ejemplo, organiza a principios de cada primavera un campeonato de tiro para todos sus alumnos de secundaria, y el evento se ha extendido a otros estados. En la actualidad, más de 8 mil estudiantes de 300 escuelas se reúnen en un claro de bosque en el estado para practicar tiro a las palomas. Y no es la única escuela que promueve el tiro. Otra secundaria -llamada la High School Clay-, organizó su propio torneo, y ha sido todo un éxito. En 2015 congregó a 9,245 estudiantes de 317 escuelas de tres estados, y en 2018 la participación se elevó hasta los 21,917 estudiantes de 804 equipos en 20 estados.

Esos campeonatos se han convertido en kermeses de colores, con asistencia de equipos definidos por sus uniformes, puestos de dulces y palomitas, podios para los vencedores, tazas y artículos promocionales de la Asociación Nacional del Rifle, venta de gafas protectoras, orejeras, chalecos holgados con bolsas para los cartuchos y, por supuesto, gorras con el lema de Donald Trump.

La propaganda no se oculta. Barry Thompson, un técnico de equipos médicos con una membresía de la Asociación del Rifle de por vida, se dedica a entrenar a los jóvenes y les dice francamente a sus padres: “hay un motivo adicional en todo esto: estos adolescentes muy pronto van a votar”.

Pero también está la otra cara de la moneda. Hay un dato que generalmente se ignora o se oculta en el ámbito del deporte de tiro: Nikolas Cruz, el joven acusado de matar a 17 estudiantes, maestros y miembros del personal de limpieza de la escuela secundaria Marjory Stoneman Douglas en Parkland, Florida, era un miembro entusiasta del equipo de tiro de su escuela. Tal vez, una oveja descarriada.

O tal vez un botón de muestra.

Rusia a la vista

Rusia está preparando sus misiles para incidir en la elección presidencial de Estados Unidos en 2020. No son misiles que estallan y destruyen fortalezas, sino herramientas para participar en las discusiones políticas de la tierra del Tío Sam y encauzar las opiniones hacia los objetivos deseados. El recurso ya probó su eficacia en las elecciones de 2016, y se piensa repetir la dosis. Pero en esta ocasión con una variante: en lugar de hackear las cuentas existentes y difundir noticias falsas, ahora se van a promover las nuevas cuentas y agencias noticiosas desconocidas, con el fin de imprimirle credibilidad a los mensajes.

Hasta hace poco tiempo, en San Petesburgo había una agencia encargada de influir en la vida diaria y en las elecciones de Estados Unidos creando cuentas que supuestamente se encontraban en Norteamérica y se dirigían a determinados públicos para exacerbar los prejuicios y los sentimientos encontrados. Y tenían un poder de persuasión enorme. Se descubrió que podían movilizar amplios sectores a favor y en contra del racismo -por ejemplo-, y convocarlos para enfrentarlos en plazas públicas. La población tenía la creencia de que las convocatorias surgían de cuentas radicadas en sus estados y vecindarios, y por ello acudían inocentemente a sus llamados y actuaban en supuesta libertad. Según un análisis de la Universidad de Oxford, entre 2015 y 2017 las cuentas falsas que Rusia elaboró en Twitter, Instagram, Facebook y YouTube para influir entre la población de Estados Unidos generaron más de 300 millones de visitas e interacciones. Y según The New York Times, se reveló que de las 81 páginas de Facebook creadas por la agencia rusa, 30 fueron diseñadas para un público afroamericano, que alcanzó los 1,2 millones de seguidores. Por otro lado, 25 páginas iban dirigidas a captar votantes de la derecha, y contaban con 1,4 millones de seguidores. En cambio, solo siete páginas se centraron en ideologías de izquierda, y tuvieron 690 mil seguidores.

Ahora, después de los escándalos provocados y las nuevas medidas protectoras de Twitter y Facebook para tratar de contrarrestar la avalancha rusa, la nueva estrategia del Kremlin estará enfocada a potenciar los mensajes radicales de uno y otro bando, escondiéndose en el anonimato pero aprovechando las cuentas existentes. Todo ello con el fin de radicalizar a los sectores más propensos a los mensajes de odio y fanatismo, y de esa manera provocar la división, el abstencionismo y, en última instancia, el triunfo del candidato que promueva estas consignas. En este caso, el actual inquilino de la Casa Blanca.

 

La peregrinación más grande

Cada seis años se lleva a cabo. Es una peregrinación colosal, la más grande sobe la Tierra. Un río caudaloso de fieles, llamado Kumbhamela, cuyo destino es la ciudad de Allahabad -ahora rebautizda como Prayagraj-, se deja caer en la confluencia de los ríos sagrados, el Ganges y el Yamuna. Es un espectáculo impresionante, porque la ciudad no tiene más de 1.5 millones de habitantes, y a la enorme confluencia de los ríos llega, entre los meses de enero y marzo, una multitud calculada en 150 millones de personas.

Es un ritual milenario para expiar las culpas. Muchos de los devotos han renunciado a todas sus pertenencias materiales, incluyendo la ropa. Las imágenes de santos desnudos con los brazos en alto orando hacia el firmamento han sido comunes a lo largo de los años. Lo nuevo este año es el uso político de la peregrinación. La movilización gigantesca ha coincidido con la elección nacional, y el gobierno no ha descartado la ocasión para hacer campaña. El primer ministro Narenda Modi, cuyo partido es un fiel defensor de las creencias hindúes nacionalistas, le inyectó al festival que se mueve al compás de la peregrinación un apoyo nada desdeñable de 600 millones de dólares, tres veces más de lo que se invirtió en 2013,

Con esos recursos, se han mejorado los transportes, se han levantado tiendas de lujo separadas de las multitudes, se han regado puestos de venta de ropa y se han establecido 120 mil baños para los peregrinos. Hay espacios con luz eléctrica. Incluso una feria con juegos infantiles, como los carritos chocones. La propaganda gubernamental atrajo fieles que estaban en países lejanos, como China y Japón. Y los turistas se multiplicaron.

Esta nueva tendencia, aunque resulta minoritaria y esporádica entre la multitud, no gusta a muchos. Sobre todo a los ancianos. La religión no es algo que debe combinarse con la modernidad, y mucho menos con la política y el capitalismo. Naga Baba Prayagrajgiri, uno de los hombres santos de la marcha, reprueba los cambios agitando su barba blanca y encorvando aún más su cuerpo desnudo y esquelético. “Este año califico la peregrinación con un cero”, dijo, y se hundió en las aguas de sus meditaciones.

(Información de The New York Times)

 

Odebrecht.Can

Cuando se habla de corrupción a nivel internacional, Canadá es un país que siempre se sitúa por encima de sus congéneres. Su gobierno es un ejemplo de pulcritud, transparencia, inclusión de los contrarios, pluralidad y respeto. Y sus empresas son vistas como ejemplos en términos de justicia laboral, donde existen salarios muy elevados y ganancias respetables, que nunca llegan a las cifras exorbitantes de los países árabes o los eufemísticamente llamados en vías de desarrollo.

Pues bien, este año a Canadá le tocó lidiar con su primer escándalo de corrupción al más puro estilo de Brasil y sus empresas. La firma señalada se llama SNC-Lavalin, y es una empresa multinacional de construcción e ingeniería con sede en Montreal. Y siguiendo los pasos de Odebrecht, se reveló que SMC-Lavalin ofreció 47 millones de dólares en sobornos al gobierno de Libia para adquirir contratos. Las ofertas se llevaron a cabo durante el imperio de Muammar Gaddafi, en los años que van de 2001 a 2011. Ha pasado mucho tiempo, pero las secuelas del caso han manchado al actual gobierno.

El miércoles 27 de febrero, durante casi cuatro horas de testimonio ante la comisión de justicia de la Cámara de los Comunes canadiense, una dama muy refinada llamada Jody Wilson-Raybould contradijo en varias ocasiones las aseveraciones del primer ministro Justin Trudeau, quien afirmó que ni él ni su personal actuaron indebidamente al intentar que la Fiscalía de la nación -encabezada por Jody- alcanzara un acuerdo fuera de tribunales con la empresa SNC-Lavalin. La señora describió con lujo de detalles 10 reuniones, 10 conversaciones y una serie de mensajes de correo electrónico que tuvo ella sobre el caso. Posteriormente, fue removida de su cargo rumbo a otro puesto, y finalmente asomó la cara en el estanque de las renuncias.

El trasfondo del asunto se ha centrado en la intervención del Poder Ejecutivo en el ámbito de la Fiscalía, algo muy normal en México pero imperdonable en naciones como Canadá.

Andrew Scheer, líder de la oposición del Partido Conservador en el parlamento, ya salió a la palestra para pedir una investigación por obstrucción de la justicia, y exigir la renuncia de Trudeau.

En síntesis, por lo sucedido en Canadá puede confirmarse una sentencia que duele mucho a los idealistas y regodea en su sapiencia a los cínicos: “la política es un baño de mugre en cualquier lugar de la Tierra.”

 

Cachemira

Cachemira es una región entre la India, Pakistán y China que se ha convertido en un polvorín desde que la colonización inglesa se retiró de la zona dejando una estela de miseria, abandono, insalubridad y hambre. Para simular que se trata de una región privilegiada por la cordillera del Himalaya, a la vuelta de los años se convirtió en una zona artificial cuajada de atractivos turísticos, telas finas para vestidos, artesanía bien cotizada en el exterior, paisajes con lagos oníricos y montañas nevadas.

El territorio de Cachemira tiene una extensión un poco menor que el del estado de Chihuahua, y alberga a 12 millones de habitantes. No es una región que valga la penar ambicionar, como lo hicieron los imperios en los siglos pasados, por sus riquezas y recursos naturales. Pero es un territorio jaloneado por India y Pakistán, dos naciones y dos religiones distintas. En las últimas décadas fue un paso obligado del terrorismo de Al-Qaeda, y una zona proverbialmente en disputa por los conflictos religiosos. Cachemira ha generado tres guerras entre India y Pakistán: en 1947, 1965 y 1999.  India y China, por su parte, se enfrentaron en 1962.

En Cachemira mas del 90% de la población es musulmana. Ese ingrediente ha estado presente en todos los enfrentamientos religiosos de la región, y ha sido el combustible que ha puesto en marcha desde hace décadas el odio que existe entre los gobiernos de Pakistán y los de  India. El pasado 14 de febrero en la región no fue día del amor ni la amistad. Un atacante suicida lazó un automóvil lleno de bombas contra un convoy de la policía hindú de Cachemira, dejando por lo menos 44 muertos tras las llamas. El gobierno hindú pidió al de Pakistán retirar su apoyo a los grupos terroristas -el ejército de Jaish-e-Mohammad se atribuyó el ataque-, y el de Pakistán negó todos los cargos en su contra.

A raíz del ataque, la región se convirtió nuevamente en una zona de guerra. Esta semana se abrió un fuego cruzado entre las fuerzas de India y Pakistán, y una andanada de bombardeos han violado todas las treguas. El ejército de India sostiene que la artillería paquistaní atacó la valla fronteriza e hirió a varios soldados; las autoridades de Pakistán dijeron que los cañones del ejército de India atacaron varios distritos en su zona, dejando 5 civiles muertos y 11 heridos.

Los focos rojos se han encendido. La solución, viendo el mapa de la región de Cachemira, parece muy simple: consiste en dividir el territorio en las rebanadas que corresponden a Pakistán, a China y a la India. Lo malo es que a los gobernantes de las naciones no les gustan las simplezas. Y lo peor es que los países enfrentados tienen armas nucleares.

Lo que urge es que, más allá de las religiones, la razón imponga sus condiciones.

Capital de la corrupción

Es difícil hacer una sentencia de ese tamaño, pero todo indica que Brasil se ha convertido en la capital de la corrupción en el mundo. La internacionalmente famosa operación llamada Java Lato del año 2014 implicó a decenas de empresarios y políticos que lavaban dinero con una red de lavanderías y gasolinerías, y que implicó contratos fraudulentos con la empresa Petrobras, la más importante del país. En sus investigaciones cayeron varios expresidentes brasileños, y solo Fernando Enrique Cardoso se ha salvado de ser destituido del cargo por acusaciones de corrupción.

Junto a eso, el nombre del funcionario Emilio Odebrecht se hizo famoso por su estrategia de repartir dinero a diferentes funcionarios del continente, a cambio de contratos muy jugosos para su empresa constructora. Entre los países involucrados está Brasil, por supuesto, pero también Argentina, Ecuador, Colombia, Venezuela, Panamá y México, además de Angola y Mozambique en África. Brasil se convirtió en el único país en el mundo donde la corrupción llegó a ser un producto de exportación.

Pero la última jugada de la estela de corrupción en el país no termina de pasar, y se refiere al reciente proceso electoral y sus secuelas. La puesta en marcha es una jugada política que implica a un juez implacable, llamado Sergio Moro -que aparece en la foto-, al expresidente Luiz Inácio Lula da Silva y al actual presidente de la nación, el recién electo Jair Bolsonaro. Como es sabido, el juez Sergio Moro se encargó de poner fuera del combate electoral al expresidente Lula da Silva, acusándolo de corrupción y metiéndolo a la cárcel desde el mes de abril del año pasado. Después del proceso electoral, Bolsonaro premió al juez Sergio Moro nombrándolo Ministro de Justicia y Ciudadanía. Y desde ahí ha cuidado las espaldas de Bolsonaro, cuyo gobierno ya ha sido acusado de corrupción y ya cobró a su primera víctima: Gustavo Bebianno, Ministro de la Secretaría General de la Presidencia.

El pueblo de Brasil se pregunta qué tipo de justicia es la que procura el nuevo gobierno. Y no tiene que indagar mucho. Basta ver que el expresidente Michel Temer no pisó la cárcel a pesar de múltiples acusaciones, y que los implicados en el caso Odebrecht -Marcelo Odebrecht, Antonio Palocci y Joao Santana- salieron de prisión y, sin renunciar a sus ganancias ilícitas, están cumpliendo sus condenas en arresto domiciliario.

Mientras tanto, Lula da Silva sigue tras las rejas, según su documentación, “por actos de oficio indeterminados”. Aquí la justicia tiene partido.