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Chicuarotes

Dirigida por el actor Gael García Bernal, que creció en el firmamento cinematográfico impulsado por el vuelo de Alfonso Cuarón y apoyado en su mancuerna con Diego Luna, Chicuarotes es una película que se introduce en el submundo negro de los barrios marginales de México y nos presenta un espacio hermético donde prevalecen la violencia, el machismo, la obscenidad, la falta de leyes, las relaciones podridas al interior de las familias, el hacinamiento urbano, el alcoholismo, los golpes y los balazos.

En ese universo, donde los jóvenes no tienen estudios elementales ni están familiarizados con el menor asomo de expresiones artísticas, uno de los protagonistas muestra su repugnancia al escuchar un fragmento del Huapango de Moncayo, diciendo que “esa música de mierda no se puede bailar.”

La trama de la película no es muy complicada, pero llama la atención por estar incrustada en la crisis de inseguridad y violencia que impera en las grandes ciudades de la República. Un par de jóvenes ladronzuelos, que se dedican a asaltar a los pasajeros empobrecidos de las Micros desbalagadas de Xochimilco, deciden escalar sus niveles de ingresos secuestrando al hijo del carnicero de la colonia.

La estrategia para obtener unos billetes a partir del secuestro no es nada buena, y a cambio dispara una serie de resortes que se anidan en los pueblos más atrasados que viven agregados a las manchas urbanas: la falta de leyes, la corrupción policíaca, el humor asesino, la sed de venganza, los ajusticiamientos por mano propia y la solidaridad en los linchamientos.

Por su deseo de mostrar las conductas atávicas de las comunidades en México, Chicuarotes se nutre de dos películas pioneras en la presentación de la violencia irracional que palpita en el horizonte del México rural y en proceso de urbanización: Los Olvidados de Luis Buñuel -que retrata la misma vida feroz y cavernaria de las colonias perdidas de la Ciudad de México en 1950- y Canoa de Felipe Cazals, sobre el ensañamiento de una comunidad situada en las faldas del cerro de La Malinche, que linchó a unos jóvenes excursionistas en 1968, azuzados por el fanatismo religioso del cura del pueblo.

Sin embargo, Chicuarotes no logra el impacto de sus predecesoras. Al ser estrenada a la mitad del primer año del nuevo gobierno, la película parece lanzar el mensaje de que México no cambiará. Que seguirá siendo tan atrasado, brutal e ingobernable como lo ha sido durante siglos. Pero en la película falta la calidad de la trama y las interpretaciones -salvando tal vez la de Daniel Giménez Cacho y algunas más-, y al ser producida por Televisa se ciñe a la costumbre de hacer descansar todo el dramatismo de la historia en los sonidos especiales, más que en las habilidades de los actores y el desarrollo de la historia.

Es algo parecido a las telenovelas.

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