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Chivos sin expiación

“No buscamos la venganza” ha dicho en repetidas ocasiones el presidente López Obrador  cuando le preguntan sobre el juicio que debe llevarse a cabo contra los expresidentes. Y luego los auditorios son remitidos a las figuras públicas conocidas como los chivos expiatorios de cada sexenio, esos políticos que acabaron en prisión para que la sociedad pudiese purgar sus culpas y los gobiernos en turno pudiesen presentar sus rostros recién lavados. Un puñado de esos chivos que se viene a la memoria son Joaquín Hernández Galicia, el poderoso líder de los petroleros que fue encarcelado por Carlos Salinas de Gortari; Javier Duarte, el gobernador de Veracruz que acumuló millones de pesos detrás de su sonrisa ante las cámaras, y la maestra Elba Esther Gordillo, que ya expió su culpa de saquear los recursos del sindicato de docentes. Mención aparte merece Raúl Salinas de Gortari, que se pasea nuevamente por las calles de San Ángel.

El sexenio pasado, catalogado como uno de los más corruptos de la historia de México, fue también un semillero de chivos expiatorios que cayeron en la prisión. En la lista sobresalen el ya mencionado Javier Duarte de Veracruz; Roberto Borge Ángulo, de Quintana Roo; Andrés Granier, de Tabasco, y el ex gobernador interino de Michoacán, Jesús Reyna García. Asimismo, por el PAN, el ex gobernador de Sonora, Guillermo Padrés Elías. Otros están prófugos, como el ex gobernador de Chihuahua, César Duarte. Y algunos pisaron la cárcel apenas en un parpadeo, como fue el caso del ex goberrnador Rodrigo Medina, de Nuevo León. Para él fueron cuatro horas de cárcel en el penal de Topo Chico.

Ahora se asoma a la cárcel Emilio Lozoya, quien fuera paladín de la reforma energética y cuyo nombre se asoció desde hace años a los sobornos de la empresa brasileña  Odebretch. Y el caso arrastra a su madre, a su hermana y a su esposa. Todas beneficiarias de algo que parece más una enfermedad que una canonjía.

Se dice de broma que no alcanzarían las cárceles en México para castigar a los corruptos. Pero eso provoca más pena que risa. Lo que urge, más allá de seguir aumentando la cantidad de chivos expiatorios, es la implantación y costumbre de un verdadero Estado de Derecho en México. Algo que parece aún lejano de alcanzar.

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