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¿Dónde están mis hijos?

Esa pregunta no se la hacen solamente los padres mexicanos que, para desgracia de la sociedad entera, han perdido a sus hijos después de décadas de violencia generada por el crimen organizado. También la hacen los padres que se han separado de sus hijos por rencillas familiares, el quiebre definitivo de las familias o el alejamiento voluntario, muchas veces acompañado de la desidia y el desinterés. En este sentido, muchas historias de escritores notables dan fe del sentimiento abismal de la pérdida del padre o, en muchas ocasiones, de su presencia perturbadora.

En su célebre Carta al padre, Franz Kafka dibuja la presencia de un padre lleno de imposiciones, autoritario hasta la médula, cuya simple cercanía obligaba al hijo a empequeñecerse y empezar a caminar a muchas patas, como un insecto. Y a Mario Vargas Llosa no le fue mejor. A la edad de once años, después de haber pensado toda su vida que su padre había muerto, su madre tuvo la mala idea de presentárselo a bocajarro en la mesa de un restaurante, y el escritor tuvo que soportar su despótica presencia hasta los diez y seis.

Pero no todas las reuniones familiares de ese calado terminan con tan malos resultados. En un artículo muy interesante de The New York Times, un maestro de inglés revela que tuvo una época muy difícil al regresar a Estados Unidos después de dar clases en un país extranjero, y su salario como taxista no le alcanzaba para sobrevivir. Entonces se metió  a un trabajo extraño para la época, pero que le resultó redituable durante más de un año: empezó a vender su esperma para las parejas que no resultaban fértiles. Era el año de 1994, y por cada probeta lleno de esperma le abonaban 40 dólares. Nada mal para el trabajo. El maestro donaba una probeta dos veces a la semana, y de esa manera vivió más de un año.

El tiempo pasó, y el maestro tuvo el deseo natural de conocer a sus hijos. Y después de una prueba de saliva que se manda a través de un sitio de Internet, dio con el paradero de un hijo suyo, que tenía un parecido estremecedor al suyo. El joven estaba en el último año de su carrera de Geografía, y al tener noticias de la búsqueda de su padre se entusiasmo, dijo, como nunca en su vida. Lleno de curiosidad le dijo a su padre que había otras dos jóvenes, sus hermanas, que también eran sus hijas.

Sin conocerse aún, entre todos decidieron hacer una fiesta. Con invitados especiales, como si fuera una boda. Y cuando se conocieron, nadie sufrió por el carácter de padres e hijos. Al contrario. Fue un encuentro excepcional, lleno de parabienes.

Ninguno en esa familia cree en dios, ni en el destino o la suerte. Todos dieron gracias a la tecnología.

Ahora el maestro de inglés se rasca la barbilla mientras piensa en buscar a algunos más de sus hijos. Haciendo cálculos, cree haber tenido 67.

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