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El inacabado cine mexicano

La solidez con la que hoy se presenta el cine mexicano ante la crítica internacional más exigente y la taquilla local más cerrada lo sitúa como el cine más vigoroso que se produce en Iberoamérica. Es, hoy, la industria cinematográfica con mayor desarrollo y mejor posicionada artística y comercialmente. No es poco pero es insuficiente. Por eso, insistir en el recuento de lo que tenemos es necesario para poner atención en aquello que carecemos.

En el ámbito internacional nuestra presencia no puede ser más exitosa, las distinciones en los festivales más importantes a nivel mundial: Carlos Reygadas, Michel Franco y Amat Escalante en Cannes, Fernando Eimbcke en San Sebastián, Nicolás Pereda en Venecia y Locarno. Tatiana Huezo en más de veinte festivales especializados en cine documental; en otros tantos Diego Quemada-Diez, incluida su nominación al Goya; Gabriel Mariño, Sebastián Hiriart, Paula Marcovich, Rodrigo Pla, Mariana Chenillo, Pablo Delgado y una larga lista que se extiende por una larguísima lista de festivales de todo el mundo a los que han llegado con pasaporte de desconocidos a obtener reconocimiento por méritos propios.

No es ninguna novedad que propios y extraños conocen, de muchos años atrás, la calidad del trabajado de eléctricos, tramoyistas, maquillistas, vestuaristas, escenógrafos, etc. que hoy se multiplican inclusive en algunos estados de la república; tampoco nos han sido ajenos los avances en la tecnología que acompañan el desarrollo digital, y hoy tenemos una importante base de servicios de postproducción digital con técnicos y operadores de muy alta calificación. A lo que habría que sumar el considerable número de profesionales formados en el campo de la animación.

Las dos escuelas de cine: el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM y el Centro de Capacitación Cinematográfica han formado generaciones de cineastas que se encuentran en activo en México y en el extranjero, y en los años recientes han surgido centros de enseñanza cinematográfica que han cubierto la gran demanda de los jóvenes por estudios especializados en la materia. Nunca ha habido tantos directores, fotógrafos y productores en activo, todos ellos, o casi, con una sólida formación profesional que ha desplazado a la formación empírica tradicional.
Hace cincuenta años el grupo llamado Nuevo Cine, formado por destacados intelectuales de la época, pedían al Gobierno de López Mateos la construcción de una cinemateca: hoy existen la Filmoteca de la UNAM y la Cineteca Nacional cuyos recursos seguramente son insuficientes para cubrir las necesidades de preservación del acervo cinematográfico de nuestro país pero que, sin duda, cumplen con sus funciones de rescate y difusión de nuestra historia audiovisual.

La reflexión sobre nuestro cine se hace evidente en una gran cantidad de publicaciones y espacios en los medios que, desde muy distintas perspectivas, buscan ahondar en la comprensión, la difusión, la situación de la industria cinematográfica nacional.
Las políticas públicas en la materia han sido planteadas, cada vez con mayor lucidez, por parte de legisladores, de productores organizados en diversas asociaciones, de documentalistas constituidos en una red nacional, de la convocatoria en los festivales de cine a foros de discusión y de autoridades del sector que buscan atender las demandas de la comunidad cinematográfica.
Los fondos de apoyo a nuestro cine son muy generosos en los montos y, tal vez, muy onerosos en los requisitos. Claridad y simplificación en las reglas permitiría dar mayor fluidez, oportunidad y certeza en el otorgamiento de los apoyos, sin embargo los montos que se destinan a la producción y a la distribución están entre los más altos que ningún otro país otorga.

La enorme oferta de salas cinematográficas de las dos grandes cadenas de exhibición, aunado a las más de trescientas salas “independientes” si bien no cubre las necesidades de entretenimiento, recreación y cultura de la población más desprotegida, está a la altura en calidad de las mejores del mundo. Existe además una red amplia y activa de cineclubes, plataformas digitales que operan nuevos formatos de exhibición, una variedad de dispositivos cada vez más populares para acceder a un universo enorme de películas de todo tipo.

Podemos sostener que la industria cinematográfica mexicana hoy, es un cuerpo sólido conformado por mano de obra especializada y profesionales de alto nivel, servicios, tecnología, formación, publicaciones, recursos públicos considerables para la producción y la distribución, legislación y políticas públicas siempre perfectibles, certeza en el resguardo de nuestro patrimonio audiovisual, una distribución de películas cubierta por empresas grandes y pequeñas, inobjetable reconocimiento internacional y una amplia infraestructura de exhibición
En las taquillas de nuestro país, los muy recientes éxitos de: “Nosotros los nobles” y “No se aceptan devoluciones” significan, cuando menos, que más de veinte millones de mexicanos regresaron al cine a ver su cine.
Sin embargo, dos golondrinas tampoco hacen verano, si excluimos a Derbez y Alazraki del recuento en taquilla de 2013, solamente cuatro películas podrían ser incluidas en la lista de éxitos taquilleros con más de medio millón de espectadores. En el mismo año se exhibieron otras noventa y seis películas mexicanas con un promedio de asistencia de trescientos espectadores, por lo que aquellos cineastas reconocidos mundialmente regresaron a su país a seguir en la misma condición de anonimato con la que se fueron a recorrer el mundo.

El cineasta Eliseo Subiela dice: “es el espectador el que completa la película, sin el espectador la película no está terminada”.

Convocar a nuestro propio público pasa por, entre otras cosas, llegar a acuerdos que consideren el beneficio de todas las partes que forman la industria cinematográfica, que la ausencia de espectadores hay que analizarla ponderando aquello de la soberbia de los exhibidores, la poca claridad de los distribuidores, el egoísmo de los productores y la falta de apoyos a la exhibición “independiente” y ubicarnos en la posibilidad de atender, mediante la participación definitiva de la comunidad cinematográfica, nuestro mayor pendiente: los espectadores.

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