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El verdugo se va a prisión

El 31 de agosto de 2016, la presidenta de Brasil Dilma Rousseff fue destituida de su cargo, acusada por alteración de cuentas fiscales y firma de decretos económicos sin aprobación del Congreso. Para muchos analistas, los motivos de su destitución no eran cargos graves, y se extendían como una pantalla de humo para quitarla del camino y abrirle el paso al vicepresidente Michel Temer, un oscuro mandatario que desde hace tiempo hace honor a su apellido. El verdugo de Rousseff fue el diputado conservador Eduardo Cunha, quien impulsó su destitución con una vehemencia digna de Robespierre, tratando de purificar al país de cualquier asomo de corrupción y enriquecimiento ilícito.

Pero ahora la guillotina ha caído sobre el límpido cuello de Cunha. Hace unos días un juez federal lo halló culpable -así es esto de la política- de corrupción, lavado de dinero y envío ilegal de fondos al extranjero, todo vinculado a la investigación de sobornos de Petrobras, el gigante petrolero de Brasil. Cunha fue sentenciado por haber recibido 35.5 millones de dólares en la adquisición de un campo petrolero en 2011. ¿Y con esa cara alzó durante tanto tiempo su ronca voz para acusar y destituir a Dilma Rousseff? Pues sí, y después de lograr su objetivo se levantó como una figura titánica de político insobornable. Todos en el Congreso querían formar parte de su corte.

Ahora el juez que lo mandó a prisión, Sergio Moro, declaró que “no puede haber ofensa más seria que la traición de un mandato parlamentario y la confianza sagrada del pueblo para beneficio personal”, y ya nadie quiere figurar cerca del entorno del nuevo acusado. Menos aún el presidente Michel Temer, que pertenece al mismo partido de Cunha. Shhh. Que nadie hable de eso.

La historia se repite, decía un clásico. El líder incorruptible Maximilien Robespierre mandó a la guillotina a miles de franceses, y terminó decapitado por su propio radicalismo. Ahora otro incorruptible, el diputado Cunha, tendrá que purgar su afición a los sobornos con 15 años de prisión.

En México eso casi no sucede. Casi todos huyen a tiempo.

 

 

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