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En La Lagunilla todo es una sorpresa

Entrevista con Manuel Rodríguez, restaurador de arte

 ¿Cómo te iniciaste como cliente asiduo de La Lagunilla?

Mi tío era ebanista, y cada vez que venía por herramientas me traía. Eso fue en la década de los 50s. Y a partir de entonces no he dejado de venir. Aquí tengo una parte de mi vida, aquí tengo amigos desde hace décadas, y no puedo dejar de venir. Es una cuestión casi religiosa. Cuando era niño yo era monaguillo, y me daba cuenta de que venir a La Lagunilla los domingos era como asistir a misa. Si no venía, el domingo no estaba completo. Después ya no me gustó la vida de monaguillo, ya no quise saber nada de la iglesia, pero La Lagunilla me sigue llamando. Y aquí estoy.

¿Estudiaste algo relacionado con las antigüedades?

Yo estudié en la Academia de San Carlos, porque me gustaba mucho la pintura. Tuve que salirme para ayudar a mi familia, somos 7 hermanos, y me fui a trabajar a Estados Unidos. Y al regresar, en 1975, ingresé al Instituto Nacional de Antropología e Historia, a trabajar en el área de restauración, que es lo que me fascina. Mi mujer también es restauradora. El INAH se encarga de restaurar los bienes inmuebles de la Colonia, y los edificios que fueron construidos en México  hasta el siglo XIX. La restauración es una de mis pasiones. La otra es la música. Yo compongo con mi guitarra son de mariachi, y no porque aquí enfrente esté Garibaldi, sino porque lo llevo muy adentro. Mi familia es rural, venimos de San Juan de los Lagos en Jalisco. También me gusta el jazz y el blues, y acompañé a Carmen Montejo en una gira por el estado de Texas, pero esa es otra historia.

¿Sigues trabajando en el INAH?

No, Trabajé ahí 15 años, pero ahora me dedico a restaurar obras por mi cuenta. Y en mi labor es natural que venga constantemente a La Lagunilla. Trabajo con particulares, gente que conserva muchas obras por herencia, o porque la compran en subastas o aquí mismo, en La Lagunilla. Son pinturas, esculturas, obras de cerámica. Mi esposa se dedica a la conservación y restauración de documentos gráficos, todo sobre papel, y de eso también aquí hay mucho.

¿Qué clase de amigos tienes aquí? ¿Son vendedores de antigüedades?

La mayor parte de los lagunilleros se mueven en diferentes partes de la ciudad. En lo que ahora es el Jardín de la Solidaridad muchos van ahí los sábados, y mi amigo Álvaro es uno de ellos. Hay muchos que han fallecido. Pero otros siguen más que vivos. Aquí está Don Antonio, por ejemplo, que es de Ciudad Neza,  que es un chacharero de lujo. Para ser chacharero se requiere tener un espíritu muy curioso, y ser un caminante que recorre grandes trayectos. Donde menos lo esperas puedes encontrar lo que se llama una cháchara. Son objetos que pueden no tener valor para nadie, pero si hay una persona que los valora, pueden llegar a tener un gran valor. Don Antonio vende textiles, cerámica, piezas de metal, objetos de charrería, artículos deportivos. Álvaro, por su parte, vende antigüedades maravillosas. Lo más inverosímil. Te puede vender un diablito antiguo que sirvió para que los ferrocarrileros llevaran los durmientes, o una lámpara del siglo XIX, también pinturas muy antiguas, esculturas de marfil, infinidad de cosas. En el país hay también una cultura y una tradición por la conservación, porque cada objeto es un pedazo de nuestro pasado. Toda la gente que he conocido aquí siempre me ha tratado muy bien. Muchos conocen mi casa, y cuando entran ahí se reencuentran con objetos que me han regalado o me han vendido. Yo vivo en Coyoacán, a cuadra y media del Convento de Churubusco. Y ahí tengo de todo, cada objeto con su historia propia.

¿Te acuerdas de todas las historias?

Una de ellas me gusta mucho: en Puebla conocí a un chacharero, uno de esos que no te dicen parándose el cuello “yo soy anticuario”, no, uno que se enorgullecía de ser chacharero, que para mí valen mucho más que todos esos presumidos que menciono. Yo fui a su tienda a recoger una prensa para mi esposa, también compré un ropero antiguo, pero cuando entré a su bazar vi que ahí estaba el cascarón de una rocola. Un verdadero cascarón. No tenía patas, estaba en las últimas etapas de su existencia. Bueno, pues yo le eché ojo, y le dije al chacharero: “oye Carlos, ¿y esta rocola?”. “¿Te gusta?” Me dijo. “¡Pues llévatela! ¡Aquí nadie la quiere!”. Entonces me acuerdo que llegaron todos los que llevaban los objetos que compré en la madrugada a mi casa, empezaron a bajar todas las cosas, y cuando mi esposa vio la rocola puso el grito en el cielo: “¡¿Qué vamos a hacer con esto?!”. Bueno, yo la tranquilicé y me fui a ver a un ebanista que vivía como a una cuadra de mi casa -ya falleció pero era muy bueno-, y resulta que había sido coordinador del departamento de ebanistería de Sears en Estados Unidos, le metió mano a la rocola y ahora es un mueble que es una joya, me lo han querido comprar, y por supuesto que al restaurarlo mi esposa se reconcilió conmigo.

¿Qué trabajos recuerdas con afecto o intensidad de los que hayas realizado?

Uno fue una pintura española de una dama del siglo XVIII, muy elegante, con su peineta y todo, pero por un pleito de familia alguien la había tasajeado con un cuchillo y le había quitado un ojo. La pintura estaba en muy buenas condiciones, salvo ese lamentable detalle. Entonces, cuando haces un trabajo de restauración, siempre hay que tener una memoria fotográfica para que se vaya observando el progreso del trabajo, donde aparezcan todos los procesos, la reintegración del color, las capas de protección, etcétera. Y cuando el dueño vio todo el trabajo se quedó como pasmado, porque la restauración le había devuelto su pintura original. Eso me gustó mucho. Otro trabajo fue la restauración de un guerrero chino de cerámica, que volvió a tener su fuerza original. Ése es mi oficio, y cuando la gente te agradece sabes que te agradece el haber sanado algo que aprecia. Eso me gusta mucho.

¿Qué es para ti La Lagunilla?

La Lagunilla es el mundo de las sorpresas. Es un lugar con un espíritu que te envuelve, un lugar para la satisfacción de tu curiosidad que, sin embargo, siempre te invita a volver. Porque aquí todo cambia, todo se renueva, siempre aparecen cosas nuevas a pesar de ser tan antiguas. Aquí la persona que busca algo extrañísimo puede encontrarlo, y puede encontrar algo que, aunque no lo sabía, lo había buscado toda su vida.

Testimonio de Daniel Robles García (el de las pieles)

Yo soy Daniel Robles García, soy vendedor de La Lagunilla desde hace más de 20 años, aunque también trabajo en El Chopo. Yo trabajo todo lo de piel, lo hago a mano, son pieles de res y de borrego, con eso hago zapatitos, bolsitas, pulseras, pero con el estilo de los indios norteamericanos, los apaches, porque eso es lo que me gusta. Es un estilo, pero yo tengo mis propios diseños. También vendo collares de diferentes piedras (amatista, cuarzo, ámbar, turquesa, obsidiana), porque la demanda de la piel ha bajado mucho. Yo lo que quiero es que esto tenga más demanda, que venga más gente, que no se pierda el mercado artesanal, porque es de las cosas más valiosas que tenemos aquí en México.

Testimonio de Rogelio Echeverría (el de los trajes de torero)

Aquí tengo el traje de torero de Manuel Benítez, “el Cordobés”, y por dentro viene firmado. También está el de Manolo Martínez, y el de José Huerta. También vendo jarras, cristal cortado, lámparas antiguas, objetos de madera extraña, como el ojo de perdiz. Yo soy de los que tienen aquí poco tiempo, llegué hace 4 años, pero el negocio va bien. Viene mucha gente, porque a mucha gente le interesan las antigüedades.

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