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Escuela para albañiles. Entrevista con José Shabot Cherem, Director de Construyendo y Creciendo

¿Cuál es el nivel educativo de los albañiles de la Ciudad de México?

La mayoría de los albañiles de la Ciudad de México son migrantes que no saben leer y escribir. Muchos de ellos ni siquiera hablan español. Son personas que no tuvieron la oportunidad de estudiar, porque no había escuelas en sus lugares de origen, o porque tuvieron que trabajar desde temprana edad. Ellos constituyen una faceta de la ciudad importantísima –que muchos no conocen-, porque ellos son los que la han construido.

¿Cómo te involucraste con los albañiles?

Yo estudié ingeniería civil en la Universidad Iberoamericana, y tuve la oportunidad de empezar a trabajar desde el primer semestre. Mi padre es ingeniero civil, yo estaba empapado del ambiente de las construcciones desde pequeño, pero cuando empecé a trabajar me di cuenta de que había muchos trabajadores analfabetas. Y el hecho de no saber leer ni escribir era determinante, porque los maestros de obras les robaban a los albañiles su dinero por este simple detalle. Al no saber leer, los albañiles recibían sólo 200 pesos de los 1,200 que ganaban a la quincena, porque los maestros de obras se quedaban con el resto. Eso lo comenté en mi casa, y mi madre me acercó con amigos de fundaciones que pudieron ayudarme. Después un cura nos enseñó un sistema de alfabetización que había echado a andar en la sierra de Guerrero y en Oaxaca, y con esos instrumentos nos dimos a la tarea de alfabetizar en las obras. Yo organicé a un pequeño grupo con mi madre, mi hermana y tres amigos, y con ellos empezamos a alfabetizar a los albañiles. Era en un edificio habitacional, donde yo trabajaba. Pero muy pronto nos dimos cuenta de que no era fácil escalar ese esfuerzo, que éramos poca gente y que necesitábamos ampliar el trabajo y ser más eficientes. Entonces me acerqué a la Secretaría de Educación Pública, y el titular en ese tiempo me aconsejó acudir al Instituto Nacional de Educación para Adultos, el INEA. Ellos tenían los materiales que necesitábamos. Y tenían a los maestros. Nosotros nos dedicamos a convencer a las constructoras para poner manos a la obra, a poner las mesas, sillas y pizarrones.

¿Instalaron salones de primaria, como en las escuelas?

En las construcciones habilitamos cuartos para salones. Pero no muchos. Lo bueno del material del INEA es que es para autodidactas, y entonces un solo maestro puede asesorar a varios grupos. En los salones hay grupos de alfabetización, grupos de primaria, grupos de secundaria y preparatoria. Sin embargo, nos dimos cuenta de que los profesores del INEA eran gente que hacía su servicio social, y no tenían el compromiso de asistir diario a las construcciones. Entonces decidimos nosotros contratar a los profesores. El sueldo fue saliendo de las propias empresas constructoras, a las cuales les gustaba nuestro proyecto, y se dieron cuenta de que a la larga también les convenía tener una mano de obra más calificada. 

¿Hay otras instituciones educativas metidas en el proyecto?

Tenemos tres alianzas fundamentales. Una con el INEA, que ha sido la más fructífera y duradera, y que nos da los materiales para que los albañiles tomen cursos de alfabetización, primaria y secundaria; otra con el Tecnológico de Monterrey, que nos facilita computadoras y programas muy sencillos para enseñar cómputo y uso del Internet. Nosotros contratamos a un capacitador. Hoy tenemos seis computadoras, los albañiles que se han inscrito están muy entusiasmados con eso, y hoy tenemos a un trabajador que salió de una construcción y se volvió programador web; es decir, que sabe cómo programar una página de Internet. Y tenemos una tercera alianza, que nos ha costado mucho trabajo, que es la educación preparatoria. Hoy, el graduado que ya tenemos de prepa se graduó por medio del CENEVAL.

¿Cuántos alumnos tienen en total?

Hoy tenemos 240 alumnos estudiando en 15 diferentes construcciones. Tenemos más de 400 graduados de alfabetización, primaria y secundaria en los últimos siete años. Todos con certificados oficiales de la Secretaría de Educación Pública. El INEA va a las obras, realiza los exámenes correspondientes, y los trabajadores se gradúan…

¿Hay graduaciones, como en las escuelas?

Sí, los trabajadores se gradúan, nosotros les hacemos un evento, llevan a sus familias, muchos las traen desde otros estados de la República. Son eventos increíbles, porque ellos rentan sus trajes para el evento, hay discursos, y para muchos de ellos es la primera vez que les reconocen algo en la vida. Son personas que vienen de lugares en donde nadie les dijo que podían estudiar, que podían salir adelante, y ahora se dan cuenta de no solamente pueden salir adelante, sino también sus hijos. Y ese es un cambio muy importante, porque el oficio de la construcción es un oficio heredado. Ahora los hijos, en vez de que aspiren a ser albañiles, oficiales de carpintería o ayudantes de obra, se dan cuenta de que pueden estudiar, que pueden terminar la prepa y hacer una carrera. Parece mentira, pero ése es un cambio muy importante.

¿Qué dificultades han tenido a lo largo de estos años?

Una de las grandes dificultades es convencer a los trabajadores que vale la pena seguir estudiando. En las aulas tenemos un promedio de 13 o 14 alumnos, pero son construcciones en las que hay 300 trabajadores. Y de esos 300, de acuerdo a nuestras estadísticas, más de 260 no han acabado la secundaria. ¿Cómo es posible que no tengamos las aulas abarrotadas? ¿Por qué nos cuesta trabajo llevar a los 14 alumnos que asisten? Es claro que necesitamos trabajo de promoción, estamos pegando carteles muy grandes en las construcciones, y en un principio íbamos a platicar con los trabajadores a la hora de la comida, para convencerlos de los beneficios de los estudios. Y es muy difícil, porque los mismos trabajadores y los maestros de obras se burlan de los que van a estudiar, les dicen “pareces niño chiquito”, porque ellos tampoco estudiaron, pero no son capaces de superar esa situación. El otro problema es con el maestro de obras y con el status quo que existe, porque los maestros quieren ver rendimientos; muchas veces ellos tampoco estudiaron, y en el fondo piensan que si los albañiles estudian pueden llegar a ser mejores que ellos. Otro reto se presenta con las constructoras, y no porque el constructor no quiera –siempre dicen que es una idea muy noble-, sino porque no le dan seguimiento, porque tienen otras prioridades. Y yo estoy seguro que con este programa las constructoras tienen mayor retención de personal, los trabajadores rinden más durante las horas de trabajo y están más contentos. Nosotros les pedimos a las constructoras donativos, porque somos una asociación civil sin fines de lucro. Con un donativo de diez mil pesos pagamos al maestro, organizamos los materiales y hacemos las graduaciones. Y la otra parte que dan es una hora de trabajo al día. Los trabajadores estudian diario, de 5 a 7 de la tarde. El horario laboral es de 8 de la mañana a 6 de la tarde, y con este sistema una hora la ponen los constructores, y otra la pone el trabajador. Lo que nosotros hacemos es coordinar los materiales didácticos que existen, a los maestros y a los albañiles en las aulas. Tratamos de elevar su autoestima, aplicar la disciplina del trabajo en los estudios, y que nadie falte a las clases.

La posibilidad de estudiar abre puertas en muchas direcciones. ¿Han conocido casos de otros beneficios derivados de la educación de los albañiles?

Yo recuerdo a un trabajador ya mayor, arrugado por la vida y el trabajo de sol a sol, que tenía un problema que él mismo desconocía, y que era que no veía bien. Entonces, cuando se puso a estudiar, el profesor se dio cuenta de que no veía, y cuando le compramos y le pusimos los lentes su alegría y su cambio de actitud fueron impactantes. Con la educación, los beneficios siempre aparecen. Nosotros les damos también pláticas sobre otros temas, sobre violencia interfamiliar, sobre sexualidad, temas que pueden ayudarlos a cambiar actitudes anacrónicas y perjudiciales.

¿Los que van a las clases son en su mayoría hombres?

Algo que nos ha sorprendido es que asiste un 35 por ciento de mujeres. Las mujeres no van a las construcciones, salvo a labores de limpieza, en trabajos de menor fuerza física. Pero nos hemos dado cuenta de que todas las mujeres que trabajan en las construcciones se meten a estudiar. Son las que se dan cuenta de que sí vale la pena, y son mujeres que tienen hijos. Entonces, esas mujeres les van a decir a sus hijos “tú no te sales de estudiar, porque esto a mí me ayuda mucho, me ayuda a llevar mejor las cuentas de la casa, me ayuda a hacer otras cosas.” Recuerdo que en una graduación llegó una mujer y me dijo “gracias, porque ustedes me ayudaron a conseguir el trabajo que yo quería, que era trabajar haciendo las recámaras de un hotel, pero ahí pedían el certificado de secundaria, y gracias a ustedes lo tengo. Yo no quería seguir trabajando en las construcciones.”

Nadie se fija en los albañiles. Son como seres espectrales, figuras grises que pasan siempre de largo, que no pertenecen a ningún lugar… ¿Por qué te detuviste a pensar en ellos y a impulsar sus mejoras?

Como te decía, mi padre es ingeniero, y me llevaba a las construcciones desde chavito. Y desde ese entonces me di cuenta de que las construcciones eran como ciudades en sí mismas, donde la gente vive en el polvo, en el mismo lugar en el que trabaja. Los trabajadores mandan su dinero a sus casas cada semana pero ahí viven, ahí comen, y llevan el trabajo más pesado. Un trabajo en el que hay accidentes, y pueden quedar con alguna discapacidad. Es un sector donde la capacitación técnica pocos la valoran; en otras ramas sí se valora, pero no en la construcción. En México existe una construcción muy rudimentaria, que consiste en pegar blocks, con trabajadores que ganan poco, y mientras menos ganan más barata sale la construcción. Y los trabajadores mismos no ayudan, porque no piensan en que la capacitación los puede beneficiar, sino que piensan que lo único que existe es el trabajo del día a día, el cargar el bulto en la espalda y llevar más bultos, en lugar de buscar maneras más eficientes para hacer el mismo trabajo. Pero lo que tenemos que hacer es que haya gente más capacitada, que gane más, que trabajen más, que produzca más, que se sientan más cómodos con ellos mismos y puedan crecer.

¿Y los maestros de obra? ¿Son los caciques de esas ciudades que llamamos construcciones?

Los maestros de obra son los que generalmente se encargan de reclutar a los albañiles, traerlos a las construcciones, y lograr que los albañiles trabajen de alguna manera para ellos. Claro que en ese gremio, como en muchos otros, hay de todo. También hay maestros de obras que apoyan a los albañiles, que los incentivan a aprender nuevas cosas. Pero la mayoría traen a los albañiles solamente a trabajar muy duro, a que tengan buenos rendimientos para que el ingeniero esté contento. Al que rinde bien le dan lo de su semana, y al que no rinde le descuentan. Por eso es muy recurrente oír a los trabajadores, cuando vas por ellos para llevarlos al aula, que digan: “es que el maestro de obras me dijo que si voy me corre.” Por eso tenemos que cambiar la forma de pensar de los maestros de obras, tenemos que crear verdaderos liderazgos. Por eso vamos a crear un diplomado de liderazgo, con la ayuda de la Universidad Iberoamericana, para que los maestros de obras vayan allá los sábados y domingos, y se capaciten ellos también. Vamos a crear gente que sepa que al estudiar, al poner una hora más de esfuerzo a pesar de que estén cansados, piense que ese tiempo lo vale todo. 

¿A dónde quiere llegar Construyendo y Creciendo?

R: En los próximos dos años queremos incrementar fuertemente el volumen de todos los trabajadores que van a las aulas en el Valle de México. Si logramos que a nuestras clases acudan no 15 sino 50 trabajadores, y que en lugar de estar escolarizando a 200 estemos escolarizando a 2 mil, entonces podremos extendernos a muchas otras ciudades, buscar nuevos programas y ayudar a que esta gente siga creciendo, ampliando sus horizontes. Es bonito que en los pueblos el hijo de zapatero se vuelva zapatero, y el hijo del albañil se vuelva albañil, pero lo que queremos es que esos albañiles se vuelvan más capacitados, que puedan hacer su trabajo mejor, de forma más eficiente, y que puedan ganar más. Que entiendan que si estudian una carrera técnica en construcción van a ser mejores trabajadores, que si dominan las matemáticas y la geometría van a saber leer planos, y que el que le echa muchas ganas puede llegar a ser ingeniero o arquitecto, y así abatir ese inmenso rezago educativo que México tiene.

 

 

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