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Farol de la calle y luz de su casa

México tiene que poner el ejemplo sobre el trato a los migrantes. Si bien ayer Donald Trump afinó su propuesta de trato a los migrantes con la idea de difundir sus supuestas actividades delictivas, convertir a las policías locales fronterizas en agentes para su persecución, construir más centros de detención y acelerar la deportación de millones, el oleaje de las migraciones ha puesto una prueba de fuego para nuestro país.

En Tijuana, puerta de entrada para los migrantes de México, Centroamérica y otros países que buscan trabajo en el vecino del norte, se encuentran más de 4 mil haitianos que han decidido quedarse en México. Ante la política intimidatoria de la Casa Blanca -que ya está subiendo videos de la barbarie acostumbrada para expulsar a los indocumentados que viven con sus familias- han dejado de asistir con las autoridades de Estados Unidos para pedir asilo, y han volteado al Instituto Nacional de Migración de México para solicitar una visa humanitaria que les permita trabajar en nuestro país por lo menos un año. Y aquí surge de inmediato una pregunta: ¿Cómo acoger a los migrantes que ingresan, si precisamente los migrantes que se van lo hacen porque aquí no hay fuentes de empleo?

Los 4 mil haitianos que ahora viven en albergues de Tijuana son el remanente de los 14 mil haitianos que llegaron a esa ciudad en mayo del año pasado, de los cuales muchos fueron aceptados por la pasada administración de Washington. Pero ahora el cambio se nota. Para los haitianos que acuden a la Garita de San Ysidro en busca de asilo, el trámite se convierte simplemente en un paso seguro hacia la deportación. Por eso ya nadie quiere ir a Estados Unidos.

Los refugios de Tijuana son las nuevas casas de los migrantes. En noviembre, la SEDESOL proporcionó 4 millones de pesos a través del Instituto Nacional de Desarrollo Social para atender a los migrantes haitianos. Pero esa ayuda ya se extinguió. Ahora los haitianos buscan acogerse a nuevos programas. Wilner Metelus, uno de sus voceros, dijo que “ahora con la llegada de migrantes mexicanos deportados hay programas de trabajo y los empresarios les van a dar prioridad a ellos, por lo que pedimos que también nos contemplen. Queremos sensibilidad, una oportunidad de trabajo. No podemos regresar a Haití, porque la economía está en quiebra.”

Los más avezados, como lo mayoría de los mexicanos que no encuentran trabajo formal, se incrustan en la informalidad. Algunos lo hacen como albañiles. Pero otros, los más ocurrentes, se incorporan sigilosamente a las cocinas de Tijuana. Sobre todo mujeres. Por eso ahora, junto a la comida china, japonesa y cubana de la ciudad fronteriza, algunas fondas ofrecen ya los guisos tradicionales de la cocina de Haití.

Si. México tiene que poner el ejemplo en el trato hacia los migrantes. Los haitianos nos están dando la oportunidad de discutir sobre la apertura de fuentes de empleo, y sobre la integración del trabajo informal a la formalidad. Y el momento es hoy. No debemos fincar las esperanzas, como siempre lo hacemos, en el sexenio próximo.

(Con información de 24 horas y The New York Times)

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