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Sylvia

Filantropía

La filantropía es una palabra que esconde muchas cosas. Para los empresarios, generalmente, se trata de una operación mediante la cual pueden deducir grandes cantidades de impuestos, y aparecer ante el público como los benefactores de los más necesitados. Una gran cosa, sin duda. Mediante la filantropía, los grandes empresarios pasan de ser los tiburones explotadores más reconocidos a las almas bondadosas que mantienen a los miserables, los discapacitados y los que no gozaron de tanta suerte a la hora de nacer.

A través de la filantropía, las llamadas personas morales en el ámbito de los impuestos sufren una transformación interna que hace que los ciudadanos acudan a ellas con las manos extendidas. Por eso existe la Fundación Rockefeller al lado de las grandes empresas del magnate, como la Standard Oil, Chevron, Exxon, Mobil; la Fundación Carnegie junto a la Carnegie Steel Company, La Fundación de Bill y Melinda Gates junto a Microsoft, y la Fundación de Carlos Slim junto al Grupo Carso.  Unas reparten el dinero -todo con medida, claro-, y otras lo acumulan -sin medida, claro.

En este contexto, salió a la luz una noticia que hace enrojecer de vergüenza a todos los filántropos tradicionales. Una de sus modestas secretarias, llamada Sylvia Bloom, estuvo acumulando pequeñas sumas de dinero a lo largo de su vida en el más absoluto de los secretos, y a su muerte donó su capital para otorgar becas a los niños más necesitados.

Sylvia -la mujer que aparece en la foto con su marido, un bombero de la ciudad de Nueva York-, no le dijo a nadie sobre sus métodos de ahorro. Simplemente, como era la encargada de invertir periódicamente las fuertes sumas que invertía su jefe en un bufete de abogados, cada vez que éste lo hacía ella invertía una pequeña suma de su módico salario.

Sylvia era un ejemplo en términos de disciplina. Trabajó hasta el último día de su vida, a la edad de 96 años. Siempre viajó en el Metro de Nueva York. No tuvo casas de lujo. Jamás buscó notoriedad. Ni los reflectores ni el aplauso de los otros. De sus 9 millones de dólares que dejó como herencia, 6 fueron para becas de estudiantes y lo demás lo repartió entre amigos y familiares. Eso sí es filantropía.

(Fotografía de The New York Times)

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