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Fosas y desaparecidos

No solo en México existe la costumbre fúnebre de desaparecer los cuerpos de las víctimas. En Irak, un país crucificado por las invasiones y las guerras interminables, existe más de un millón de desaparecidos en los últimos años. En México tenemos poco más de 25 mil.

Las fosas comunes son parte del paisaje iraquí. Desde los tiempos de Saddam Hussein, los ejércitos acostumbran arrojar los cadáveres de sus enemigos en fosas cavadas en lo que fueron sus campos de entrenamiento. Y ahora, con las tropas del Estado Islámico en retirada, las fosas comunes se encuentran en el territorio del país que representa la mitad de su califato.

La fotografía de The New York Times es escalofriante. A un costado de la aldea de Hamam al-Alil, recuperada en días pasados por las fuerzas iraquíes, se puede ver un reguero de cadáveres decapitados, para volverlos irreconocibles para sus familiares. Lo que no hay aquí son crematorios rupestres, porque no hay tiempo de quemar los despojos. Tampoco hay que preocuparse por las pruebas de ADN para reconocer a las víctimas. Aquí eso no existe.

Los desaparecidos son en su mayoría miembros de las fuerzas de seguridad de Irak -policías muy pobres-, que son vistos como espías del enemigo por los militantes del Estado Islámico. A medida que esta organización despiadada pierde territorios, va dejando en su huida una estela de cuerpos mutilados y fosas dispersas por el campo.

Irak y Siria, las naciones que sirven de asiento al Estado Islámico, son países desangrados por una guerra carnicera. Las Naciones Unidas y las organizaciones humanitarias no han podido detener la matanza ni el éxodo de los que buscan refugio. Y el próximo cambio de gobierno en la Casa Blanca no parece un regalo navideño para estas naciones.

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