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FutbolistAs

Si para las mujeres el campo laboral es muy difícil, el campo del fútbol lo es todavía más. La historia del reconocimiento del fútbol femenil exhibe lo empinado que ha estado esa cuesta. Durante casi sesenta años, la FIFA prohibió el fútbol femenil en sus campos oficiales. En México la liga del fútbol varonil se fundó 114 años antes que la rama femenil. En Argentina la diferencia es de un siglo, y hasta 2019 nunca se había jugado un partido femenil en la mítica Bombonera del barrio de la Boca. El torneo femenino en Perú es considerado de nivel amateur, y solo hay dos equipos que pagan a las jugadoras. En Colombia, un futbolista puede ganar 3 mil dólares mensuales. Y una mujer que también le pegue al balon, no más de 245 dólares al mes. Y en Brasil, uno de los baluartes del fútbol en el mundo, el campeonato femenil se instauró hace apenas 6 años.

Las anécdotas de la humillación que han sufrido las mujeres que saltan a la cancha son muchas. Un colombiano llamado Gabriel Camargo, presidente de un equipo y exsenador, sostuvo que las mujeres creaban problemas porque “son más borrachas que los hombres”, y que el deporte femenino era “un caldo de cultivo de lesbianismo”.

En 2018, cuando el club colombiano Atlético Huila ganó la Copa Libertadores femenil, los directivos intentaron destinar los 55.000 dólares de ese premio al equipo de varones.

Pero el tiempo no solo lo borra todo, sino que le da la razón y cierta justicia al fútbol femenil. El año pasado, México tuvo el récord mundial de asistencia para un partido de clubes de fútbol femenil, con 51.211 mil asistentes en la final entre Rayadas y Tigres. Y en España, la marca fue superada este año por el duelo femenil entre el Atlético de Madrid y el Barcelona, al que acudieron 60.739 espectadores.

Mientras tanto, el Mundial del fútbol femenil que se desarrolla en Francia está en marcha, y las mujeres se han ganado un lugar lleno de honor en la cancha.

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