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Guerra de palabras

«Corea del Norte se está portando muy mal», escribió hoy Donald Trump en su twitter, y Rex Tillerson -su Secretario de Estado-, declaró que Estados Unidos no regresará a la mesa de negociaciones con el gobierno de Pyongyang. Al contrario -señaló-, «si ese país continúa con su programa armamentista, ponderaremos una intervención militar como una opción sobre la mesa.»

Todo esto suena como el preámbulo de una confrontación inminente. Sin embargo, este tipo de declaraciones no son nuevas. Estuvieron presentes hace poco más de un año, cuando Kim Jong-un, líder de Corea del Norte, declaró que su país estaba en todo su derecho de realizar pruebas nucleares. «La prueba de una bomba de hidrógeno realizada por la República Popular Democrática de Corea es un acto de autodefensa para proteger de una manera fiable la paz en la península coreana y la seguridad regional del peligro de una guerra nuclear causada por los imperialistas encabezados por Estados Unidos.», dijo después de probar una bomba que provocó un sismo de 5.1 grados en el extremo oriente de Asia. Eso ocurrió el 6 de enero de 2016.

En el fondo, sostienen algunos analistas, se trata de un forcejeo entre Washington y Beijing, que es el único país que muestra simpatías hacia el comunismo anacrónico de Corea del Norte. Estados Unidos, por su parte, busca imponer nuevas sanciones económicas al dilapidado país de la península asiática, y está preparando el terreno para que el resto del mundo vea con beneplácito sus medidas.
Puede ser. Pero también es posible que los dirigentes de los países enfrentados pasen de las palabras a los hechos. Nadie quiere ver eso. Es verdad que nadie quiere una guerra atómica. Y también es cierto que para desatarla no basta con un solo loco en el timón de una nación armada con bombas atómicas. Hacen falta dos locos. Por eso hace un año no hubo guerra.

 

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