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La favorita

Una característica de las películas de época inglesas es el cuidado del lenguaje, de las costumbres y una representación formal por parte de los personajes. En La Favorita no encontraremos nada de lo anterior; en su lugar el director nos presenta una película divertida y frívolamente ejecutada, marcada con su personal impronta. El realizador griego Yorgos Lánthimos es especialista en contar historias mordaces, en situaciones conflictivas y disparatadas, sobre personajes en relaciones disfuncionales, agresivas y con extrañas dinámicas de poder, lo que al final nos hace sentir en una extraña sintonía con los personajes, conviviendo en esa realidad que nos acompaña en el día a día y que raramente comprendemos en su totalidad.

Olivia Colman, que interpretará a la reina Isabel II en la tercera temporada de The Crown, ofrece una maravillosamente tonta y extremadamente divertida interpretación de la reina Ana de Gran Bretaña, desde una perspectiva que pocos se atreven a explorar pero que por momentos se asemeja más a la realidad que a una simple interpretación metafórica de su reinado. Ella  gobernó a comienzos del siglo XVIII, cuando la Guerra de Sucesión Española y el conflicto armado con los franceses mantenían ocupados a los ejércitos de Su Majestad.

La cinta navega dentro de la soledad y la desconfianza que rodean a quien tiene poder, mientras el resto se aprovecha de cualquier oportunidad para influir a beneficio propio y  manejando a su antojo a una reina débil, enferma y solitaria. Pero La Favorita  ofrece muchas cosas más. Se trata de un análisis del poder y la manipulación femenina, deshojando poco a poco las diferentes capas y matices que se encuentran en la relación de la Reina con dos de las mujeres más poderosas de la época; una de ellas era su confidente y amante, Sarah Churchill (Rachel Weisz) y la otra su prima y más tarde rival política, Abigail Hill (Emma Stone).

Lánthimos construye unos personajes maravillosos, que parecen salidos de la imaginación de Lewis Carroll. La fotografía recuerda continuamente al Kubrick de Barry Lyndon; son un prodigio visual los escenarios, la versatilidad de los bailes, la iluminación que igual funciona de complemento que de guía para representar las diferentes emociones por las que pasan los protagonistas. Sucede lo mismo con el uso del gran angular, convertido en ojo de pez en más de una ocasión, donde la recta es curva y se pierde, en algunas secuencias brillantemente logradas, y en otras recordando más un vídeo de Rap de finales de los noventa.

Si no es la mejor película de Lánthimos, al menos sí la que debería conquistar a un público más amplio, incluso entre la corte de la Academia de Hollywood, aunque ésta no se caracteriza por su frescura.

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