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La tragedia detrás

Con el acuerdo alcanzado el pasado 7 de junio en Washington, el gobierno mexicano logró detener una guerra comercial con Estados Unidos, su gigantesco vecino y principal socio comercial en términos absolutos. Después de embarcarse en una guerra comercial con China, Estados Unidos colocó indirectamente a México como el primer comprador y vendedor de sus productos, con un intercambio que alcanzó los 97, 418 millones de dólares en el primer bimestre del presente año. Si ese flujo de mercancías se hubiera suspendido -o por lo menos reducido- debido a la imposición de nuevos aranceles, los efectos hubieran sido devastadores para empresas, trabajadores, transportistas y consumidores en ambos lados de la frontera.

La catástrofe no ocurrió gracias a la intervención de la delegación mexicana que viajó a Washington en los días previos a la debacle, pero eso no significa que el panorama se haya limpiado del todo. Lo que viene es un compromiso muy difícil de cumplir, un escenario nuevo para México, y algo que parece convertirse en una tragedia regional de grandes proporciones.

México se comprometió a detener la migración que, saliendo de Centroamérica -básicamente de Honduras y El Salvador- trata de ingresar a Estados Unidos pasando por su territorio.  Y eso es una tarea casi imposible de llevar a cabo. Primero, porque el caudal de migrantes se desbordó el presente año. Según cifras de la Patrulla Fronteriza, en febrero el número de migrantes que cruzaron ilegalmente la frontera de México con Estados Unidos alcanzó una cifra récord de 76,000 personas, duplicando a la que se calculó en febrero de 2018. Segundo, porque en México -ni en Estados Unidos- existe una infraestructura capaz de detener en las aduanas o en la simple línea fronteriza eso que podría llamarse un éxodo, y tercero -lo más importante-, es que se trata de personas que huyen para salvar sus vidas.

En Honduras, por ejemplo, la violencia desatada por las bandas criminales tiene amenazados de muerte a todos los jóvenes que no se quieren integrar a ellas. Y ante esa perspectiva, las familias emigran con sus niños pequeños a cuestas. Y muchos kilómetros al norte de su país, tienen que enfrentar una nueva amenaza de muerte, muy distinta. Resulta que el Río Bravo se está poblando de cadáveres. Las fuertes lluvias, los rápidos del río y aún los cocodrilos están dando cuenta de los niños y de todos los que no son diestros para el nado. Y mientras los traficantes indican cuáles son los pasos más seguros para cruzar el río, el número de ahogados va también en ascenso.

¿Se puede detener esa tragedia? Si. El presidente López Obrador ha propuesto una nueva Alianza para el Progreso -como en los años sesentas del siglo pasado- para detonar una inversión para el desarrollo en Honduras, Guatemala y El Salvador, creando las fuentes de trabajo que retengan a los ahora migrantes en sus tierras de origen.

Lo único que falta es voluntad política. No hay que olvidar que Donald Trump no es John F. Kennedy.

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