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Women mourn as they wait in front of a hospital morgue in the Turkish city of Gaziantep, after a suspected bomber targeted a wedding celebration in the city, Turkey, August 21, 2016. REUTERS/Osman Orsal - RTX2MEDQ

Niño verdugo y víctima

Un niño de 12 años, envenenado por la doctrina del Estado Islámico, hizo estallar su cuerpecito y le quitó la vida a 51 personas. Esa atrocidad sucedió en la ciudad turca de Gaziantep, cerca de la frontera con Siria. Las víctimas estaban reunidas en una boda, y la celebración terminó en una matanza con la marca carnicera del grupo terrorista.

Turquía es ahora una nación crucificada. El Estado Islámico la tiene en la mira, y todos sus ataques han sido lamentablemente exitosos. En el ataque al aeropuerto de Estambul, el pasado mes de junio, murieron 44 personas. En octubre del año pasado, en la capital Ankara, hubo una masacre de 103 víctimas. El país está un desequilibrio permanente. Acaba de salir de un golpe de Estado conducido por el ejército, y su dictador actual, el célebre Tyyip Erdogan, ha prometido justicia. Es decir, venganza.

El mundo árabe vive en una época que podría caracterizarse como el atraso de los siglos coloniales, pero con las armas y las tecnologías del presente siglo. Las potencias lo han descuartizado. Las invasiones de Estados Unidos dieron origen al surgimiento de grupos terroristas que buscan una revancha valorada en litros de sangre inocente. Rusia continúa tratando de detener la sangría con bombardeos. Y la constelación de sectas del Islam, al grito de “¡Alá es grande!”, se degüellan unos a otros.

Es un tema como para que las Naciones Unidas hagan algo, y dejen de ser una entelequia.

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