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Budistas

Otra cara del budismo

Desde su origen el budismo ha sido concebido como una religión pacífica, basada en los principios morales, la renuncia a los bienes materiales, la práctica de la meditación, la búsqueda de la sabiduría, la bondad y la compasión hacia los demás.

Pero eso era antes. Con la llegada del Islám a las tierras proverbialmente budistas, los clérigos se fueron inclinando hacia la defensa del territorio por la fuerza de las armas, y los gobiernos  bajo la tutela de los monjes empezaron a comportarse como cualquier otro gobierno armado, utilizando al ejército para defenderse de las huestes invasoras. Eso es lo que ha sucedido en dos naciones hermanadas por el budismo -desde hace siglos- y ahora por la violencia: Birmania y Sri Lanka.

Hace poco más de un año, a finales de la semana santa, el Estado Islámico llevó a cabo un conjunto de ataques terroristas a tres iglesias y tres hoteles de lujo en Sri Lanka, dejando un saldo de más de dos centenares de muertos y más de 400 heridos. Después de eso, un influyente monje budista se puso en huelga de hambre arguyendo que todos los políticos musulmanes eran cómplices del atentado, y logrando la renuncia de los nueve ministros musulmanes del gabinete. Ese fue el primer paso. El siguiente paso tuvo lugar hace unos meses, cuando varios grupos de fieles budistas quemaron los negocios y las tiendas de los ciudadanos de Sri Lanka vinculados al Islam. Después de todo, pensaron, son una minoría. No representan más del 10% de la población.

Mientras tanto, en Birmania, los seguidores del Islam no han tenido mejor suerte. Peor. Desde agosto de 2017, casi un millón de musulmanes rohinyás han huido de Birmania hacia Bangladesh, víctimas de una campaña de limpieza étnica del gobierno que destruyó aldeas y protagonizó matanzas que recordaron los horrores de la guerra de los Balcanes.

Un monje birmano que que ha cobrado fama por sus llamados a la violencia es Ashin Wirathu, que ha rechazado abiertamente las enseñanzas no violentas de su religión. “Solo el ejército” declaró en un mítin, “protege tanto a nuestro país como a nuestra religión”. Y recientemente sentenció a la Corte Penal Internacional por su condena al genocidio de los rohinyás: “el día que vengan a mi país, yo empuñaré las armas.”

No parece un llamado budista. Pero lo es.

 

 

 

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