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Perdón

En su visita a Bangladesh, a principios del navideño mes de diciembre, el Papa Francisco estuvo en un campamento del pueblo Rohingya y les pidió perdón. El Pontífice habló a nombre del resto de la humanidad: los que los persiguieron, los que los humillaron, los que los obligaron a dejar sus hogares, los que fueron indiferentes ante su catástrofe, los que los repudian como si fueran alimañas, los que no se atreven a pronunciar su nombre, los que no saben quiénes son.  Perdón, les pidió Francisco, porque estando en Myanmar él tampoco se atrevió a mencionarlos frente a sus verdugos.

El pueblo Rohingya es uno de las comunidades más perseguidas de la Tierra. Como ha sucedido a lo largo de la historia con muchos otros pueblos, los Rohingya no tienen derechos como nación. Son un pueblo de aproximadamente 2 millones de personas que viven dispersas en Bangladesh, Arabia Saudita, Pakistán, Tailandia, Malasia, India, algunos en Estados Unidos y Canadá. Hasta hace poco tiempo, había una población muy nutrida en Myanmar. Pero ahí llegó la limpieza étnica y los sacó del país. El pasado 25 de agosto se inició su égida. Un comando militar erigido como su defensa, llamado el Ejército de Salvación Rohingya, atacó varios cuarteles del ejército de Myanmar en la provincia de Arakan al oeste del país, y en venganza el ejército oficial se fue con todo su armamento sobre la población civil Rohingya. Oficialmente, dicha población fue privada de todos sus derechos. Más de 640 mil  personas fueron obligadas a dejar sus casas.

En Myanmar, el Papa Francisco tuvo que ser muy diplomático. Sabía que sus palabras podrían incendiar una región cuajada de conflictos religiosos. El pueblo Rohingya practica las religiones del Islam y el hinduísmo, y sus miembros son combatidos por ambas. El Papa guardó un estratégico silencio ante los militares que los persiguieron. Pero al llegar a Bangladesh, el tono del pontífice cambió radicalmente. Ahí defendió al pueblo perseguido. Les pidió perdón a nombre de sus verdugos. Y tuvo mucho cuidado en evitar un nuevo conflicto, porque en Bangladesh existen 400 mil católicos en medio de una población de 160 millones de musulmanes.

La nueva misión del Papa está ya lejos de evangelizar a los paganos, como en los viejos tiempos. Ahora su meta es lograr la paz y armonía entre las diferentes religiones y las distintas nacionalidades. Algo que, viendo las persecuciones carniceras entre los pueblos, aún parece muy distante.

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