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Glenda

Queremos tanto a Glenda

En el cuento titulado Queremos tanto a Glenda, Julio Cortázar nos presenta a un grupo de amigos que se reúnen periódicamente en Buenos Aires para platicar de cine y de cultura, pero cuyo fin último es el de salvaguardar la integridad artística y moral de Glenda Jackson, la actriz británica que ha hecho historia con sus películas, series televisivas y obras de teatro. Ellos no  saben que Glenda ha sido candidata al Óscar cuatro veces, lo ha ganado dos, y que tiene una colección de premios que incluyen los Bafta, Emmy, Tony y una nominación para el Globo de Oro. Pero además los reconocimientos no les interesan. Su verdadera divisa es impedir que los directores de cine profanen la perfección de la actriz con sus desviaciones y cursilerías, y por eso empiezan a robar las películas originales para editarlas cuidando el inmaculado desempeño de su ídolo, y devolviéndolas a la circulación cinematográfica con el estilo depurado e inconfundible de la actriz.

¿Qué diría Cortázar ahora, si estuviera vivo? Dirá, tal vez, que la realidad ha coronado de sobra las aspiraciones más descabelladas de los personajes de su cuento.

Después de abandonar los escenarios de teatro y las pantallas cinematográficas en 1992 para actuar como diputada laborista en el parlamento del Reino Unido, Glenda Jackson ha regresado a la actuación con un furor y una potestad desconocidos desde su actuación en Mujeres enamoradas, de Ken Russell. Y la crítica ha reaccionado exactamente igual a como lo hicieron los amigos de Julio Cortázar, que eran fanáticos admiradores de Glenda Jackson hasta la médula. El magnífico crítico Ben Brantley, de The New York Times, sostiene que Glenda Jackson es la única actriz capaz de dar vida al rey Lear, el monarca más demente y atrabiliario de los reyes desquiciados de Shakespeare.

Y al igual que los amigos de Queremos tanto a Glenda, el crítico despotrica contra todo lo demás: dice que el cuarteto de cuerdas que apareció como fondo musical en Londres está de sobra; que la escenografía dorada de Broadway es un tributo patético y bizarro al gusto megalómano de Donald Trump; que las actuaciones que rodean a Glenda no le llegan ni a los tobillos, y que el público no es capaz de entender la fuerza y la profundidad que Glenda le imprime al Rey Lear en cada desplante.

Si. Cortázar tenía razón: todos queremos tanto a Glenda.

(Fotografía de The New York Times)

 

 

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