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Raqqa

Raqqa era una pequeña ciudad en el norte de Siria, situada en la convulsionada ribera del río Eufrates, donde la historia dice que se inició la civilización. Y ahora sabemos que ahí acabó, porque después de haber sido la capital del Estado Islámico y soportar una guerra atroz que culminó con un bombardeo que destruyó la mayor parte de sus edificios, la ciudad ha quedado como un monumento colosal a la barbarie de nuestro tiempo.

De los 200 mil habitantes que tenía la ciudad antes de iniciarse la guerra, hoy solo quedan 45 mil. Todos viviendo en condiciones infames. Esa gente fue víctima de las brutalidades del Estado Islámico, primero, y del fuego inclemente de las fuerzas liberadoras capitaneadas por Estados Unidos, después. Fueron testigos de las decapitaciones públicas, el lanzamiento de los homosexuales desde las azoteas de los edificios más altos de la ciudad, los latigazos escarmentadores a los infieles, las violaciones a las mujeres renegadas, el adoctrinamiento a los niños para convertirlos en agentes suicidas, las mutilaciones de los herejes. Luego vieron la saña de la venganza, los ejércitos kurdos regando por las calles su cuota de sangre, los aviones norteamericanos con sus bocanadas de fuego, la entrada triunfante de una coalición que no tarda en descomponerse.

Después de la salida del califato, Donald Trump declaró que eso era el fin del Estado Islámico. Pero esa visión triunfalista está muy lejos de la realidad. Primero, porque el Estado Islámico sigue vivo, y no solamente en los pueblos aledaños a las ciudades donde ha sido expulsado, sino también en las células de seguidores que tiene alrededor del mundo. Y segundo, porque aún no se sabe quién gobernará las ciudades liberadas del Estado Islámico. ¿Volverá Bashar Al Assad a gobernar Raqqa? ¿Será nuevamente la ciudad Siria que existía antes de la llamada Primavera Árabe? ¿Le hizo Donald Trump un favor al enemigo que bombardeó hace unos meses?

Es difícil saberlo, porque el ejército kurdo que se apoderó de la ciudad quiere la autonomía del Kurdistán. Es decir, una nueva república en la región. Ni Trump, ni Bashar Al Assad. Pero eso tampoco se ve fácil. Los kurdos conquistaron Raqqa en Siria, pero acaban de ser desplazados de una ciudad que consideraban suya y segura, la vecina Kirkuk. Una ciudad iraquí que acaba de ser conquistada por el ejército de Irak.

En consecuencia, no hay ninguna victoria definitiva sobre el Estado Islámico. Tampoco hay una victoria relativa para el regimen de Bashar Al Assad. Menos aún hay una victora definitiva para Estados Unidos. Es, tal vez, una muestra más del caos y la guerra incesante que se ha apoderado del mundo árabe.

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