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Coreas

Salto hacia la paz

Los Juegos Olímpicos de Invierno en Pyeongchang, Corea del Sur, resultaron ser un escenario político decisivo para el mundo. Ahí se inició un movimiento que puede representar el deshielo de la guerra fría entre las dos Coreas -una división artificial y desastrosa como la de Vietnam-, y una oportunidad para que la humanidad entera pueda respirar con tranquilidad, sin la amenaza de una guerra nuclear en puerta.

El artífice del acercamiento entre las dos Coreas -la del Norte y la del Sur- fue Moon Jae In, el presidente de Corea del Sur, quien desde su ascenso a la presidencia de su país manifestó su deseo de estrechar nuevamente los lazos fraternales con Corea del Norte, más allá de las ideologías y los sistemas políticos que los separan.

También tuvo mucho que ver la habilidad del Kim Jong-un, el dictador de Corea del Norte, quien aprovechó la ocasión abierta por los Juegos Olímpicos para enviar a su hermana menor como representante de su país, así como a una delegación de atletas y bailarinas para marchar unidos en la inauguración de los Juegos.

Kim Yo Jong, la hermana menor del jefe máximo de Corea del Norte, se robó la simpatía de los Juegos Olímpicos al esbozar una sonrisa. Leve, como corresponde a la gestora de la propaganda del Partido Comunista. Pero lo suficientemente cálida como para opacar a la figura de Mike Pence, el Vicepresidente de Estados Unidos y representante de la delegación norteamericana, y a Shinnzo  Abe, el Primer Ministro japonés. Los dos últimos se veían fuera de foco junto a la presencia de la joven representante de Corea del Norte.

Cuando Kim Yo Jong salió escoltada por sus guardaespaldas hacia Pyongyang, se abrió un nuevo capítulo para las dos Coreas y para el resto del mundo. La hermana de Kim Jong-un dejó una carta privada para Moon Jae In, se contraparte en Corea del Sur, así como una invitación para acudir a una cumbre de las dos Coreas en Pyongyang.

Y en este momento es cuando la intergridad del presidente de Corea del Sur se pondrá a prueba. Porque pasados los Juegos Olímpicos, Donald Trump tratará de recuperar el terreno perdido por los sucesos. Volver a la arena, recrudecer las sanciones contra Corea del Norte, vociferar que él es el mandamás del globo, y que nada se mueve sin su control.

Por eso Moon Jae In tiene una misión casi imposible: convencer al dictador del Norte que para entablar relaciones verdaderas tiene que abandonar definitivamente sus pruebas nucleares; desactivar las balandronadas atómicas del inquilino de la Casa Blanca, y dar los pasos necesarios para crear un piso común que permita, a largo plazo, la reunificación de los dos países.

Hace falta mucho temple para lograrlo. Pero es posible.

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