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Sueños destrozados

Se llamaba María Trinidad Matus, pero por su amor a los océanos decidió llamarse Mar. Era una joven mexicana de 25 años de edad, que había estudiado composición clásica y jazz. Había subido su primer video a YouTube, y tendría varias presentaciones como cantante en la Ciudad de México. Pero el 26 de julio decidió levar anclas por su cuenta, y se fue a Costa Rica para iniciar un viaje sola alrededor del mundo.

Diez días después, en la punta de una península costarricense que tiene una playa llamada Santa Teresa, la joven encontró la muerte. Al estar disfrutando de la arena con una compañera de viaje británica, dos sujetos las asaltaron y, mientras la inglesa logró huir, ambos violaron a la mexicana y finalmente la ahogaron entre las olas.

Los vecinos del lugar se unieron para exigir justicia. Se dice que Costra Rica es el país más civilizado de Centroamérica. Y esa porción de sus habitantes no quiere que el asesinato permanezca impune. Pero no todo el mundo se unió a su causa. En México, durante ese lapso. algunos extraviados en las redes sociales sostuvieron que Mar tuvo el fin que merecía por andar viajando sola.

Mientras tanto en Tayikistán, en el otro lado del planeta, una pareja de jóvenes estadounidenses compartían el sueño de Mar -recorrer el mundo por su cuenta-, y andaban en bicicleta con otra pareja de ciclistas suizos entre las montañas escarpadas del suroeste del país.  Se llamaban Jay Austin y su novia, Lauren Geoghegan. Eran jóvenes idealistas -con 29 años ambos-, profesionistas que abandonaron sus puestos de oficina por hartazgo, y querían escribir un libro de viajes y aventuras que fuese un testimonio de la generosidad de todos los hombres, independientemente de razas, religiones y nacionalidades. Era una idea ingenua y demasiado simple para muchos de sus amigos, pero a fuerza de voluntad la llevaron a cabo.

La mayor parte del viaje fue un trayecto feliz. En su bitácora de aventuras, constataron que el día 319 del viaje un hombre kazajo detuvo su camión, los saludó y les regaló unos helados. El día 342, apareció una familia con instrumentos de cuerdas y los invitaron a un concierto al aire libre. Y en el día 359, se encontraron con dos mujeres en la cima de unas montañas en Kirguistán que les regalaron un ramo de flores.

Pero desgraciadamente llegó el día 369, el pasado 29 de julio.  Ese día los encontró en la carretera un camión lleno de fieles y banderas del Estado Islámico. El vehículo los rebasó, posteriormente giró hacia ellos, les disparó con metralletas y los arrolló. En total, 4 ciclistas fueron asesinados. Dos días después, el Estado Islámico difundió un video con los milicianos atacantes, haciendo la promesa de matar a todos “los no creyentes”.

Cuesta trabajo encontrar lecciones sobre los asesinatos. Pero las hay. Los jóvenes viajeros que quisieron recorrer el mundo se distinguían por su amor a la vida. Los asesinos y violadores, ya sean anónimos o que actúen bajo la bandera del Estado Islámico, lo hacen por su amor a la muerte.

 

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