En la Red

La fama y el favor del público son cada vez más efímeros. Hace dos años, cuando The Harris Poll clasificó a las empresas norteamericanas con la mejor reputación entre los consumidores, los primeros lugares fueron para los gigantes de Internet: Amazon, Apple y Google. El año pasado las tres estaban aún entre las 10 más altas.

Pero este año hubo cambios. Aunque Amazon conservó su liderazgo indiscutible, Google cayó al lugar 28 de la lista y Apple le siguió en el 29. Facebook, que nunca llegó a ser de las cimeras, se quedó con el lugar 51.

En muy poco tiempo, el público empezó a darle la espalda a los mencionados gigantes: surgieron nuevos problemas, como la adicción a la pantalla, las violaciones a la privacidad de los usuarios, el monopolio de las firmas y el papel que jugaron las redes sociales en la violencia y los ataques terroristas, como el del concierto de El Bataclán en París.

Algunos analistas sostienen que el mundo digital llegó para quedarse, pero que las empresas promotoras aún no tienen los remedios necesarios para los problemas señalados.

Facebook, por ejemplo, ha alcanzado los 2.2 billones de usuarios -la tercera parte de la humanidad-, pero al revelar a los anunciantes los perfiles privados de su clientela y ser usada como plataforma para incidir en los votantes norteamericanos a favor de Trump, su credibilidad se vino al suelo. Y es difícil que se levante el año que está a punto de comenzar.

Amazon, mientras tanto, sigue arriba porque utiliza su portal para seguir el ejemplo de los antiguos almacenes de principios del siglo pasado: vende de todo.

Odio en las redes

Instagram nació como una red íntima y familiar, dedicada a publicar las fotos más tiernas de las nuevas familias, las primeras imágenes de los bebés, las mascotas consentidas, los paseos en carriolas y los primeros pasos de los niños. Creada por su hermana mayor Facebook, Instagram pasó rápidamente a ser un magnífico instrumento de promoción de músicos y cantantes, y las celebridades del momento la tomaron como una plataforma de apoyo para multiplicar a sus seguidores.

Lo que muy pocos previeron, -y ese hecho mantiene azorada a la comunidad de Instagram-, es que la red se convirtiera en un combustible para incendiar las cabezas y llenar de odio los corazones de los usuarios. Basta tomar como ejemplo lo que sucedió con el asesinato de fieles en la sinagoga de Pittsburgh la semana pasada. Después de la masacre, en Instagram empezaron a fluir mensajes de odio antisemita, imágenes y videos que increpaban a la población a continuar con la matanza de judíos. Uno de los hashtags más famosos en ese  momento, titulado #jewsdid911  (los judíos hicieron el atentado del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas), tuvo de inmediato 11,696 seguidores, y muchos otros sitios de la misma red se convirtieron en atizadores del odio contra los judíos. Algunos mostraban con admiración el escudo de la cruz gamada.

No es la primera vez que eso sucede, y seguramente no será la última. Los mensajes del odio no están regulados en las redes sociales. En los dos últimos ejemplos de masacres y amenazas de bombas en Estados Unidos, los victimarios abrevaron sus mortíferos sentimientos de las redes sociales. Cesar Sayoc Jr., el cerebro que ideó el envío de sobres explosivos a prominentes demócratas, fue un hombre que se fue radicalizando con mensajes de furia y venganza en Twitter y Facebook. Y Robert D. Bowers, el personaje que ingresó en la sinagoga para liquidar a los devotos que se encontraban rezando en ella, era un miembro asiduo de un sitio llamado Gab, que animaba a sus seguidores a dar rienda suelta a su racismo y antisemitismo. En ese sitio, Bowers puso una clara advertencia de lo que se proponía. Y al ingresar a la sinagoga lo hizo gritando “¡Todos los judíos deben morir!”

Los mensajes de odio no se difunden exclusivamente en Estados Unidos. En Brasil la campaña de Jair Bolsonaro se montó en ellos, y en Myanmar el ejército los utiliza para denigrar a la secta musulmana Rohingya, que hoy en día son definidos como los apestados de la Tierra.

Nadie puede contra el odio que se riega como pólvora en las redes sociales. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts señala que los mensajes de twitter que son falsos -y que increpan a la población contra determinados grupos- tienen una probabilidad 70% mayor de ser reenviados que las noticias verdaderas. YouTube afirma que en los últimos meses se han subido a su plataforma cerca de 10 millones de videos que juzga inapropiados -porque difunden mensajes pornográficos o violentos-, y Facebook declaró que piensa contratar a 10,000 analistas más para garantizar la seguridad de los usuarios.

Las redes sociales empezaron como un juego. Luego se convirtieron en el látigo de los medios tradicionales, y actualmente han salido de control difundiendo mensajes de odio. El genio se ha salido de la botella, y ya nadie sabe cómo devolverlo al país de la nada.

Odio en redes

Facebook no sabe cómo impedir las mentiras, los mensajes de odio, los deseos de venganza y todas aquellas atrocidades que se difunden en sus redes. Tampoco lo saben Twitter ni Instagram. Cuando Mark Zuckerberg -dueño y creador de Facebook- compareció en el Capitolio sobre el tema, o simple y cotidianamente, al responder preguntas sencillas de la prensa, se ve que no tiene la menor idea de cómo detener el oleaje del odio y la mentira que se ha desatado en las redes sociales. Simplemente dice de corazón una y otra vez que lo siente mucho, que comparte el dolor de las víctimas y que su empresa va a poner todo lo que está de su parte para detener la violencia sin coartar la libertad de expresión. Pero se ve que no ha podido.

En la India, una nación lacerada por la pobreza y la ignorancia, el WhatsApp se ha convertido en un material incandescente. Actualmente existen cerca de 250 millones de usuarios, y la enorme mayoría de ellos son incapaces de discernir si la información que reciben es falsa o verdadera. Más bien, creen a ciegas todos los mensajes. Y en el mes de abril, muchos de los mensajes que se comparten en grupos empezaron a difundir señales de alarma sobre la desaparición de niños, que supuestamente eran robados por bandas que los subían a sus automóviles sin que intervinieran las autoridades.

Así se iniciaron los linchamientos. De manera caótica, arbitraria, irracional y fortuita. La prensa local narró el linchamiento de una mujer llamada Rukmani, de 65 años de edad. Ella y cuatro de sus familiares se dirigían a un templo en el estado sureño de Tamil Nadu, cuando una multitud los confundió con secuestradores de niños -porque en WhatsApp se había difundido un video con un auto de secuestradores semejante al de ella- y los atacó. El auto se había detenido para preguntar sobre el camino para llegar al templo, pero el poblado ya estaba alertado porque a una abuela le parecieron sospechosos, y le dijo a su nieto que congregara a la población. Por eso bajaron a los tripulantes y los golpearon hasta la muerte. Las autoridades intervinieron, pero Rukmani falleció. La fotografía indica el estado en el que quedó el automóvil.

Como se sabe, la empresa dueña de WhatsApp es Facebook. Otro dolor para Mark Zuckerberg.

Limpia en Facebook

Después de la paliza que recibió Mark Zuckerberg -creador y director de Facebook- en el Senado por el robo de identidades de los usuarios con la intervención de la empresa fantasma llamada Cambridge Analytics, era evidente que la empresa tenía que hacer algo para limpiar su imagen.

Y lo hizo. El pasado 14 de mayo, en un intento por mejorar la protección de datos y la  información de los usuarios, Facebook anunció que había suspendido cerca de 200 aplicaciones que recababan datos de sus clientes, mientras  realizaba una investigación exhaustiva sobre el robo de información personal en la red.

Al día siguiente, la empresa publicó por vez primera un informe indicativo de las trapacerías que se llevan a cabo en su plataforma. En una información pública de 86 páginas, Facebook reveló que borró 837 millones de publicaciones en el primer trimestre de 2018, que eran en su mayoría mensajes en los que aparecían desnudos, agresiones gráficas, discurso de odio incitando a la violencia y terrorismo.

Facebook también sostuvo que eliminó 583 millones de cuentas falsas en el mismo periodo, y calculó que entre el tres y el cuatro por ciento de las cuentas activas durante el periodo analizado eran falsas. Sin embargo, las cifras reveladas no cuadran. Porque si consideramos que en enero del presente año las cuentas activas de Facebook eran 2,167 millones, el porcentaje de cuentas falsas se eleva a 26.9%, más de la cuarta parte del total.

La empresa mencionó que había aumentado de manera sustantiva sus esfuerzos en los últimos dieciocho meses para identificar y eliminar los contenidos violentos y pornográficos, y que había multiplicado sus esfuerzos por evitar el robo de datos personales. Facebook espera continuar publicando informes sobre la eliminación de contenidos inadecuados cada semestre.

A los usuarios esto no les gusta, pero por lo pronto no tienen a dónde irse. Facebook no tiene competencia.

El imperio del monopolio

Nuevamente, al igual que en el inicio del capitalismo, ha surgido la preocupación por la expansión y dominio de los grandes monopolios. En un estudio reciente, publicado por los analistas económicos de las universidades de Yale y Chicago y difundido por The New York Times, se repiten de manera endulzada los análisis que realizaba Carlos Marx desde su buhardilla de Londres en el siglo XIX: si no se le pone freno, el crecimiento del capitalismo llevará forzosamente a la creación de monopolios cuyo enorme poder enriquecerá a unos cuantos, empobrecerá a la mayoría y dominará con el aumento de precios a todos los consumidores.

En Estados Unidos, el país que mejor aprendió las enseñanzas del libre mercado de Inglaterra, las grandes firmas gobiernan la distribución de los ingresos de la población, y el estudio sostiene que en las últimas décadas, el ingreso del 1% más rico de la población se ha duplicado, mientras que los salarios más bajos han caído un 10%. El país más rico del mundo es también uno de los más desiguales. Y esto se debe, en buena medida, a la acción de los monopolios. En ellos hay un puñado de inversionistas que meten su dinero a las acciones bursátiles con una regularidad puntual, y que se benefician enormemente con cualquier incremento de los precios de sus productos. De igual forma, se han creado pactos entre las empresas -sobre todo las cadenas alimenticias- para mantener los salarios de sus trabajadores  en descenso, de manera que los márgenes de ganancias se incrementan con el simple paso del tiempo. Mas aún, hay ámbitos en los que los monopolios no tienen competencia. Prueba de ello fue la pregunta que uno de los fiscales le hizo a Mark Zuckerberg durante el juicio público por la entrega de datos personales de Facebook a Cambridge Analytica. Le dijo: “Si compro un automóvil de la General Motors que al final no me gusta, lo puedo vender y me puedo comprar un Ford. Pero… si ya no me gusta estar en Facebook, ¿a dónde me voy?”

Los autores del estudio regresan a la propuesta de crear una legislación antimonopolios en Estados Unidos, tal y como sucede en otros países. Pero esto es muy improbable. Al menos por el momento. Disminuir la desigualdad social en el país más poderoso de la Tierra no es una de las prioridades del gobierno de Donald Trump.

 

Privacidad

¿Y dónde está la privacidad de los creadores de las redes sociales que todo lo envuelven? Curiosamente se encuentra muy bien resguardada. A raíz de estos temas salió a relucir nuevamente un pasaje de la vida de Mark Zuckerberg, donde un triste fotógrafo británico –llamado Nick Stern- tuvo la ocurrencia de tomarle algunas fotografías mientras paseaba a su perro con su novia por el vecindario en el que vive, allá en San Francisco.

El mismo día, Zuckerberg le envió a Stern dos corpulentos agentes de seguridad  de su empresa para invitarlo amablemente hasta la sede de Facebook en Palo Alto, California, donde lo escoltaron al interior de las instalaciones y le explicaron cortantemente que con sus fotografías estaba invadiendo la privacidad del creador de Facebook, y que debía dejar de hacerlo. Que no tenía derecho a publicar fotografías ni historias sobre Zuckerberg ni sobre quienes lo rodean. No hubo ninguna amenaza de por medio, pero el simple capítulo fue de tragar saliva, y resultó muy convincente.

Después del escándalo sobre el robo de identidades a través de Cambridge Analytica, el fotógrafo decidió contar nuevamente su historia, porque a su juicio el empresario es un hipócrita.  “Es irónico que Zuckerberg llegue a estos extremos para proteger su propia privacidad –dijo enfáticamente-, cuando la intimidad de millones de personas no parece haber sido una de sus prioridades.”

Y Nick Stern no está solo en sus experiencias. Otro periodista, llamado Joe Veix, contó que también tenía la intención de retratar la vida interior de Zuckerberg, y que para ello decidió –como muchos investigadores privados lo hacen- indagar furtivamente en sus desechos. Entonces vigiló de manera escondida los turnos de la recolección de la basura del barrio, pero todo fue en vano. Lo que descubrió resultó ser más interesante que los gustos y las costumbres privadas del magnate. En primer lugar, se dio cuenta de que Zuckerberg había contratado un servicio privado, armado con equipos de seguridad, para que nadie pudiese hurgar en sus desperdicios. Y no solo eso: para evitar la incómoda mirada de sus vecinos, decidió gastar la friolera de 42 millones de dólares para comprar y derribar las casas que estaban alrededor de la suya, y así crear un espacio de protección que impida las miradas ajenas. Parece un caso de sicopatía clínica, propio de un rey paranoico del medioevo. Pero es una más de las ridículas paradojas de la modernidad, con su cauda de teléfonos inteligentes, millones de usuarios, empresarios que surgen de la nada y alcanzan un poder desmesurado, así como los usos patéticos del dinero.

Atrapados en la red

El más reciente escándalo de redes sociales, que involucra a Facebook y a una empresa británica llamada Cambridge Analytica, demuestra el enorme poder de las redes, la pérdida de privacidad de los incautos que las usan y la intrincada manipulación moderna, que orilla a los consumidores a comprar determinados productos o a votar por algunas fórmulas y candidatos.

El escándalo se ha tratado de minimizar desde muchos ángulos, pero existen declaraciones y videos que hablan sin tapujos de lo que se puede hacer al utilizar la información privada de los individuos y exponer falsedades para atraer votos. En uno de los videos, exhibido por el periódico The Guardian, el cerebro creador de la trama, llamado Christopher Wylie, revela que a través de ciertas aplicaciones Cambridge Analytica penetró no solamente en los datos personales de los usuarios de Facebook, sino también en sus redes de amigos y familiares. Así, con el pretexto de llenar un formulario para 270 mil usuarios, la empresa pudo obtener los datos de más de 50 millones de personas, una constelación gigantesca de información privada, con posibilidades infinitas. Simultáneamente, el Canal 4 de la televisión inglesa reveló que el director general de la empresa se ufanaba de ensuciar la imagen de ciertos candidatos con noticias falsas de corrupción o acercándoles prostitutas.

Mark Zukerberg, el creador y cabeza visible de Facebook, trató de reducir los contornos del escándalo reconociendo que “se cometieron errores” en la protección de datos personales de los usuarios, pero el crecimiento del escándalo ha llegado -otro más- a los zapatos de Donald Trump. Resulta de Stephen Bannon, el asesor estrella de la Casa Blanca caído en desgracia, contrató a la empresa para lanzar la campaña del actual presidente. Y Robert Mercer, un millonario norteamericano simpatizante de sus ideas ultraderechistas, inyectó grandes sumas de dólares para lograr el triunfo de Trump.

El pueblo estadounidense y sus votantes cayeron en sus redes.

Elecciones y redes sociales

Las redes sociales se han convertido en un elemento muy importante en los procesos electorales. En Estados Unidos, la polémica sobre la participación de Rusia para definir la elección presidencial a favor de Donald Trump es una madeja que, conforme se desenvuelve, va soltando nuevos cabos y va poniendo a la Casa Blanca contra la pared.

En Brasil, que tendrá elecciones presidenciales en octubre del presente año, la incertidumbre sobre la participación del expresidente Lula Da Silva es un asunto que se definirá en tribunales, pero que sirve también de combustible para que las redes sociales propaguen todo tipo de noticias falsas. Las más importantes giran alrededor de la situación jurídica de Lula -el primer lugar en las encuestas-, la calidad moral y financiera de su opositor, el diputado conservador Jair Bolsonaro -acusado de desviar fondos públicos-, y la antigua Ministra de Medio Ambiente Marina Silva -que corre en tercer lugar en las encuestas-, quien fue acusada de tratar de prohibir los videojuegos en caso de ganar la presidencia en los pasados comicios. Hay un proyecto de ley que señala que los autores de noticias falsas serán castigados con dos años de prisión.

En México, como se sabe, el candidato López Obrador ha sido acusado de ser fiel seguidor de las políticas de Hugo Chávez y Nicolás Maduro en Venezuela, y de ser apoyado también -al igual de Trump- por el Kremlin. Nada de esto ha sido probado, pero los rumores han encontrado un nuevo vehículo en las redes sociales.

Por eso el Instituto Nacional Electoral firmó un acuerdo con Facebook, con el fin de combatir las noticias falsas con información verídica, y difundir de manera exhaustiva todos los eslabones de la cadena del proceso electoral. Gracias a dicho convenio, además, Facebook tendrá un espacio en la carpa magna que organiza el INE para que todos los medios de comunicación puedan difundir todos los detalles del proceso electoral.

(Fotografía de The Intercept)

El Facebook de Putin

En  el Capitolio de Estados Unidos hay un tema que, lejos de apagarse, se aviva con las indagaciones de los senadores y se ha convertido en uno de los muchos dolores de cabeza para la Casa Blanca. Se trata de la intervención del gobierno ruso en las pasadas elecciones presidenciales. Tal parece que, sin la ayuda del Kremlin, Donald Trump no hubiera llegado a la presidencia.

Primero fueron los hackers, esos bandidos de las redes sociales que se metieron a las nubes secretas del Partido Demócrata para sacar información confidencial y subrayar el uso indebido de Hillary Clinton mediante su cuenta privada. Luego fue la serie de entrevistas que el equipo de Donald Trump -especialmente su yerno- llevó a cabo con personeros del gobierno ruso, con el fin de reforzar los apoyos del Kremlin a la campaña del candidato republicano. Y ahora han salido a la luz los gastos que llevó a cabo el gobierno de Vladimmir Putin para promover el voto a favor de Trump en las redes sociales.

Esta nueva veta de apoyo ilegítimo de un gobierno extranjero en las elecciones de Estados Unidos está siendo investigada por el senador republicano John McCain y los demócratas Amy Klobuchar de Minnesota y Mark Warner de Virginia. En la mira se encuentran los gigantes de las redes sociales, Facebook y Google. Ambos estuvieron excentos de rendir cuentas sobre quiénes estaban detrás de sus anuncios desde 2006, porque se consideraban medios de comunnicación diferentes a la prensa escrita, el radio y la televisión. Pero ahora las cosas han cambiado. El senado busca una rendición de cuentas común para los medios tradicionales y las redes sociales.

Hasta ahora, se ha descubierto que Facebook vendió más de 100 mil dólares en anuncios puestos en sus páginas a una entidad rusa ligada con el Kremlin, mientras que Google vendió por lo menos $4,700 dólares a cuentas presuntamente vinculadas con el gobierno ruso. Y mientras que el contenido de los anuncios no apoyaba abiertamente a la campaña de Trump, sí se refería a temas en los que el republicano tenía una postura bien definida, como la visión hacia los migrantes, los temas raciales y los derechos lésbico-gays.

¿Cómo demostrar que estos anuncios inclinaron la elección hacia el triunfo de Trump? Es muy difícil, pero los hallazgos prefiguran un ángulo de lo que parece ser una campaña bien orquestada desde el Kremlin.

En esta escaramuza, los titanes de las redes sociales no salen bien parados. Máxime cuando están en la mira de otro tipo de críticas, como su uso por parte del terrorismo, el tráfico sexual de niños, la evasión de impuestos y su poder monopólico. Pocos se imaginaron que uno de los temas candentes fuera el apoyo de Putin a la campaña de Trump. Ahora todos saben que cualquier cosa es posible.

 

 

Rehenes en Facebook

Las redes sociales son solo un vehículo. Pero pueden ser utilizadas para fines abominables. Eso es lo que está sucediendo en el norte de Libia, donde una red de traficantes de personas publica en Facebook imágenes llamativas sobre diversos lugares de Europa para atraer a los miserables del país hacia los países europeos, y una vez que llegan a las costas del Mediterráneo son capturados como rehenes.

El periódico británico The Times publicó un reportaje en el que se demuestra que los traficantes se han apoderado de las cuentas de Facebook de los migrantes, y a través de ellas exigen rescates estratosféricos para detener su tortura y evitar su muerte. En Facebook los familiares pueden ver fotos y videos con las golpizas que les propinan, las mutilaciones y quemaduras, y alarmados se ponen a conseguir los recursos para su liberación.

La mayoría de los migrantes que terminan como rehenes son de Libia, donde la Primavera Árabe terminó en un conflicto sin visos de solución. A raíz de la guerra que culminó con la muerte de Muamar Kadafi,  la nación se pulverizó en una constelación de poderes regionales apoyados por diversos países árabes del exterior. Y la llegada del Estado Islámico, que no podía faltar. Como resultado de los enfrentamientos el país sufrió un retroceso en todos los niveles. Además de los muertos de guerra, la población más pobre fue desplazada de sus lugares, la economía se colapsó, las escuelas más reconocidas cerraron sus puertas y el gobierno se dividió en dos bandos a la espera de un nuevo caudillo capaz de unificar al país.

Una gran mayoría de la población decidió abandonar sus casas. Y así llegó al territorio controlado por los traficantes. Pero no están solos. Los migrantes de Somalia -otro país lacerado por el hambre y la guerra- han llegado para hacerles compañía.

La Europol ha identificado 1,150 cuentas de Facebook en poder de los traficantes. Y está exigiendo a Facebook una política de prevención, detección y cierre de este tipo de cuentas.

Al parecer, todo quedará en un capítulo del terror para los archivos del futuro.

Pero hasta la fecha nada ni nadie impide que los traficantes sigan operando, ya sin redes sociales.