¡Fuera de mi isla!

La salida del Reino Unido de la Unión Europea tiene ya sus primeras repercusiones. Y no son buenas. En Gales, el portavoz de la organización de apoyo a las víctimas de racismo, Gareth Cuerden, declaró que en un solo día recibió 60 reportes de agresiones -varios heridos- a miembros de minorías por parte de jóvenes blancos. En la misma nación Shazia Awan, activista musulmana en favor de la integración con Europa, recibió un mensaje reproducido en redes sociales que decía: “empaca tus maletas y regrésate a tu casa.” En el oeste de Londres, los graffitis contra los emigrantes volvieron a llenar las bardas. En las escuelas del municipio de Cambridgeshire, albergue de trabajadores agrícolas migrantes del Este de Europa, se repartieron volantes a los niños con la leyenda: “¡Fuera del Reino Unido! ¡No más alimañas polacas aquí!”.

El propio David Cameron -en medio de su desgracia- se vio obligado a declarar en el Parlamento que “de cara a los incidentes contra los migrantes a lo largo del país, el gobierno no tolerará la intolerancia”.

Para muchos ingleses, especialmente aquellos que votaron la salida del Reino Unido de la Unión Europea, el resultado del referéndum es simplemente el mandato de recuperar la pureza étnica y el poderío económico del antiguo imperio. La Commonwealth de los blancos. Por eso, de manera inmediata, exigen la salida de los árabes, hindúes, polacos, rumanos, africanos y todos aquellos que a su juicio han adulterado la vitalidad anglosajona de la nación.

La efervescencia ha llegado a tales niveles que el alcalde de Londres -Sadiq Khan- ha puesto en alerta a la policía contra las agresiones raciales.

Y no hay que olvidar que -en una Inglaterra abierta al resto del mundo- el alcalde es un musulmán.

Ningún empate

El triunfo de David Cameron en las elecciones del Reino Unido fue avasallador. Las últimas encuestas realizadas habían pronosticado un empate técnico con su rival Ed Miliban del Partido Laborista, pero los resultados arrojaron un triunfo aplastante del Partido Conservador, en el que Cameron no solo aplastó a su rival en la votación, sino que también obtuvo la mayoría de los asientos en la Cámara de los Comunes y podrá formar gobierno sin problemas. Los loboristas quedaron a un centenar de escaños de sus rivales, para completar la debacle.
El panorama se ha aclarado para los conservadores, pero se ha empañado para el resto de Europa. Porque para nadie es un secreto que el Partido Conservador va a continuar con su tendencia de aislar a la Gran Bretaña del resto de Europa, fortalecer a la libra esterlina y dejar al euro como moneda de un continente ajeno.
Los sueños integracionistas del resto de los europeos se esfumaron con los sueños políticos de los laboristas.

Vuelve la segregación a Inglaterra

En un evento electoral del Partido Laborista, considerado de izquierda, la segragación del público fue evidente. En Birmingham, una de las ciudades más populosas del Reino Unido, los laboristas hicieron proselitismo en un salón donde los hombres se sentaron de un lado, las mujeres por otro, y por supuesto los seguidores del Islam muy juntos y bien diferenciados. Muchos periodistas, medios de comunicación y líderes de opinión levantaron las cejas y se preguntaron: ¿Cómo es posible que exista esto en Gran Bretaña, la cuna de la libertad de expresión y la igualdad entre todos los hombres?
No hay que investigar demasiado sobre el asunto. La segregación que sacude al Reino Unido, y en general a los países europeos, es producto de las tensiones que se han vivido entre el llamado mundo occidental y los países árabes recientemente. Los ataques terroristas, la propaganda terrorífica del Estado Islámico, las guerras desatadas desde la llamada Primavera Árabe y el oleaje de migrantes que llegan de África a Europa por el Mediterráneo han provocado un clima de temor y hermetismo en los países occidentales, y muchas organizaciones han llamado a cerrar filas contra cualquier indicio de presencia del Islam. Recientemente la violencia llegó hasta Texas, donde una agrupación provocadora organizó un certamen de caricaturas contra el profeta Mahoma.
La segregación que se vivió en Birmingham no es más que un botón de muestra del retroceso resultante por dichos enfrentamientos.

Otra consulta popular

El furor por las consultas populares no solo se ha apoderado de México. En Escocia, un referéndum que se llevará a cabo el próximo 18 de septiembre tratará también sobre el petróleo, pero ése será solamente el telón de fondo. El tema principal de la consulta será si Escocia sigue formando parte del Reino Unido como lo ha sido en los últimos 300 años, o si decide separarse de Inglaterra y convertirse en una nación independiente.

Es cierto que las tensiones separatistas han existido siempre en Europa -las mismas que existen en España, las mismas que terminaron con la desintegración de la Unión Soviética y Yugoslavia y las mismas que ahora azotan a Ucrania-, pero una segregación tan importante como la de Escocia cercenaría la integridad del Reino Unido y cambiaría radicalmente la correlación de fuerzas en el viejo continente.

Las fuerzas separatistas de Escocia se han agrupado en un movimiento llamado Yes Scotland, y aunque tienen el tiempo encima y las encuestas no les favorecen, están ganando terreno entre las simpatías de la población a gran velocidad. Sus argumentos son simples. Dicen que Escocia es el primer productor de petróleo de Europa, que cuenta con enormes recursos naturales, que tiene las mejores universidades per cápita en el planeta y que si no tiene un crecimiento mayor, es porque su dependencia de Gran Bretaña le ha lastrado sus potencialidades de desarrollo. Su aspiración es imitar a los países escandinavos, que aunque son pequeños en territorio tienen un crecimiento acelerado.

Según la última encuesta de la consultoría Survation, el 47% de los encuestados votaría por el SI, mientras el 53% lo haría por el NO. Ese panorama ha puesto a sudar a David Cameron, primer ministro del todavía Reino Unido.

Un Reino no tan Unido

El Reino Unido, esa agrupación de los reinos de Escocia, Gales, Inglaterra e Irlanda del Norte, está al borde de la división. El próximo 18 de septiembre, por medio de un plebiscito, Escocia va a decidir si permanece como parte del todavía llamado Reino Unido, o si empieza a caminar por su cuenta. Sería una nueva nación independiente, después de 300 años de anexión a Inglaterra.
Los simpatizantes de la independencia de Escocia están bailando de gusto, porque en las encuestas la respuesta afirmativa a la separación está ganando terreno. Los que se oponen, empezando por el ministro inglés David Cameron, están multiplicando sus súplicas. “No se vayan. Necesitamos con desesperación que se queden”, dijo recientemente en Edimburgo, la capital de Esocia.
Si gana el voto afirmativo, el 24 de marzo de 2016 el mundo le dará la bienvenida oficial a Escocia como una nueva nación independiente. Algunas cuestiones cambiarán radicalmente. Escocia será la dueña de su petróleo, y tiene la mayor reserva de Europa Occidental. Se convertirá en una nación inmensamente rica, dicen los nacionalistas de falda y gaita. Además, tiene el whisky más valorado del mundo, y a los escoceses les sobrarán motivos para brindar. Sean Connery, el legendario Agente 007, se ha declarado a favor de la independencia. Y ese sí tiene seguidores.
Por lo demás, las cosas no cambiarán mucho: Escocia seguirá siendo parte de la OTAN y la Unión Europea, y su moneda seguirá siendo en el periodo de transisicón la libra esterlina.
Además, paradójicamente, la Reina Isabel seguirá siendo la reina de Escocia. Es solo un símbolo, dicen. Los escoceses no tienen nada en su contra.