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Un lugar en el cielo

El diario The New York Times, con su proverbial habilidad para elaborar reportajes únicos y reveladores, desarrolló uno de ellos con uno de los temas más lacerantes de México: la vida de las mujeres explotadas y abandonadas a su suerte.

El artículo se titula Retiradas de la calle, las antiguas prostitutas encuentran el cielo y reseña una casa que es un refugio para las mujeres abusadas, las prostitutas viejas, las que no tienen hogar, las que no tienen familia, las discapacitadas y las simplemente pobres. No. Las que son paupérrimas.

La casa está escondida entre los edificios derruidos del Centro Histórico. No conviene divulgar la dirección. Eso puede dar la señal para desatar una demanda excesiva, para nuevos abusos o simples robos. El lugar se llama la Casa Xochiquetzal, en honor a la diosa azteca de la belleza, el deseo y el amor. Se inauguró en 2006 por la iniciativa de Carmen Muñoz, una prostituta que quiso ponerle fin a la vida miserable de sus compañeras en La Merced, donde la mayoría de ellas dormía en la calle y se cubría del frío con cartones.

La Casa Xochiquetzal se construyó con fondos públicos y privados, así como el apoyo de organizaciones feministas y voluntarias. En su interior, todas las inquilinas tienen derechos y obligaciones. Actualmente hay 16 mujeres residentes, de edades entra 53 a 87 años, y todas ellas tienen la obligación de cocinar, participar en talleres de artesanías, y limpiar sus propios cuartos y los lugares comunes.

Una de las residentes, que accedió a contar su historia al diario, es una mujer de 65 años que fue violada a los 9 años en un pequeño pueblo de Jalisco, y que escapó a los 14 años de su casa por los maltratos de un hermano. Su vida fue un periplo deprimente: llegó hasta San Francisco California, tuvo 4 hijos, trabajó en el campo, abrió un cabaret que fracasó, se convirtió en luchadora profesional de los cuadriláteros y trató de suicidarse varias veces. Después, en la Casa Xochiquetzal, encontró cierta paz. “Todas ellas son sobrevivientes”, dice Karla Romero Téllez, la terapeuta que las analiza y apoya de manera voluntaria. “Es gente que salió de una guerra prolongada”. Lo más sorprendente es que aún saben reír.

 

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