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La playa de Scheveningen al desatarse la tormenta 1882[1]

Una camiseta sudada y dos obras de arte

Mauricio Ortega, el antiguo director de La Prensa, se llevó las ocho columnas. Al robarse la camiseta de Tom Brady, el icono de los Patriotas, escribió la mejor historia periodística de su vida. Pudo haberse robado una camiseta de su talla de cualquier Walmart, pero al llevarse la camiseta de Brady puso en movimiento a todo el FBI para encontrarla.

¿Qué quería Ortega? Tal vez unirla a su colección de objetos robados a los jugadores de futbol americano, porque en su casa se descubrió que también tenía un casco de Von Miller, el emblemático jugador de los Broncos de Denver. Probablemente esos objetos eran su máxima presunción en sus cenas de amigos o fiestas de fin de año. O tal vez, si en realidad Ortega es dueño de un colmillo muy afilado para atesorar objetos que suben de valor, lo que quería era venderlo. Algunos valuadores de chucherías célebres calcularon el valor de la camiseta en medio millón de dólares.

El descubrimiento del robo coincidió con un evento relativamente parecido, porque un ladrón llamado Octave Durham dijo en un video -que rápidamente se hizo viral-, que se había robado en 2002 dos cuadros de Van Gogh con relativa facilidad. Al igual que el robo de la camiseta famosa. Durham se metió por la azotea del museo Van Gogh en Amsterdam hasta alcanzar las obras que colgaban de sus paredes, sacó con cautela los cuadros y después pasó silbando frente a la policía.

Ambos, Ortega y Durham, coinciden en que la sustracción del objeto robado fue muy sencilla. Les resultó muy fácil burlar a las autoridades.

Pero hasta aquí las similitudes. Para Ortega, la camiseta de Brady, empapada en el sudor del partido, representaba un trofeo mayúsculo, una reliquia que merecía una vitrina de lujo, un aleph en el que confluían los esfuerzos deportivos de Tom Brady y la cleptómana habilidad de Mauricio Ortega.

Para Durham, en cambio, los cuadros de Van Gogh no representaban nada. No es un hombre culto, ni mucho menos. Es un simple ladrón que vio la oportunidad de llevarse un objeto venerado por muchos.

El que robó los cuadros de Van Gogh cumplió en 2004 una condena de 25 meses en prisión.

El que robó la camiseta de Brady fue exonerado después de una tersa negociación entre abogados.

En el fondo de todo esto hay una disparidad colosal. Tom Brady es un héroe en Estados Unidos, y un joven rebosante de dólares en los bolsillos.

Van Gogh es un genio de la pintura, que a duras penas vendió uno de sus cuadros y murió en la miseria.

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