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Vientos de la primavera árabe

Como es bien sabido, la llamada primavera árabe desembocó en un invierno de guerra, autoritarismo y represión. En diciembre de 2010, en la ciudad de Túnez, un vendedor ambulante se inmoló con fuego porque la policía lo despojó de sus mercancías, y la población se rebeló contra el gobierno autoritario de Zine El Abidine Ben Ali, que llevaba 23 años en el poder. Un mes más tarde, el presidente dimitió, y el ejemplo de Tunez incendió al resto de los países árabes. Envueltos en esa flama, en Egipto cayó Hosni Mubarack; en Libia Muamar Gadafi, en Yemen Alí Abdulá Saleh, y en Jordania el primer ministro Samir Rifai. Otros sultanes trataron de subsistir dando mayores poderes a los parlamentos de sus países, y en Siria la primavera desembocó en una guerra atroz contra la oposición al sátrapa Basahar Al Assad. En ella, para colmo, apareció el Estado Islámico.

Para lamento del resto del mundo, la democracia no apareció en ninguno de los países después de la primavera árabe. Sobrevinieron guerras espantosas, golpes de Estado y gobiernos dictatoriales como siempre. En Egipto, donde ascendió por primera vez en la historia del país un presidente civil, las fuerzas armadas lo quitaron después de haber degustado el poder unos cuantos meses. Solo en Túnez podría considerarse que existe un cierto régimen democrático, con elecciones controladas y una especie de división de poderes. Pero más allá de eso, nada.

Por eso lo que está sucediendo en algunos países de África del Norte no despierta el entusiasmo de muchos. Pero habría que ver los resultados. En Sudán miles de manifestantes han salido a las calles para exigir la salida de quien los gobierna desde hace décadas. En Argelia millones de personas forzaron la renuncia de su líder de las últimas dos décadas a inicios de este mes de abril. En Libia, mientras tanto, un general busca abrirse camino al poder con la promesa de poner fin al caos que se desató hace ocho años, cuando las protestas llevaron a la expulsión y muerte del legendario Muammar Gadafi.

Ahora las manifestaciones son semejantes a las de hace una década. Pero las reticencias sobre el futuro de los movimientos tienen sustento. Por una parte, no existe un sustrato social amplio y capaz de llevar a cabo la máxima maderista de “sufragio efectivo, no reelección”. Por otro lado, no se han desbaratado los ejércitos golpistas que solo buscan el menor descuido de los nuevos gobiernos para hacerse nuevamente del poder y el timón de las naciones. Y finalmente, la cultura árabe del caudillismo no ha dado paso a gobiernos republicanos donde el poder se reparta de manera civilizada y equitativa.

Parece que la estación primaveral no pasa por las naciones que se rigen por el Islam.

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