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Los tiranos se suceden

En la revolución sandinista de 1979, nadie pensaba que el movimiento trataba de quitar a un tirano para poner a otro. Sin embargo, eso fue exactamente lo que sucedió. No de inmediato, pero sí a la larga. Cuando los sandinistas entraron a Managua, la capital del país, la revolución era un movimiento que parecía poético. El Comandante Cero, Edén Pastora, había tomado el Palacio Nacional con un puñado de héroes sin derramar una gota de sangre. Ernesto Cardenal, el sacerdote cristiano, era un poeta que dedicaba sus homilías a la revolución. Muchos de los sandinistas eran niños armados que no sabían leer. Por eso una de las primaras medidas tomadas por el nuevo gobierno fue la alfabetización de todo el país.

Y para vacunarse contra el poder personalizado, la dirigencia de los sandinistas descansaba en varios comandantes: Jaime Wheelock, Carlos Núñez, Bayardo Arce, Humberto Ortega, Daniel Ortega y Tomás Borge.

Al paso de los años, la situación cambió drásticamente. Daniel Ortega (en la fotografía) llegó a la presidencia y empezó a utilizar los mismos métodos del dictador Anastasio Somoza: silenciar a la prensa opositora, acaparar bienes, rodearse de lacayos que aplauden en silencio, arrestar a los que aspiran democráticamente a disputarle el poder.

Hasta la fecha, van 6 posibles candidatos presidenciales para los comicios de noviembre que han sido encarcelados.

Ya no sólo los somocistas extrañan a Somoza.

 

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