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Quiero que nuestro cine sea un motivo de orgullo

ENTREVISTA CON BLANCA GUERRA

Hoy en día, cuando el mercado se ha convertido en el factor que absorbe y regula todas las actividades sociales, el cine también parece haberse supeditado a sus mandatos. Las películas son una mercancía, pero ahora también las tendencias y por supuesto las estrellas cinematográficas. ¿Qué piensas de esto? ¿Crees que el cine tiene que regirse, como muchas otras actividades, por los requerimientos del mercado?

Todas las expresiones artísticas tienen repercusiones en ámbitos muy diferentes. El cine es un ejemplo, porque repercute en la conciencia de los ciudadanos, en su entorno social, en la historia, en la economía de las naciones, y no solo como mero entretenimiento. El cine puede ser un arte, y no un espectáculo que se reduce únicamente a los éxitos o fracasos de las taquillas, a las cantidades de espectadores que asisten a las salas y las ganancias que generan las películas. Esto también es importante, por supuesto, porque el público es como el destino del cine, y una película sin espectadores es como un libro que jamás se ha leído. Pero en el cine no pueden regir los mismos parámetros del mercado, donde el cliente siempre tiene la razón. Por eso la Academia no puede premiar –como algunos piensan- a las películas más taquilleras del momento.

¿Eso significa que el autor es el elemento primordial del cine?

No, yo no lo pondría en esos términos. El autor es muy importante, pero no lo más importante. Son muchos los factores que inciden en la magia del cine, y nosotros desde la Academia tenemos que buscar un equilibrio entre todos ellos. En la creación cinematográfica tienen que intervenir las autoridades gubernamentales, las instituciones culturales, los patrocinadores, los medios de comunicación, el público y los creadores, y la convergencia de todos estos factores es lo que le da vida al cine.

Hace algunas décadas, cuando existía todavía la noción del arte al servicio del pueblo, en algunas escuelas se pensaba que el cine, como toda expresión artística, tenía la misión de cambiar el mundo. ¿Tú crees que el cine es una herramienta para cambiar la realidad?

No, el cine surge ante todo de la necesidad de un creador de comunicar algo. Nace de la fuerza, la inteligencia y la creatividad de un productor, un director o un guionista, y siempre lleva al espectador a una reflexión, a un cambio de actitud, tal vez; pero el cine no modifica la realidad política de los países. Hay películas que fueron temidas por las autoridades, como La Ley de Herodes, pero en términos políticos el cine es inofensivo, no es el detonante que transforma a las sociedades. Sin embargo, sí existen películas que pueden llevar a reflexiones profundas, a tomas de conciencia y a necesidades de cambio. Pienso por ejemplo en la película Presunto Culpable, que muestra una serie de deficiencias en el aparato de justicia, y que creó una conciencia ciudadana bastante extendida de la necesidad de cambiar esa situación. A través de esa película se desnudó una realidad muy injusta, y eso sí fue un detonante, por lo menos, para discutir cómo podemos cambiar las cosas. En ese sentido, y en muchos otros, el cine es un reflejo fidedigno de la realidad, que a veces se nos presenta de una manera descarnada.

¿Cómo se inició tu acercamiento al cine?

Para mí el cine es algo que se cruzó en mi camino sin que yo lo pretendiera. Pero el cine me sedujo desde que era yo niña; mi mamá me llevaba al cine con alguna amiguita o alguien de la familia, y eso era todo un ritual. Todo mundo se vestía y se preparaba para ir al cine, que era por lo general los fines de semana. Yo iba con mi vestidito, con mis zapatitos nuevos cuando los tenía, mi abriguito, muy bien peinada, porque aquello era todo un evento. Yo tenía cinco años, y todavía me acuerdo. Ir al cine era como ir a una fiesta muy elegante. Y sí, el cine es una actividad muy elegante. Luego me metí al Centro Universitario de Teatro, a estudiar actuación; ahí hice mi proceso formativo. Mis bases fueron muy sólidas. Aparecer en el escenario era toda una mística. Era un compromiso con tu personaje y con el público, y había que tener una gran honestidad para trasmitir el mensaje al público. Mi proceso formativo fue de las etapas más felices de mi vida. Y más dolorosa, también. Había ocasiones en las que yo quería salir corriendo, porque había ensayos en los que entrabas en conflictos muy fuertes. Aquello fue determinante en mi vida.

¿Qué películas te han inspirado?

Muchas. En las distintas épocas de mi vida. Pero Ingmar Bergman fue el cineasta idolatrado en mi adolescencia. Y como era además gente de teatro, yo abrigaba el sueño de irme a Suecia, conocerlo y ser testigo de uno de sus montajes. Y luego vinieron todos los representantes de las escuelas cinematográficas de Europa, que para mí fueron muy importantes. Fellini, Visconti, todos los maestros del neorrealismo italiano, los del expresionismo alemán, las obras que me marcaron son innumerables.

¿Cuáles son las funciones de la Academia que ahora presides?

En la Academia tenemos unos estatutos muy bien definidos. Lo más relevante y lo más visible es el reconocimiento público de lo que se produce cada año en nuestra cinematografía. Para eso son los premios. Hay reglas de evaluación muy claras para los materiales que se inscriben a los premios Ariel, que son los que otorga la Academia. Pero tenemos también otros objetivos. La investigación, la preservación, la difusión, la defensa de nuestro cine. La Academia se alimenta de recursos de las instituciones gubernamentales, vía CONACULTA o la Comisión de Cultura de la Cámara de Diputados, pero también cuenta con un Patronato donde está desde la unam hasta investigadores de renombre y representantes del capital privado.

Eso involucra a gente que no está directamente vinculada con la creación cinematográfica…

Estamos planeando un Foro de Cine Mexicano en Guadalajara, donde la gente que no está involucrada en el cine participe. Queremos que esté ahí también un sociólogo, un historiador y un economista, para que cada uno de ellos hable de cómo permea el cine a sus materias, y cómo el cine se puede retroalimentar de ellas. Será en marzo del próximo año, con cuatro mesas de dos días de duración, donde la gente de cine –directores, productores, actores- estará en contacto con especialistas de otras disciplinas. Creo que será algo muy rico, en todos los sentidos. 

¿Y los documentales? ¿Crees que tengan futuro en un clima tan hermético?

El documental es un género que ha repuntado en los últimos años de manera extraordinaria. Tenemos documentalistas hombres y mujeres de enorme talento. Ciertamente el documental no cuenta con un circuito de exhibición tan eficaz como las películas de ficción y es una pena porque es una expresión cinematográfica que siempre aborda temas de enorme trascendencia llevando al espectador a reflexionar sobre ellos, sobre nuestra realidad. Yo como presidente de la Academia lo que busco es ampliar y mejorar los canales de distribución y exhibición. DocsDF y Ambulante son dos muestras de documentales mexicanos e internacionales en distintas épocas del año que han logrado posicionarse cada vez mejor, aumentando cada día el número de espectadores y debemos agradecerles y felicitarlos por ello.

Desde que entraste como presidenta de la Academia tus tiempos se han acortado…

Lo que me llevó a ser presidenta fue que Jorge Sánchez, el anterior presidente de la organización, se fue a IMCINE; fue una decisión que aplaudimos mucho, y para cubrir su período me eligieron por unanimidad. Había un vacío tremendo si yo no aceptaba, y me dije: “soy valiente y lo voy a hacer“. En la Academia son dos años por administración, pero como entré para terminar un período que ya se había iniciado, acabaré en septiembre. Conozco muy bien a la Academia. Llevo en ella 10 años, desde la época en la que estaba como presidenta Diana Bracho. Sé cómo funciona. Es una organización que ha crecido de manera tremenda. Cuando yo entré había 26 miembros activos, y actualmente somos cerca de 600. Un ejército.

¿Qué quieres hacer con la Academia en un tiempo tan corto?

Yo lo que quiero es posicionar a la Academia en todas sus actividades, manteniendo a los Arieles como el evento más importante de premiación del cine. Tenemos que trabajar mucho en la difusión, que la gente sepa para qué sirve la Academia y cuáles son las repercusiones de sus actos. Darnos a conocer como los defensores de nuestro cine. En mi discurso de toma de posesión hablé de tres puntos muy importantets. Primero, la conformación de un equipo sólido, cosa que ya se hizo. Luego, apuntalar las finanzas, tema crucial para nuestra sobrevivencia. Para eso he estado trabajando con diferentes instancias, desde la Secretaría de Hacienda hasta la Cámara de Diputados. La verdad es que los funcionarios se han portado muy bien, han escuchado con interés nuestras propuestas. Desde la presidencia de CONCACULTA hasta la Oficialía Mayor de la Secretaría de Educación Pública, todos han apoyado el proyecto, y rescatamos un presupuesto que era muy reducido. Ahora luchamos para que continúe, y que no se interrumpa cada año. Claro que nosotros tenemos que presentar resultados, pero eso no nos cuesta trabajo. Somos gente de resultados. Y la tercera meta es tener nuestra sede propia, porque ahora estamos asilados en un edificio del Condominio de Productores, en División del Norte, pero lo que queremos es una sede propia para trabajos de investigación, con una pequeña salita de proyección, para exhibir las películas ganadoras de toda Iberoamérica, poder hacer ciclos, contar con mayores servicios al público, tener aulas para foros y talleres. Desde que yo entré a la Academia hasta la fecha ha cambiado mucho. En esa década se ha modernizado, se ha democratizado, es más incluyente; tenemos mucha gente joven, que está buscando que nuestro público se sienta orgulloso de nuestro cine, que consuma nuestra oferta cultural.

¿Qué nos falta en relación al cine de otros países?

El cine en México ha crecido muchísimo. Si en 1997 se producían 6 películas, ahora, gracias a todos los incentivos que existen, se producen 112 películas. Lo que nos falta es difusión. Hay muchos mexicanos que están haciendo mucho por nuestro cine fuera del país. Los cineastas que han ganado premios en los festivales internacionales han sido muy importantes para difundir el hecho de que en México hay muy buen cine. Pero aún nos falta que el público consuma nuestra oferta.

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