Venezuela al borde

Venezuela está a punto de crear un conflicto mundial semejante al de Siria. Las fuerzas se alinean en la misma dirección: por un lado, Donald Trump desconoce a Nicolás Maduro y reconoce como presidente legítimo a Juan Guaidó, un político de 35 años que se autoproclamó mandatario ante una multitud en las calles de Caracas. Por otro lado, Vladimir Putin refrenda su respaldo a Nicolás Maduro, alerta sobre una ruptura del orden internacional y previene sobre la posibilidad de “un baño de sangre”.

Los tambores de guerra retumban en el país. Maduro anuncia la ruptura de relaciones con Estados Unidos y expulsa a todo su personal diplomático. En Brasil, la nación más grande del Cono Sur, Jair Bolsonaro anuncia su repudio al régimen de Maduro. La economía se tambalea. Hay escasez de productos básicos y medicamentos. La gasolina se vende más barata que los precios del huachicol. El desempleo sube como la espuma. La inflación se va al cielo. Millones de venezolanos buscan refugio en otros países.

En medio de la crisis, y a pesar de los esfuerzos de la oposición por atraer a las fuerzas militares, Vladimir Padrino López, ministro de la Defensa, anunció su lealtad a Maduro. Como en Siria.

A Nicolás Maduro no le tiembla la mano cuando se trata de reprimir al pueblo.

Donald Trump ha demostrado que es capaz de hacer cualquier cosa.

Mucha gente en todo el mundo voltea a ver a México como un posible país mediador en el conflicto.

No sería la primera vez en la historia.

 

 

 

Tambores de guerra

El ataque de Donald Trump a Siria, acompañado de Francia y Gran Bretaña, pone al mundo nuevamente sentado en un polvorín atómico. En Estados Unidos representa básicamente una maniobra de distracción, justo cuando el FBI se encuentra investigando al presidente por sus devaneos con varias mujeres, y en la carrera por quedarse en su sitio después de las elecciones intermedias de noviembre. En Francia y el Reino Unido también representan una medida de fuerza para apoyar con un maquillaje de reacción humanitaria a sus debilitados gobiernos.

Y más allá de las jactancias infantiles de Trump en su twitter -donde se erige como el hombre más poderoso del mundo- también está el bárbaro e incomprensible ataque del dictador Bashar Al Asad con armas químicas al pequeño poblado de Duma, donde fallecieron de manera horrible varios habitantes y niños.

Parece que en este concierto de balandronadas y demostraciones de fuerza no existe un poder capaz de equilibrar los encontronazos militares, y que se avecina una escalada cada vez más peligrosa. Trump actuó sin el consentimiento del Capitolio y sin consultar al Congreso de Seguridad de las Naciones Unidas, un organismo que desgraciadamente funciona cada vez más como una entelequia.

En este panorama, la voz más equilibrada parece ser la de Vladimir Putin, un jerarca ruso que al interior de su país se asemeja a los antiguos zares. Apesumbrado, Putin señaló que el ataque lo único que hace es empeorar la situación mundial y favorecer a los terroristas.

“Con sus acciones -dijo-, Estados Unidos agrava aún más la catástrofe humanitaria en Siria, afecta a la población civil y, de hecho, complace a los terroristas, que atormentan al pueblo sirio desde hace siete años. Eso provocará una nueva ola de refugiados sirios y de otros países de Oriente Medio. La historia pondrá todo en su lugar.”

Lo más importante de la declaración de Putin, entonces, es lo que no dijo. Por fortuna, la voz del Kremlin no dijo que habrá una respuesta militar.

Putin para rato

El próximo año será un año electoral en diferentes latitudes del mundo. En México y en Rusia, para empezar por dos países muy diferentes. En México la elección será el primero de julio. En Rusia la elección presidencial tendrá lugar el 18 de marzo. Pero esa será la primera ronda. Si en esa ronda ningún candidato obtiene la mayoría de los votos, habrá una segunda vuelta el 8 de abril del mismo año, tres semanas después de la primera vuelta.

El gran favorito de la contienda es el actual presidente, Vladimir Putin. El pasado 6 de diciembre anunció que buscará la reelección por segunda vez consecutiva, y en el largo período de dos décadas, será su cuarta vez al timón de la nación más grande del mundo. Su grado de aprobación es enorme. En los peores escenarios, siempre supera el 40%.

El único rival que le puede hacer sombra es Alexei Navalny, un hombre que ha centrado su campaña electoral en la denuncia de la corrupción imperante en el gobierno, y que ha utilizado las redes sociales para atacar las prácticas de enriquecimiento ilícito del primer ministro Dmitry Medvedev. Navalny ha difundido un programa muy ambicioso, que consiste en mejorar la infraestructura y los niveles de vida de la población, descentralizar los poderes de Moscú, reformar el sistema jucidial, establecer un salario mínimo, reducir las rentas de las viviendas, emitir más visas para los emigrantes, abrirse a la economía europea y establecer la gratuidad de la educación y los sistemas de salud. Toda una revolución para la Rusia de Putin.

Pero el sistema ruso tiene sus vacunas contra los que quieren modificarlo. Una vez que Navalny recolectó más de 300 mil firmas electrónicas para su causa en 40 regiones del país, la Suprema Corte lo acusó de malversación de fondos de una compañía maderera en la provincia de Kirov, y con ello lo privó de su derecho a postularse como candidato presidencial. Y a pesar de la intervención de la Corte Europea de Derechos Humanos, su caso podría postergarse hasta las elecciones del 2028.

De manera que Vladimir Putin tiene el campo abierto para su reelección.

 

 

El Facebook de Putin

En  el Capitolio de Estados Unidos hay un tema que, lejos de apagarse, se aviva con las indagaciones de los senadores y se ha convertido en uno de los muchos dolores de cabeza para la Casa Blanca. Se trata de la intervención del gobierno ruso en las pasadas elecciones presidenciales. Tal parece que, sin la ayuda del Kremlin, Donald Trump no hubiera llegado a la presidencia.

Primero fueron los hackers, esos bandidos de las redes sociales que se metieron a las nubes secretas del Partido Demócrata para sacar información confidencial y subrayar el uso indebido de Hillary Clinton mediante su cuenta privada. Luego fue la serie de entrevistas que el equipo de Donald Trump -especialmente su yerno- llevó a cabo con personeros del gobierno ruso, con el fin de reforzar los apoyos del Kremlin a la campaña del candidato republicano. Y ahora han salido a la luz los gastos que llevó a cabo el gobierno de Vladimmir Putin para promover el voto a favor de Trump en las redes sociales.

Esta nueva veta de apoyo ilegítimo de un gobierno extranjero en las elecciones de Estados Unidos está siendo investigada por el senador republicano John McCain y los demócratas Amy Klobuchar de Minnesota y Mark Warner de Virginia. En la mira se encuentran los gigantes de las redes sociales, Facebook y Google. Ambos estuvieron excentos de rendir cuentas sobre quiénes estaban detrás de sus anuncios desde 2006, porque se consideraban medios de comunnicación diferentes a la prensa escrita, el radio y la televisión. Pero ahora las cosas han cambiado. El senado busca una rendición de cuentas común para los medios tradicionales y las redes sociales.

Hasta ahora, se ha descubierto que Facebook vendió más de 100 mil dólares en anuncios puestos en sus páginas a una entidad rusa ligada con el Kremlin, mientras que Google vendió por lo menos $4,700 dólares a cuentas presuntamente vinculadas con el gobierno ruso. Y mientras que el contenido de los anuncios no apoyaba abiertamente a la campaña de Trump, sí se refería a temas en los que el republicano tenía una postura bien definida, como la visión hacia los migrantes, los temas raciales y los derechos lésbico-gays.

¿Cómo demostrar que estos anuncios inclinaron la elección hacia el triunfo de Trump? Es muy difícil, pero los hallazgos prefiguran un ángulo de lo que parece ser una campaña bien orquestada desde el Kremlin.

En esta escaramuza, los titanes de las redes sociales no salen bien parados. Máxime cuando están en la mira de otro tipo de críticas, como su uso por parte del terrorismo, el tráfico sexual de niños, la evasión de impuestos y su poder monopólico. Pocos se imaginaron que uno de los temas candentes fuera el apoyo de Putin a la campaña de Trump. Ahora todos saben que cualquier cosa es posible.

 

 

Vacaciones a la Putin

Es verano en Rusia. Las aguas de sus grandes lagos siguen heladas, pero hay un poco de sol en sus orillas. Por eso el presidente de la nación más grande del mundo, Vladimir Putin, se fue de vacaciones a sus aguas, como cualquier otro trabajador del Estado. Iba con su traje de baño y sus lentes de sol. Lo malo es que no fueron vacaciones. Su viaje a los lagos de la república de Tyva, al sur de Siberia, fue una ráfaga veraniega de tres días –de martes a jueves- llena de metralla fotográfica, muy escuetos boletines, imágenes a lo macho, publicidad descarada.

Putin estuvo nuevamente –como en los viejos tiempos- mostrando al mundo su musculatura. Un tórax reblandecido por el paso del tiempo, pero sin las lonjas de sus congéneres de sesenta años. Un cuerpo que sigue cabalgando, corriendo, nadando, buceando, mirando inamovible hacia el futuro desde la proa de su lancha. En una parte de su vacación, lo acompañó el Secretario de Defensa, Sergei K. Shoigu, otra figura relativamente atlética. Su vocero Dmitri S. Peskov también iba a su lado. Mientras el Secretario de Defensa participó tímidamente en la recolección de hongos por el bosque, el vocero se encargó de difundir la persecución del presidente tras un lucio –un largo pez de agua dulce- que duró más de dos horas.

No fueron vacaciones. Fue un trabajo de publicidad muy bien elaborado, en donde el presidente Putin lució nuevamente su fortaleza física, su entusiasmo deportivo, su aguante bajo el agua.

El mensaje fue claro: hay presidente para rato.

Por lo pronto, Putin ya demostró su fuerza  política al sacar del país a un ejército de 755 diplomáticos y técnicos norteamericanos, como pronta respuesta a las sanciones impuestas por Estados Unidos.

Y vean: mientras el presidente de Rusia luce todo su vigor en los bosques fríos e iluminados de Siberia, Donald Trump vacaciona jugando golf, un deporte ligero y adecuado para su avanzada edad.

El relevo de los zares

Rusia no es un país democrático. Aunque existen elecciones, la nación más grande del mundo sigue requiriendo un hombre fuerte que condense las atribuciones del poder en su puño, centralice las aspiraciones idílicas de todos los ciudadanos, sea el comandante en jefe del ejército, identifique la grandeza del país con su figura. Un hombre fuerte, todopoderoso. Un zar de la vieja Rusia.

La figura del zar sigue viva. No desapareció con la muerte de Nicolás II en los sótanos de su casa durante la Revolución Rusa. Fue encarnada posteriormente en los liderazgos de Lenin, Stalin, Nikita Khrushchev, Boris Yeltzin y ahora Vladimir Putin. Mikhail Gorbavech fue el único líder que trató de terminar con la figura omnipotente del zarismo, y terminó fuera del Kremlin.

Vladimir Putin, el zar actual de todas las rusias -como le llamaban a Nicolás II-, ha resultado un autócrata con grandes habilidades para llegar y mantenerse en el poder. Ha maniobrado para ganar la presidencia en las elecciones y poner gente a su cargo en su ausencia, ha sometido a la oposición con golpes y prebendas, gobierna con la iglesia ortodoxa a su lado, controla a los principales medios de comunicación, cuenta con el apoyo incondicional de la Duma -el parlamento ruso-, presume su musculatura en diversos videos.

Si el nuevo zar de Rusia tuvo el poder suficiente como para influir en las elecciones de Estados Unidos y lograr el triunfo de Donald Trump es un asunto que aún está por verse, pero se nota a la distancia que el tema le divierte a Putin. Y mucho.

Lo que no le divierte nada es que en las próximas dos semanas saldrá de la cárcel el hombre que puede despojarlo del trono. Se llama Alexei Navalny, y tiene apenas 41 años. Aparece en la foto. Es un opositor que se ha convertido en el único opositor. Con el asesinato de Boris Nemtsov a las puertas del Kremlin y el exilio de Garry Kasparov con todo y su tablero de ajedrez en Nueva York, Navalny se ha convertido en el rival a vencer en las elecciones del año entrante.

Alexei Navalny es un opositor indomable, que ha construido su campaña a partir de una denuncia permanente de la corrupción de Putin, del Kremlin y de todos sus allegados, los de la Duma y los de las instituciones del Estado. En su programa político aparecen también temas como la inversión en infraestructura, la imposición de un salario mínimo, la gratuidad de la educación y la salud, la descentralización política y económica de Moscú, la transparencia en las empresas del Estado, la implementación de visas para los trabajadores que llegan a Rusia de Asia y una mayor apertura económica con la Unión Europea.

Pero existe un detalle adicional, importante para el momento. Según Oleg Kashin, corresponsal en Rusia para The New York Times, Navalny es dueño de una personalidad que fulmina a sus críticos, al igual que la de Putin. Es un orador sin partido, que arrastra multitudes en las calles. Lo siguen en todo el país. Lo siguieron en las manifestaciones tumultuarias de marzo y junio, que terminaron en enfrentamientos con la policía. Y su círculo de colaboradores cercanos, al igual que los de Putin, están bajo sus órdenes por un salario que Navalny paga de su bolsillo. Es, al igual que Putin, todo un patrón.

Tal vez ha llegado el momento para Rusia. En las próximas elecciones, puede sonar la hora de reemplazar al zar.

 

Entre el humo

El ataque de 59 misiles de Estados Unidos contra una base militar siria ha dejado al mundo perplejo. La luna de miel entre la Casa Blanca y el Kremlin duró menos de lo que se esperaba. Ante la explosión de gas sarín que dejó a decenas de niños muertos en un pequeño poblado de Siria -aún no se sabe si las armas químicas fueron lanzadas por el gobierno sirio, o si estaban en un almacén de los opositores que estalló en un bombardeo-, Donald Trump respondió con el mayor ataque de los Estados Unidos contra un país árabe, desde que George W. Bush lanzó el ataque contra Irán en 2003, para derrocar al gobierno de Saddam Hussein. Hay dos similitudes en ambos casos: el pretexto ha sido el uso de armas químicas, y la fuerza desplegada ha sido avasalladora.

Todo lo demás es diferente. Con el ataque de antier, Donald Trump rompió el endeble equilibrio mundial que se avizoraba entre las tres potencias -Estados Unidos, China y Rusia-, y la condena de Vladimir Putin al ataque ha puesto al mundo a pensar nuevamente en una confrontación bélica y atómica entre Rusia y Estados Unidos. Y aquí surgen varias interpretaciones.

La primera lectura del ataque es que Trump necesitaba demostrar su poderío para cumplir sus lemas de campaña. Para hacer de Estados Unidos una gran nación otra vez era preciso arrojar bombas en algún lugar del mundo. El ataque químico fue el pretexto perfecto. Los 59 misiles que cayeron sobre la cabeza de Basar Al-Assad le recordaron a todos que el músculo norteamericano no tiene rival entre las potencias. Y en su fuero interno, Trump se sintió aliviado. Ya no importa que sus propuestas de cerrarle el paso a los ciudadanos de los países árabes no hayan prosperado. Ni su rotundo fracaso en la política de salud. Ni las renuncias de sus amigos. Con esa demostración de fuerza, se ha reafirmado su capacidad destructiva. Realmente es el hombre más poderoso de la Tierra.

Otra interpretación, siguiendo la línea de los complots y las manipulaciones, afirma que el bombardeo no es más que una cortina de humo para ocultar la alianza entre Trump y Putin, así como la intromisión de Rusia en las elecciones de Estados Unidos. Ese tema estaba ya comprobado por las investigaciones del FBI, y corría por los pasillos del Capitolio para encontrar una salida legal al asunto. Y en las altas esferas de Washington se discutía cómo reaccionar si los ciudadanos descubrían que tenían a un presidente ilegítimo, impuesto por los caprichos de una potencia extranjero.

Pero todo eso se esfumó entre el humo levantado por los misiles. Ahora el tema más importante es cuál será el camino de las relaciones entre Rusia y Estados Unidos después del bombardeo. Y gran parte de todo ello descansa sobre las espaldas de Vladimir Putin. Si da una respuesta bélica, el mundo tendrá que prepararse para una conflagración devastadora. Pero si muestra cautela -como lo ha hecho en otras ocasiones- y espera un tiempo prudente para que se tranquilicen las aguas, el mundo respirará con alivio un tiempo.

Hasta que Trump sienta nuevamente el deseo irrefrenable de demostrar su poderío.

Protestas en Rusia

A cien años de la revolución bolchevique de 1917, una nueva ola de protestas ha sacudido Rusia. Llama la atención el hecho de que dicha ola no solo haya bañado las ciudades más importantes de la Rusia europea -en especial Moscú y San Petesburgo, como lo hiciera la revolución de Lenin-, sino que se haya extendido a las ciudades más apartadas de la Rusia asiática -Chita y Barnaul en Siberia- hasta llegar al lejano puerto de Vladivostok en el Mar de Japón. En total, la protesta alcanzó a un centenar de ciudades rusas distribuidas en sus más de 17 millones de kilómetros cuadrados.

Llama la atención, también, que de acuerdo a cifras oficiales los manifestantes hayan sido tan pocos y las detenciones abrumadoras. Según cifras oficiales, en Moscú se manifestaron solamente 7 mil personas. Pero de esa cantidad, mil fueron los detenidos. Es decir, que la policía detuvo a uno de cada siete manifestantes. Como para llenar las cárceles de inconformes.

La protesta es la más importante que ha tenido lugar en Rusia desde las manifestaciones de 2011 y la difundida protesta de las Pussy Riots adentro de la catedral de Moscú en febrero de 2012. Al igual que en aquellas ocasiones, la protesta va dirigida al presidente Vladimir Putin, contra la corrupción de su círculo cercano y la falta de libertades en general. El líder del movimiento, Alexei Navalny, es un opositor al régimen que ha declarado su intención de contender por la presidencia, y luchar en todos los frentes contra la corrupción. Ayer se fue a la cárcel, junto a los mil detenidos.

Aunque la protesta fue dirigida contra la perpetuación de la figura de Putin como líder máximo de un sistema en descomposición, cobraron especial relevancia las críticas contra la prensa y la televisión favorables al gobierno e impermeables a toda crítica, y la corrupción del Primer Ministro Dimitri Medvedev, que ha repasado el presupuesto para comprarse un puñado de mansiones, yates de lujo, viñedos italianos y un palacio del siglo XVIII en las inmediaciones de San Petesburgo.

Aunque Putin está muy seguro de su popularidad y confiado en el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos, algunos asesores le aconsejan prevención y prudencia. Hace cien años, el zar Nicolás III tuvo que abdicar y al final encontró la muerte porque fue insensible a las protestas y marchas. La historia puede repetirse.

Rumbo a la guerra

Dice Mikhail Gorbechev, el líder de la Unión Soviética que terminó con la Guerra Fría, que el mundo parece prepararse para la guerra. Que los políticos se ven perdidos. Que la industria militar está nuevamente al alza. Que las fuerzas armadas enfrentadas entre Europa y Rusia están cada vez más cerca. Que las armas ahora son mucho más sofisticadas, más poderosas, más destructivas.

Gorvachev recuerda que en 1985, en el clímax de la Guerra Fría, los líderes de Rusia y Estados Unidos se reunieron para reducir sus arsenales atómicos y desactivar la amenaza nuclear. Ambos sabían que de una guerra atómica no saldría nadie victorioso. Que era en vano luchar por la superioridad militar.

Ahora -dice- la lucha contra el terrorismo es el nuevo pretexto para desatar nuevamente la carrera armamentista. Y aunque la lucha contra el terrorismo es importante, no se puede desdeñar la urgencia de convocar nuevamente al desarme nuclear. Un simple error técnico o humano puede desencadenar una situación impredecible.

Según Gorvachev, la urgencia del desarme tiene que involucrar a los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, y que el primer paso lo deben tomar los presidentes de Rusia y Estados Unidos -Vladimir Putin y Donald Trump-, porque esas naciones tienen e 90% del armamento nuclear del planeta.

Y recuerda una frase de Franklin D. Roosevelt, quien dijo que una de las principales libertades es la libertad de no sentir miedo. Hoy, el miedo se ha apoderado de millones de personas, y es uno de los combustibles de la carrera armamentista.

Ojalá y Trump y Putin -que parecen muy amigos-, piensen mínimamente en todos los demás.

Último jab a Putin

El presidente Barack Obama prometió tomar acciones contra Rusia por la actuación de los hackers movidos por el Kremlin para incidir en las elecciones a favor de Donald Trump. No dijo qué acciones tomará, ni cómo las llevará a cabo después de dejar la Casa Blanca el 20 de enero próximo. Pero la promesa está hecha.

El tablero de ajedrez de la política internacional sufrirá grandes cambios con el arribo de Trump a la presidencia. Estados Unidos se va a alinear con la política de Vladimir Putin, y las señales no pueden ser más claras. El nombramiento de Rex Tillerson como Secretario de Estado es un movimiento inequívoco. Tillerson es un magnate petrolero de la Exxon Mobil cercano a Putin, quien lo condecoró con La Orden de la Amistad de Rusia en 2013. Fuera de eso, no tiene ninguna experiencia en el campo internacional.

Los movimientos de Trump apuntan hacia un distanciamiento radical con su antecesor. Mientras Obama combatió frontalmente los deseos expansionistas de Rusia en Crimea y Ucrania, Trump aspira a retirar los embargos resultantes a Rusia; en tanto Obama logró un tratado nuclear con Irán, Trump ha dicho que lo desmantelará de inmediato; y mientras Obama atacó de palabra y obra al dictador Bashar al Assad de Siria, Trump se ve deseoso de estrecharle la mano.

Por el desarrollo de los acontecimientos, los días están contados para Barack Obama. También para Donald Trump. Pero al atacar a Putin, Obama lanza un llamado al colegio electoral, pidiéndoles sin decirlo retirar su voto de un hombre que, a su juicio, ganó las elecciones con la ayuda de Vladimir Putin. Falta ver hasta dónde llega esa apuesta. Los dados se detienen el próximo 19 de diciembre, cuando el colegio electoral se reúna para declarar al vencedor de los comicios.