El ejército

El tema de la Guardia Nacional se ha paseado por todos los foros políticos de la nación. Es uno de los programas fundamentales del actual gobierno, y ha despertado una gran cantidad de sospechas y aclamaciones. Los que están a favor, ven la existencia del nuevo cuerpo de seguridad como un nuevo ingrediente para tratar de frenar la espiral de violencia e inseguridad que vive el país. Los que están en contra la ven como un instrumento para que el actual presidente establezca un vínculo indisoluble con las fuerzas armadas, y que ese nexo se convierta a futuro en una palanca para perpetuarlo en el poder.

Es evidente que existen algunos ejemplos internacionales que justifican este temor. Lo primero que buscan los dictadores es el apoyo incondicional del ejército. En Siria, por ejemplo, la lealtad al sanguinario Bashar Al Assad se cimienta en casas. Al norte de Damasco, la capital del país, hay un suburbio exclusivo para los oficiales del ejército, que provienen en su mayoría de comunidades rurales empobrecidas, y que al ser leales al régimen tienen la oportunidad de ser dueños de una vivienda digna en la capital de Siria.

En Venezuela -un ejemplo que puede convertirse en otra Siria-, después de la alianza cívico-militar promovida por Hugo Chávez, los soldados vieron multiplicar sus salarios por encima del de los demás trabajadores, y Nicolás Maduro formó un nuevo cuerpo para su protección privada llamado la Guardia de Honor Presidencial. En ese esquema, se conformaron 6 batallones para la protección del Ejecutivo, una Unidad Especial de Aseguramiento Vial y Francotirador, así como un Escuadrón de Caballería Motorizada. En total, han sido ascendidos 437 militares para la protección del presidente.

El caso de México es radicalmente distinto.  Por una parte, porque detrás de la creación de la Guardia Nacional se encuentra la intención de fortalecer el número de cuerpos de seguridad en México -soldados, marinos y policías-, que se halla por debajo de los estándares recomendados por las Naciones Unidas -que aconsejan la existencia de un  policía por cada 500 habitantes, mientras que en México existe uno por cada 1,300 habitantes-, y porque el actual presidente, lejos de fortalecer su guardia personal, desapareció la que existía, el Estado Mayor Presidencial.

Pero lo más importante es el tipo de ejército que existe en México. El ejército mexicano es una institución democrática. Y eso no es una afirmación demagógica. No está al servicio de ningún caudillo, ningún partido, ningún presidente. En cada cambio de gobierno, después de las elecciones, el ejército se pone bajo las órdenes del presidente electo por el voto popular. Así lo hizo con Vicente Fox, que llegaba abanderado por el PAN, después de derrotar a la hegemonía presidencial del PRI; con Felipe Calderón, que llegó al gobierno por el mismo partido, y con Enrique Peña Nieto, del partido que perdió el poder en el año 2000. En todos esos casos, el ejército se puso a las órdenes del presidente que llegó a su cargo por el mandato popular.

Y exactamente lo mismo está haciendo con Andrés Manuel López Obrador.

Nadie gana

¿Quién ganará con el retiro de las tropas norteamericanas de Siria? Hasta ahora, nadie lo sabe. Podrían ser los grupos pacifistas que se han opuesto a la intervención armada de Estados Unidos en cualquier parte del mundo, los militantes del Estado Islámico que vieron destruido su poderío en la ciudad de Alepo, o Vladimir Putin y su círculo de incondicionales, que ven el retiro norteamericano un paso adelante en sus deseos expansionistas en la región. Y pierden, según esta lógica, los aliados de los países árabes que temen la influencia de los grupos terroristas en sus fronteras, los propios oficiales del ejército del Pentágono que se oponían a la retirada de sus tropas por cuestiones estratégicas, o los republicanos que respaldaron a Trump en sus deseos de apoyar al régimen de Damasco.

Para muchos analistas, el verdadero triunfador de la guerra en Siria, -después de la derrota del Estado Islámico y la masacre de miles de opositores-, es Irán. El gobierno de Teherán, cuna de la secta chiíta del Islam que apoya al gobierno dictatorial de Bashar Al Assad, tendrá la oportunidad de llenar el vacío de poder que va a dejar el ejército de Estados Unidos y ampliará su influencia en la región entera. También lo hará el Kremlin, que busca fortalecer a los gobiernos más teocráticos y represivos de la región.

Otros piensan que el Estado Islámico tendrá la oportunidad de reagruparse y volver a ocupar sus territorios perdidos.

Falta ver qué harán los aliados que respaldaron la invasión de Estados Unidos y que se ha quedado sin su liderazgo.

Lo cierto es que mientras Donald Trump se regresa al interior de sus fronteras para resguardarse de las turbulencias del resto del mundo, los países árabes han quedado peor que como estaban antes de las sucesivas invasiones de Washington. Más golpeados militarmente, más divididos por sus enemistades ancestrales y con más deseos de venganza contra sus agresores.

Y se quedan sin Primavera Árabe, esa ilusión de democracia que fue el detonante de todo esto.

 

 

 

La retirada imperial

Al final del año, al anunciar el retiro de sus 2 mil tropas estacionadas en Siria, Donald Trump aparece por primera vez como un pacifista. Y para rematar, sostuvo también que en  Afganistán habría igualmente un retiro de la mitad de los 14 mil soldados norteamericanos estacionados en el área desde Kabul hasta el final de la frontera con Pakistán.

Para el caudal de críticos de Donald Trump por sus devaneos individuales y su inclinación a decir ocurrencias en cualquier campo, esta propuesta es parte de las irregularidades que salen de la Casa Blanca diariamente, y que atentan contra la estabilidad política del sistema en su conjunto. Para llevar a cabo este movimiento pacifista tan importante, Trump no consultó a sus asesores. Lo hizo inmediatamente después de haber aceptado la renuncia del secretario de la Defensa James Mattis, como si fuera una represalia brutal por sus consejos. Mattis sostuvo recientemente que una retirada así solo provocaría un reacomodo de fuerzas perjudicial para los intereses de Estados Unidos en la región, y que puede sobrevenir un derrumbe como el que ocurrió en Vietnam cuando las tropas norteamericanas abandonaron Saigón.

Además, por si fuera poca cosa, Trump no les consultó ni les avisó previamente a sus aliados lo que se proponía hacer. Tanto Francia como en Alemania, España, Australia y el Reino Unido levantaron las cejas. El que apoyó de manera inmediata la medida fue Vladimir Putin, padrino de Bashar al Asad, el tirano que sigue gobernando Siria.

En éste último país, los saldos de la guerra son atroces. Se calculan más de 465 mil muertos, y 12 millones de habitantes que han huido de sus casas. Más de 5,6 millones de sirios refugiados se encuentran viviendo en países vecinos como Jordania, Turquía y el Líbano, la mayoría en condiciones de extrema pobreza. En Afganistán los cálculos conservadores hablan de 160 muertes durante la guerra.

¿Qué busca Donald Trump? Tal vez se trata de un repliegue hacia sus fronteras. Concentrarse en su propio país. Como los antiguos reinos cuando se sentían amenazados por las hordas bárbaras.

También buscaban protegerse con murallas.

 

Irán, otra vez

Al cancelar el acuerdo de armas nucleares con Irán, Donald Trump camina a contracorriente de sus propias declaraciones. No es nada nuevo en él.

Si bien en el ajedrez que se jugó entre las dos Coreas Trump quedó parado involuntariamente en una postura de diálogo y negociación con su archienemigo Kim Jong-un -el líder máximo de Corea del Norte-, al dar por concluido el acuerdo con Irán el presidente de Estados Unidos se ha embarcado en una partida que puede desembocar en otra guerra.

El acuerdo nuclear entre Estados Unidos e Irán se logró en julio de 2015 gracias a los esfuerzos de John Kerry, el entonces secretario de Estado del gobierno de Barack Obama. Y esa es la razón de fondo por la que Trump decide darlo por terminado. El nuevo presidente sigue dinamitando todo lo hecho por su antecesor. Desde el sistema de salud hasta las relaciones con Cuba, Trump sigue tirando golpes a todo lo que le parezca la sombra de Obama.

Y como siempre lo hace, Trump no mide las consecuencias de sus actos. Porque si bien en Irán gobierna ahora el sector más moderado de los ayatolas, el gobierno de Teherán no es proclive a permitir que sus rivales tomen posiciones militarmente favorables en la región entera. Por eso, al calor del retiro de Trump de los acuerdos nucleares con Irán, los ayatolas lanzaron cohetes contra las tropas de Israel en la zona incandescente de los Altos del Golán, y el gobierno israelí respondió atacando con aviones caza las zonas ocupadas por Irán en el territorio sirio.

Así, la medida tomada por Trump ha puesto en efervescencia al Medio Oriente, otra región donde los enfrentamientos son el preludio de guerras de altos vuelos. Al romper lanzas con Irán, Trump arroja a los ayatolas en los brazos de sus aliados, que son el gobierno tiránico de Bashar al Assad en Siria, y su protector Vladimir Putin en Rusia. Frente a ellos, el régimen guerrero de Benjamín Netanyahu de Israel se frota las manos previendo nuevos enfrentamientos con sus enemigos históricos. La mañana del 10 de mayo, la Fuerza Aérea de Israel destrozó “casi toda” la infraestructura militar de Irán en Siria, de acuerdo con el ministro de Defensa Avigdor Lieberman.

¿Busca Trump la reactivación de un conflicto de gran envergadura que envuelva a Irán, Siria, Israel, Palestina, Arabia Saudita, las guerrillas de Hezbollah, Rusia y Estados Unidos? No. Seguramente. Simplemente quiere distanciarse de Obama.

Mister T

No se trata del famoso actor afroamericano de los años 80, el forzudo que participó en una película de la saga de Rocky y en aquel divertido y palomero programa de TV de los años ochenta titulado Los Magníficos, aunque comparte algunas de sus características.

Me refiero a Donald Trump, el Mister T de nuestros días, que merece compartir el apodo con el actor, ya que ambos muestran un carácter agresivo y pendenciero, aunado a una tendencia a pensar que la violencia y la intimidación son las formas ideales de acción, en todo momento.

Y es que nuestro señor T ha vuelto a las andadas, soltando amenazas y acciones militares o militarizadas sin ton ni son, que en realidad no son diferentes a los videos de sus intervenciones en la lucha libre de EU, pura pantomima.

Amagó con una gran guerra comercial internacional al imponer de forma unilateral aranceles al aluminio y acero proveniente de varios países, incluyendo del gigante chino; a continuación decidió desplegar a la Guardia Nacional de su país en la frontera con México para poder defenderse de la “amenaza” de la caravana migrante 2018, y esta semana ha puso en marcha un nuevo ataque contra el régimen sirio por un nuevo ataque con armas químicas.

Sin embargo, sus bravatas son cada vez menos efectivas. Y aunque sigue siendo el presidente de la mayor potencia militar del planeta, el miedo a que use el botón rojo se va desvaneciendo dejando atrás ese terror que casi todos sentíamos durante el primer año de su administración.

Esto queda en evidencia con el despliegue de tropas en nuestra frontera.

Tenemos que pensar que no somos ni remotamente una potencia militar o económica de primer orden, como es el caso de la guerra comercial y los ataques químicos que involucran a China y Rusia, sino un país emergente que a pesar de los fuertes lazos que tenemos con Estados Unidos, casi siempre hemos jugado un a ser actores de acompañamiento del gigante gringo.

Sin embargo, y a pesar de que nos encontramos en plena negociación del TLCAN, el ratón verde despertó y, a través de uno de los mejores posicionamientos del actual gobierno, dejo claro su posición pública: no aceptaremos violaciones a la soberanía nacional y los mexicanos no aceptamos que traten de atemorizarnos e intimidarnos.

Más allá de los posicionamientos que se han hecho por tiempos electorales, esta toma de posición es significativa por una razón en especial, el miedo a Mr. T se ha ido diluyendo, incluso entre los gobiernos que han sido timoratos ante él. Las razones de este fenómeno son diversas y abarcan tanto el ámbito interno como el externo. La administración Trump ha demostrado una notable ineficacia legislativa y administrativa, ha perdido en el camino muchos adeptos y colaboradores, al tiempo que el peligro de un impeachment crece para el copetudo naranja.

Además de esto, la trama rusa se ha ido cerrando cada vez más en torno de la Casa Blanca, de forma lenta pero constante. Ya han ocurrido los primeros arrestos relacionados con este caso y seguramente no serán los únicos.

Además, no se debe olvidar que el segundo año de Trump es también el año de las midterm elections, en las cuales decidirán en las urnas los 335 asientos de la cámara baja, 33 del senado y 36 estados del vecino del norte. Esta elección se considera de forma tradicional como el termómetro político que puede determinar si el presidente de Estados Unidos intentará reelegirse o no.

Todas estas razones, y muchas más, han llevado al multimillonario xenófobo a creer que puede solucionarlo con su acto de siempre, mostrar músculos (políticos pues resulta evidente su fofez) a la Mr. T y distrayendo la atención de todos con actos vanos.

De otra forma no se puede entender que realice acciones incongruentes con lo se supone que dice en cada discurso, como proteger una frontera con el despliegue de la guardia nacional de cuatro mil soldados únicamente (equivalente a un soldado apostado cada kilómetro) o anunciar con bombo y platillo que volverá a bombardear Siria por su uso de armas químicas, dando oportunidad al régimen de aquel país de resguardar armamento químico y convencional antes de que esto ocurra.

Ya casi nadie basa su interacción con Trump en el miedo, ni siquiera en el respeto, al tiempo que el payaso metido a político pierde cada vez más el efecto que busca en sus acciones y bufonadas. Así como el viejo actor de televisión terminó por volver ridículo a su personaje de bravucón, el tiempo de las actuaciones exageradas ha pasado para Donald y se acerca el de entregar cuentas a su país y el mundo y ya no tiene el control del miedo. Y eso se reflejará en las urnas, se los aseguro.

Tambores de guerra

El ataque de Donald Trump a Siria, acompañado de Francia y Gran Bretaña, pone al mundo nuevamente sentado en un polvorín atómico. En Estados Unidos representa básicamente una maniobra de distracción, justo cuando el FBI se encuentra investigando al presidente por sus devaneos con varias mujeres, y en la carrera por quedarse en su sitio después de las elecciones intermedias de noviembre. En Francia y el Reino Unido también representan una medida de fuerza para apoyar con un maquillaje de reacción humanitaria a sus debilitados gobiernos.

Y más allá de las jactancias infantiles de Trump en su twitter -donde se erige como el hombre más poderoso del mundo- también está el bárbaro e incomprensible ataque del dictador Bashar Al Asad con armas químicas al pequeño poblado de Duma, donde fallecieron de manera horrible varios habitantes y niños.

Parece que en este concierto de balandronadas y demostraciones de fuerza no existe un poder capaz de equilibrar los encontronazos militares, y que se avecina una escalada cada vez más peligrosa. Trump actuó sin el consentimiento del Capitolio y sin consultar al Congreso de Seguridad de las Naciones Unidas, un organismo que desgraciadamente funciona cada vez más como una entelequia.

En este panorama, la voz más equilibrada parece ser la de Vladimir Putin, un jerarca ruso que al interior de su país se asemeja a los antiguos zares. Apesumbrado, Putin señaló que el ataque lo único que hace es empeorar la situación mundial y favorecer a los terroristas.

“Con sus acciones -dijo-, Estados Unidos agrava aún más la catástrofe humanitaria en Siria, afecta a la población civil y, de hecho, complace a los terroristas, que atormentan al pueblo sirio desde hace siete años. Eso provocará una nueva ola de refugiados sirios y de otros países de Oriente Medio. La historia pondrá todo en su lugar.”

Lo más importante de la declaración de Putin, entonces, es lo que no dijo. Por fortuna, la voz del Kremlin no dijo que habrá una respuesta militar.

Para llorar

Si uno juzga el año 2017 por las imágenes que captaron los principales fotógrafos de los medios, el año que acaba de despedirse del mundo estuvo para llorar.

Las fotografías de los principales diarios y agencias noticiosas son imágenes desgarradoras. Si tomamos un solo ejemplo, que son las 100 fotografías más importantes del año de la revista Time, lo que se observa en una secuencia de sangre, destrucción, dolor y muerte. Una parte muy importante de ella fueron las guerras en los países árabes y los ataques terroristas en diferentes partes del mundo. 2017 fue el año en el que el Estado Islámico y la oposición siria tuvieron que abandonar las ciudades que habían convertido en sus fortalezas: Mosul en Irak, Aleppo y Raqqa en Siria. Esas ciudades, como tales, ya no existen. Las fotografías son elocuentes: soldados que plantan sus banderas entre los escombros, edificios derruidos por los bombardeos, familias que huyen de la tragedia, niños llorando entre los vestigios de sus casas, ancianos que asisten al funeral de sus hogares. Y la contraparte es la respuesta explosiva del Estado Islámico tanto en países árabes como en naciones occidentales, aunada a la demencia armada incontrolable a lo largo y lo ancho de Estados Unidos. En los ataques terroristas el dolor y el reguero de sangre escurre entre los asistentes a conciertos musicales, iglesias, mercados, lugares turísticos y zonas peatonales.

Otra fuente de pesadumbre, en ocasiones ligada a lo anterior, son los prolongados calvarios que viven los migrantes y refugiados. Unos, como los de los mexicanos que emigran al país del norte en busca de recursos y mejores condiciones de vida. Otros, como las pesadillas de los refugiados árabes que tratan de cruzar el Mediterráneo, huyendo casi por instinto de la destrucción y de la muerte. Y a estas calamidades se les agregan las penas de los fugitivos de estrategias militares de limpieza étnica, como el pueblo Rohingya -los modernos apestados de la Tierra- que fue expulsado de Mianmar y encontró una escala obligada en Balgladesh.

Este cuadro escalofriante, semejante al del Guernica -con todas las atrocidades del año pasado- se completa con las víctimas de los desastres naturales. Huracanes como los que azotaron el Caribe y la Florida, terremotos como el de México, incendios como los de California, inundaciones como la de Houston. Generalmente, aunque se trate de desastres naturales, la mano del hombre se esconde detrás de las fuerzas que desencadena el cambio climático.

La única fotografía gozosa del conjunto, en un mar de calamidades, es la imagen de las aguas del mar de China lleno de vacacionistas. Ahí, las personas están tan unidas que no se puede ver el agua. Los que aparecen en la imagen disfrutan el momento. Pero los que vemos la fotografía nos sentimos asediados por los negros vaticinios de la sobrepoblación y el hacinamiento. En el fondo, nada que festejar.

El invierno árabe

Hace 6 años, cuando un vendedor ambulante se prendió fuego porque la policía le había incautado su pequeña carreta de mercancías, se inició un movimiento generalizado conocido como “la primavera árabe”. La inmolación del pobre hombre fue en Túnez, en un pequeño pueblo llamado Sidi Bouzid, y era la víspera de navidad en el mundo occidental. Las redes sociales sirvieron como la mecha de un polvorín que se extendió a lo largo y a lo ancho del mundo árabe, y muchos pensaron que se trataba de un movimiento a favor de la democracia, tal y como sucedió con los países de Europa Oriental que vivían bajo el yugo de la Unión Soviética y abrasaron las prácticas de las elecciones libres.

Pero en el mundo árabe eso no sucedió. Salvo en el propio Túnez, donde las fuerzas en pugna lograron un acuerdo muy endeble para formar un gobierno de coalición, en las demás naciones lo que se impuso fue la lucha de caudillos y regiones, la guerra religiosa entre las sectas suni y chiíta del Islam, el recrudecimiento del poder del ejército, y el surgimiento del Estado Islámico.

En Egipto se ensayó por primera vez, después de la revuelta que terminó con la dictadura de Hosni Mubarak, unas elecciones libres, de las cuales surgió el gobierno de un presidente civil sin vínculo alguno con el ejército. Se llamó Mohamed Morsi, y su gobierno tuvo la duración efímera de un año. Trató de conciliar a los extremos representados por un grupo llamado los Hermanos Musulmanes y el reducto de los coptos (crisitanos) en Egipto, y su política desató la cólera de millones de manifestantes. Al final, su mandato acabó con otro golpe de Estado del ejército, y Egipto regresó a sus costumbres bárbaras y arbitrarias. En los últimos cuatro años, durante el nuevo gobierno militar, han sido arrestadas 60 mil personas por razones políticas. Morsi, por su parte, está pagando la pena de cadena perpetua.

En Libia, después del asesinato del líder histórico Muamar el Gadafi, se creó un vacío de poder que no puede ser llenado por dos poderes regionales en pugna (uno llamado La Cámara de Representantes y otro el Congreso General Nacional), y el Estado Islámico se apoderó durante un largo tiempo de la ciudad de Sirte, la cuna donde nació Gadafi. En la actualidad, los grupos más beneficiados con la anarquía son los traficantes de personas que engañan a los miserables que salen de las costas de Libia y buscan refugio en Italia.

En las demás naciones que sintieron el oleaje de la primavera árabe, como Argelia, Marruecos y Bahréin, los monarcas y caudillos al más puro estilo árabe se impusieron como los poderes inalterables a pesar de las protestas. En algunos países hubo cambios superficiales a las legislaciones, y en todos se desató la brutalidad del ejército para reprimir a los inconformes.

Tal vez el peor resultado de la llamada primavera árabe fue la guerra en Siria. Después de más de un lustro de batallas encarnizadas para deponer al tirano Bashar el Asad por parte de una oposición igualmente sanguinaria, el tirano sigue gobernando, y ha logrado apoderarse de las dos terceras partes del territorio del país. Ya expulsó a la oposición de la ciudad -ahora totalmente destruida- de Alepo, y al Estado Islámico de la ciudad de Raqqa. El saldo de esa carnicería constituye un verdadero invierno para el mundo árabe: 340 mil muertos, 11.5 millones de desplazados hacia el interior del país, hacia los países vecinos y hace Europa, y la mitad de las escuelas y hospitales destruidos por los combates.

En lugar de la democracia y la libertad, la primavera árabe condujo a las naciones gobernadas por el Islam a un nuevo reino de guerra y muerte. Ese capítulo aún no se cierra.

La literatura es una balsa

El hombre que aparece en la fotografía se llama Abu Sami, y es uno de los pocos sobrevivientes de los barrios orientales de Aleppo, la ciudad crucificada por la guerra en Siria. Su historia es verdaderamente increíble: aguantó cuatro años y medio de guerra sin salir de su casa.

En un reportaje espléndido de Robert F. Worthmay para The New York Times, Abu Sami narra el día que salió de su casa porque cesaron las balaceras. Los soldados del régimen de Bashar Al Assad habían logrado expulsar a los rebeldes, y las calles estaban desiertas. Más bien, eran un cementerio lleno de escombros. Los aviones rusos habían sometido al barrio a un bombardeo incesante, las escaramuzas entre fuerzas rivales se sucedían al finalizar cada día, y por las noches era muy difícil conciliar el sueño entre las explosiones.

Por más inverosímil que parezca, Abu Sami se olvidó de la guerra. Se encerró en su casa, y levantó un parapeto gigantesco sobre su cabeza para no pensar en las balaceras. Vivía comiendo muy poco, de las verduras de su propio huerto. Insectos, también. Recolectaba el agua de lluvia en ollas y las hervía en un fogón. Cultivaba aloe y yerbas medicinales para mantener medianamente su salud. Un día la traición de una muela lo tumbó del dolor, y terminó por sacársela con unas pinzas. Es un hombre muy ordenado. Se cortaba el cabello regularmente, y trataba de mantener la limpieza de la casa. Todo era muy difícil. Los techos se desgajaban por las riadas de metralla, y por todos lados se acumulaba el polvo y las esquirlas de bala.

Abu Sami es un Robinson Crusoe urbano. Un sobreviviente del holocausto. Antes de la guerra era un profesor universitario, y los libros que conservó en su casa le sirvieron de balsa salvavidas. Diario se encerraba en ellos. Tenía los ensayos completos de Freud, casi todas las novelas de Henry Miller, las obras de Shakespeare y Moliere. La vida se encontraba en cada página de sus libros.

Para entender su tesón y su bravura, hay que repetir las letras que condensan su extraordinaria hazaña: en cuatro años y medio, jamás abandonó su casa.

Y cuando el periodista le preguntó el porqué no había huido, como todos sus vecinos, Abe Sami le respondió: porque ésta es mi casa.

Segundo lugar de luto

El primer lugar de número de muertes en el mundo lo tiene Siria. Un país que lleva 6 años de una guerra letal y sangrienta, en la que se enfrentan grupos radicales y fundamentalistas contra un gobierno dictatorial, y donde el uso de armas químicas ha sido una constante. Los resultados son catastróficos: de los 22 millones de habitantes que tenía el país antes de iniciarse el conflicto, más de la mitad de ellos han tenido que salir huyendo de sus hogares y muchos de ellos tuvieron se refugiaron en otros países. Hay cerca de medio millón de muertos, muchos de ellos niños. Los infantes son víctimas, carne de cañón y reclutas para todos los bandos. Las principales ciudades han sido destruidas.

El mapa del enfrentamiento en Siria es amplio y complicado. El conflicto se inició en el marco de la llamada Primavera Árabe, un movimiento que buscaba el fin de las dictaduras y los antiguos califatos árabes, y que aspiraba a tener una mayor participación popular en los gobiernos. La marea de dicho movimiento acabó con las dictaduras de Muammar Gadafi en Libia, Ali Abdullah Saleh en Yemen y Hosni Mubarak en Egipto, pero no pudo sustituir el mandato de Bashar al Assad, que se fortificó en Damasco y desde ahí lanzó una serie de ataques mortíferos contra los rebeldes. Más adelante, el Estado Islámico de Irak y Siria se estableció en buena parte del territorio, y envolvió al mundo en una ola terrorista que ha afectado a varios países. Rusia intervino con ataques aéreos en defensa de al Assad, y recientemente Donald Trump decidió lanzar una serie de misiles contra una base militar al norte del país, con el pretexto de que al Assad había utilizado armas químicas contra los niños.

Eso es Siria. Y lo más preocupante y aterrador, por lo menos para nosotros, es que México ocupa el segundo lugar mundial en muertes, sin ser un país en guerra. O tal vez si lo está, y no nos hemos dado cuenta. La realidad es que, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos con sede en Londres, México fue en 2016 el país más mortal del mundo, con una cifra aproximada de 23 mil muertos. En Siria hubo cerca de 50 mil muertos. Después de México se ubica Irak, con 17 mil muertos, y Afganistán con 16 mil. Las dos últimas naciones se consideran, si bien no en guerra civil, zonas geográficas donde los enfrentamientos son el común denominador de cada día.

México no está, hasta ahora, en la mira de las potencias. No es tierra de fundamentalismos religiosos. Tampoco es surtidor del terrorismo. Pero el narcotráfico ha conseguido ubicar al país en el segundo lugar de una clasificación espeluznante. Solo superado por Siria. Por eso en México de ese tema ni se habla.