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Vacaciones en el DF

Por María Julia Hidalgo López

¿Qué hacer, a dónde ir, qué comer…por dónde empezar?

Ya plantados en la ciudad, ni tiempo de visitar la oficina de turismo y ver lo que había que ver. Mejor avisarle a mi amigo Germán para que oriente un poco mis días y me sugiera aquello que no me puedo perder. Así pensé hace casi 20 años cuando un viaje con conexión me permitió pasar dos días en la ciudad capital, esa de la que todos te advierten en provincia y a la que llegas sintiéndote un perfecto pueblerino. Mi experto amigo no daba tregua a mis asombros. —Qué espectáculo de luz se ve desde el avión, fue lo primero que dije. —Ay chiquita, se ve que te falta mundo, luces las de Londres. —Bueno, pero el DF tiene lo suyo ¿no?, —Pues sí, mucha gente, pero gentío el de China. Tiré la toalla con Germán y lo más que hice fue salir y comer unas quesadillas. — ¿De qué las quiere?, me preguntó la señora. — ¿Cómo que de qué?, pues de queso ¿no? Sobra decir que antes no había internet y hacer un viaje tenía un cierto e ingenuo encanto.

Ahora a la distancia, me pregunto cómo planear unas vacaciones en una ciudad que se encuentra en constante viaje, sin duda un ir y venir que sugiere descubrirse entre los vagones del metro. Los viajeros expertos recomiendan que para conocer la esencia de una ciudad es indispensable internarse y comer en sus mercados; sin objeción, pero en tierra chilanga hay mucho más que coloridos mercados y tianguis sobre ruedas.  ¿Quieres conocer las entrañas del DF?, no podrás tener un buen inicio si desperdicias el chance de viajar por el subsuelo de la ciudad que se fundó sobre un lago y que no pierde oportunidad para salir a flote. En ella resurgen cada día nuevas ideas, inimaginables talentos, increíbles historias; todo bajo un griseado o radiante cielo que muestra sus cuatro intensas estaciones en un mismo día.

Un viajero que visitaba el DF por primera vez, también recibió su impacto. Comentó que su experiencia en el metro fue paralizante. Él provenía de un lugar donde no había metro, así que cuando descendió y atravesó los torniquetes se quedó inmóvil. Su mirada la fijó en el piso, quería descubrir qué perfecta banda eléctrica deslizaba al unísono a los pasajeros. Todos llevaban el mismo ritmo y nadie titubeaba al andar. Ese día conoció un palpitar diferente y se dejó guiar en un mundo underground. Cuando salió, todo le había sobrevivido y echó abajo las leyendas temerosas que había escuchado sobre el viaje en el fondo de la tierra.

Pero si tu gusto no son las profundidades y quieres sentir los rayos del sol y apreciar todo a tu paso; el turibús espera por ti. Un buen servicio que puedes tomar en las distintas estaciones y subir y bajar de éste todo el día por el mismo boleto. Un viejo amigo, con muchos años encima, dice que depende la edad es el interés por los destinos: niños, centros de diversiones; adolescentes, aventuras extremas; jóvenes, antros; adultos, restaurantes y museos; ancianos, buenos hospitales. Mi amigo se encuentra en la edad de los hospitales y dice que entre la insalubridad asiática y el frívolo trato de los vecinos del norte, se queda con la buena fe de los que ofrece la capital del país.

Recordando mi primera visita en la ciudad, sentí nostalgia de los días donde quienes se quedaban esperaban el regreso del viajero para saber un poco del lejano mundo. Ahora con internet se pueden hacer viajes virtuales y saber al instante santo y seña de cada rincón del mundo. La gran diferencia es que sólo viviendo la experiencia se puede palpar con todos los sentidos y reconocer el verdadero asombro, ese que te brota al instante cuando alguien te pregunta ¿de qué quiere su quesadilla? Así se sigue asombrando mi querido Germán cuando alguien le pide consejo de viaje. — ¿Cómo que no te has hospedado en un Gîte?, y él humilde como es toma aire para entrar en detalle. Pero aún y sus interminables viajes, mi amigo, al igual que yo, ha amado tanto el DF que sale, se pierde un rato, pero siempre regresa.

Comentarios: majuliahl@gmail.com

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