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Intolerancia

Las guerras son las peores plagas de la humanidad, eso lo sabemos. Pero las guerras religiosas han tenido una cuota de saña y locura que resultan difíciles de comparar con sus congéneres bélicos. Porque una cosa es declarar la guerra y combatir al enemigo por el bien de la patria o los ideales sociales, y otra muy distinta es luchar con todos los medios por implantar la palabra de Dios en la Tierra. La espada religiosa debe caer forzosamente sobre el cuello de los paganos. No existe negociación posible. Por lo demás, todas las guerras se asemejan. En el fondo, todas las banderas y credos son una excusa para imponerse sobre los demás por la fuerza de las armas, y los resultados siempre son la destrucción y la muerte.

El pasado 24 de noviembre un grupo de 30 hombres enmascarados ingresó al interior de la mezquita de Al Rawda en el poblado de Bir al-Abed -al noreste de El Cairo en Egipto-, y liquidó a los fieles que quedaban en su interior. Previamente un presunto suicida se había volado con explosivos en el templo, y el cierre de la estrategia consistió en quemar los vehículos estacionados alrededor de la mezquita, para que nadie pudiera escapar de la masacre. El resultado fue atroz: 305 muertos, 128 heridos. Fue el ataque terrorista más mortífero que se ha vivido en Egipto en la historia reciente.

El templo es una mezquita a la que asisten fieles que son en su mayoría de la secta Sufi, una variante del Islam que resulta perturbadora para la ortodoxia de la iglesia sunita. Los sufis profesan la religión de Alá, leen el Corán, pero cultivan un misticistmo que los aleja de la cerrazón y el fanatismo del extremismo islamista. Subrayan la práctica de la meditación, los cantos religiosos y la tolerancia hacia las otras sectas del Islam y las demás religiones. Por eso, precisamente, son considerados herejes por los clérigos de la secta sunita y, especialmente, por los grupos extremistas.

Los atacantes de la mezquita de Al Rawda llevaban una bandera del Estado Islámico. Cumpieron su cometido. Al igual que en todas las guerras religiosas, asesinaron a los herejes. Ese derramamiento de sangre no solo está permitido, sino que es alentado desde las bocinas y los estrados de la organización terrorista.

Después se supo que no todas las víctimas que murieron en el atentado terrorista eran practicantes de la secta sufi. Pero eso es lo de menos.

 

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