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Lluvia de peces

Los milagros existen. Por ejemplo, la lluvia de peces que anualmente se precipita sobre el Departamento de Yoro, en Honduras, al norte de Tegucigalpa. Es un fenómeno celestial, maravilloso, que se celebra con un carnaval de ritmo y alegría en la zona. Siempre ocurre, como es de suponerse, en el clímax de la temporada de lluvias. Este año los pescados se dejaron caer sobre el pequeño poblado de La Unión, un caserío donde los habitantes viven de magros cultivos de maíz y frijol. Ahí, los aguaceros son torrenciales. El cielo se pone negro, y cuando las nubes se abren el agua se vierte a raudales, el espesor de la lluvia no deja ver a escasos metros, los relámpagos son capaces de tumbar árboles y nadie se atreve a salir de sus casas de adobe y teja. Pero al escampar, la gente puede ver el milagro: decenas de peces vivos, dando coletazos aún, yacen sobre la tierra. Es un envío del cielo.

La lluvia de peces tiene sus orígenes en las plegarias de Manuel de Jesus Subirana, un misionero español que llagó a la zona a mediados del siglo XIX, y que logró que llovieran peces del cielo para mitigar el hambre de la población. Y la fuerza de sus oraciones sigue viva, porque la distancia de Yoro al Mar Caribe es de 72 kilómetros, de manera que los peces vuelan una distancia considerable para llegar vivos hasta el poblado. Esta hipótesis fue avalada hace décadas por los expertos del Servicio de Meteorología de la Aeronáutica Civil de Honduras, quienes dijeron que la lluvia de peces obedece a la absorción de una enorme cantidad de agua en el mar, con tal fuerza, que se forma una nube con todos los peces adentro. Al llegar al Departamento de Yoro, por las condiciones climáticas, la lluvia se precipita y los peces vienen con ella.

Otra hipótesis, elaborada por geólogos y ambientalistas, sostiene que existen ríos subterráneos que se saturan con el agua de las tormentas, y arrojan sus caudales a la superficie, y por eso los peces aparecen en los mismos terrenos cada año. Son peces de agua dulce. Sardinas, sobre todo.

Nadie ha visto caer a los peces del cielo, pero eso a los habitantes de Yoro no les importa. Nadie los ve porque nadie sale de sus casas durante las tormentas. Pero de que la mano divina está detrás de esa lluvia, eso nadie lo duda. Por eso al final de la tormenta todos salen a la cosecha de peces. Es la única vez en el año que comen pescado. Y es un manjar divino. Un alimento igualitario, para recordarnos que todos somos humanos. Los que recogen más peces luego los reparten entre los que tienen menos. Para que todos coman las mismas cantidades. Y los peces no se pueden vender. Son regalos de Dios.

Y para que todo quede más claro, hay que leer el Evangelio: los peces que Jesús multiplicó eran sardinas de agua dulce.

 

 

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