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Nobel

El triunfo de la voluntad

El Congo ha sido bautizado, sin asomo de burla alguna, como la capital mundial de las violaciones. El enfrentamiento genocida entre las tribus Hutus y Tutsis en Rwanda desató un oleaje de violencia que afectó a la parte oriental del Congo, y desde principios del presente siglo las violaciones masivas en el centro de los poblados se consideraron parte de la derrota y humillación de los vencidos. Las cifras de violaciones varían de un lugar a otro, pero Amnistía Internacional reportó una cantidad de 40 mil violaciones en los primeros años del siglo en la región oriental del país.

Las mujeres afectadas tienen, además de los traumas psicológicos que arrastran a lo largo de muchos años, lesiones severas en las vaginas, fístulas, inflamaciones, obstrucciones natales y urinarias. Un conjunto de consecuencias perturbadoras para el resto de sus vidas.

Por eso el doctor Denis Mukengere se dedicó a la ginecología. Con el fin de apoyar a esas miles de víctimas de la guerra y sus mortíferas armas sexuales, a la vuelta del siglo abrió un pequeño hospital en Bukavu -en la frontera con Rwanda-, donde realizaba más de una decena de operaciones reparadoras al día. En la primera década de su existencia, el hospital atendió a más de 85 mil pacientes, pero disminuyó sus operaciones cuando Mukengere tuvo que exiliarse en Europa.

Resulta que en 2012 el doctor dio un discurso incendiario en las Naciones Unidas, donde denunció la indolencia del gobierno dela República Democrática del Congo hacia las violaciones del ejército. A las semanas de su discurso, un comando armado atacó su casa, y se salvó de milagro agachado en el suelo para protegerse de la balacera. Después se fue unos meses a Europa, y a su regreso fue recibido por una hilera de pacientes recuperadas que vendieron fruta y verdura para pagar su boleto de avión de regreso, y que hicieron fila desde el aeropuerto hasta el hospital a lo largo de 20 kilómetros para recibirlo. “Es el doctor que repara mujeres”, dicen.

Muy lejos del Congo en el mapa, en el norte de la crucificada nación de Irak, una joven de 22 años fue secuestrada en la aldea de Kojo, un caserío de menos de 2 mil habitantes pertenecientes al grupo Yazidi de los kurdos. Era el año de 2014, y el Estado Islámico se había apoderado de la zona colindante con Siria. La joven se llama Nadia Murad, y fue testigo de la matanza de más de 600 personas en su aldea, entre ellos sus seis hermanos y su madre. Fue llevada al mercado de esclavos en Mosul, la ciudad más importante en manos del Estado Islámico, Estuvo tres meses en cautiverio, hasta que logró escapar por un descuido de su dueño -un juez de alto rango en la jerarquía del Estado Islámico. Durante esos meses fue violada, golpeada y quemada en el cuerpo con cigarrillos.

“Decidir ser honesta y contar mi vida en la esclavitud ha sido la decisión más difícil que he tomado, y también la más importante”, declaró Nadia años después al diario inglés The Guardian. La primera vez que habló ante un gran auditorio de las Naciones Unidas, casi se desmaya. Pero siguió hablando con el peso del dolor en cada sílaba. Narró las atrocidades que vio a su alrededor, y al final de su relato conminó a la audiencia a buscar el apoyo internacional para las minorías étnicas y religiosas en todo el mundo; juzgar a los miembros del Estado Islámico por crímenes y genocidios contra la humanidad, y encontrar la reparación de cientos y miles de víctimas.

Nadia jamás había escuchado hablar del Congo. Y hace unos días un jurado en Oslo le otorgó, junto al doctor Mukengere, el Premio Nobel de la Paz.

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